
En el marco de la novena edición del Ciclo Nosotras en la Delmira, se gestaba una noche inolvidable en el teatro, con entradas agotadas y gran expectativa. Mientras Montevideo seguía su ritmo habitual, ajeno a la revolución que se desarrollaba en el escenario, Pionera, en su tercera función consecutiva, se perfilaba como un acto de justicia y memoria en reconocimiento a la historia de Juana “Pochola” Silva, una mujer que, armada de coraje, desafió las normas de una sociedad que no tenía lugar para ella.
El sábado 22 de marzo, el teatro estaba lleno. Afuera, en la calle Buenos Aires, se celebraba el aniversario del periódico La Diaria. Montevideo mantenía su ritmo, pero adentro, en la sala Delmira Agustini, reinaban la expectativa, la emoción y el respeto. “Pionera” estaba a punto de dar inicio a un acto de justicia para una mujer que dejó su huella en el carnaval por los años 50.
Pasadas las 20:30, la función comenzó con Majo Silva plantada en el escenario, decidida a contar una historia que necesitaba ser escuchada; la de su madre y la de tantas otras. Juana “Pochola” Silva desafió las reglas, se adentró en un mundo que le cerraba las puertas e insistió hasta abrir camino. Rumbo al Infierno, la primera murga integrada solo por mujeres, fue su respuesta a un carnaval que no les daba espacio. Ahora, su legado volvía a escena a través de la voz de su hija, en un acto de amor y compromiso.
El unipersonal inició con la proyección de la canción homenaje que la murga pedrense La Miel del Oso le dedicó en el carnaval 2024. Majo encarnó por momentos a Pochola en primera persona, recreando situaciones que hoy podrían parecer irreales, pero que fueron verídicas en una época donde las desigualdades estaban naturalizadas. Relató las peripecias que su madre afrontó para agrupar a las mujeres, amigas, vecinas, familiares; y sacar adelante la murga, luchando no solo contra quienes se oponían desde afuera, sino también contra los que subestimaban su capacidad. Finalmente, logró que Rumbo al Infierno se hiciera realidad, y Majo compartió todos los pormenores de ese difícil camino.
Las lecturas de artículos de la época añadieron una dimensión poderosa a la obra; en muchos casos, el reconocimiento recaía en quien no era el verdadero director, como su hermano, tío de Majo. La prensa de entonces se centraba en las características físicas de Pochola, en su manera de hablar o vestir, sin destacar su talento ni su capacidad como directora.
Afuera, la ciudad seguía con su fiesta: el periódico La Diaria celebraba su aniversario en un evento que coincidía con la obra. El ruido de la celebración invadió la sala, dificultando la concentración del público en el tramo final. A pesar de ello, Majo culminó su presentación con una reflexión sobre lo desafiante que fue concentrarse con el ruido de fondo. Bromeó con palabras al cielo, mencionando que su tío “lo había hecho de nuevo”, intentando desviar el protagonismo a la hija de su hermana Pochola. El comentario relajó a la audiencia, que respondió con un gran aplauso, celebrando la ironía y el paralelismo de la situación. Fue un recordatorio de que, pese a los desafíos, el mensaje y la historia de Pochola seguían resonando.
El unipersonal Pionera no buscó ser solo un homenaje ni caer en la nostalgia. Fue un recorrido sincero y sin adornos por las luchas de las mujeres en la cultura popular, desde los años 50 hasta hoy. Un diálogo entre pasado y presente, entre madre e hija, entre lo que fue y lo que aún falta. A través de la obra, Majo recuerda, encarna y reivindica a su madre, mostrándola en toda su humanidad.
La música en vivo, los arreglos corales de Micaela Valentini y la composición original de Damián Ricart acompañaron cada momento de la obra, dando fuerza a la palabra. La escenografía, sencilla pero precisa, permitió que la historia hablara por sí misma. Y Majo, sola en escena, lo llenó todo; se movió, cantó, denunció y celebró. Era ella, pero también su madre y todas las que vinieron después.
La sala estaba repleta. Entre el público se encontraban figuras del mundo del teatro y el arte, así como integrantes de la murga La Miel del Oso y la artista plástica Daiana Muslera, todos provenientes de Las Piedras. Meses atrás, Daiana había obsequiado a Majo una pintura en reconocimiento a Pochola. En esa ciudad nació Rumbo al Infierno, donde Pochola escribió parte de esta historia y abrió camino. Además, dos de los integrantes del elenco de “Pionera”, Micaela Valentini (con interpretaciones corales y en guitarra) y Lucas Silveira (asistente), también provienen de esa ciudad. No fue coincidencia; era el destino completando su ciclo.
Que el carnaval de Canelones 2024 llevara el nombre de Juana “Pochola” Silva fue la confirmación de que su historia sigue viva, de que su lucha no fue en vano. La propuesta artística de Pionera recorrió su vida y su contexto, reflejando las dificultades de liderar una murga siendo mujer. Puso sobre la mesa la falta de reconocimiento, la lucha contra el olvido y la necesidad de nombrar a las pioneras para que su historia no se pierda.
El unipersonal combinó actuación, canciones, documentos históricos, proyecciones de videos e imágenes de la vida de Juana Silva. Se mostraron los reconocimientos que recibió en vida; pocos y tardíos, pero dejaron una huella en su hija, quien los tomó y los transformó en arte, en resistencia, en memoria.
El colectivo de la murga Cero Bola tuvo un papel clave en la reivindicación de Pochola, promoviendo su reconocimiento público. En la obra se proyectaron imágenes de una Juana Silva emocionada, saludando a las integrantes de la murga y agradeciendo el cariño recibido. Fueron de los momentos más emotivos de la noche.
El telón de Pionera se cierra, pero la esencia de Pochola Silva permanece. Majo, al dar vida a su madre en el escenario, narra su historia, creando un puente entre generaciones. Cada acto de arte es resistencia, memoria y un llamado a la acción.
Rodrigo Cabrera












































