
El jueves 8 de octubre de 2026, la mítica sala céntrica ofició de trinchera para una nueva fecha del Ciclo Marea.
Una noche donde las butacas parecían sobrar y las emociones dictaron el pulso. Uruguay y Argentina; dos fuerzas, dos lenguajes, un mismo fuego independiente.
La velada abrió con Paula Maffía. La cantautora argentina se paró en el medio del escenario despojada de artificios: ella, su voz inabarcable y una guitarra criolla que resistió estoica los embates rítmicos de sus manos. No hizo falta absolutamente nada más para llenar el recinto.
Paula tiene esa capacidad chamánica de agarrarte del cuello con una estrofa y soltarte con un abrazo en el estribillo. Su entrega fue a corazón abierto, cruda y visceral, confirmando que la actitud rockera no necesita enchufarse a un amplificador de 100 watts para hacer temblar el piso. El público, en un silencio casi hipnótico, se dejó llevar por la marea de sus relatos cantados.

Y cuando todavía estábamos procesando el magnetismo de la apertura, el ambiente cambió bruscamente de estado físico. De la madera pasamos al voltaje. Flor Sakeo subió al escenario con su banda y, desde el primer acorde, la intención fue clarísima: incendiarlo todo.
Si Maffía nos había dejado la piel erizada, Sakeo y los suyos vinieron a sacudirnos las cenizas. Una catarata eléctrica que no dio respiro, derrochando destreza y un sonido implacable que inundó cada rincón de la sala. La distorsión funcionó como un canalizador de la ansiedad colectiva, invitando a que el cuerpo —aunque atado a la geometría de la butaca— respondiera inevitablemente a la vorágine.
Lo que vivimos anoche no fue un toque dividido en dos partes inconexas, sino una sola obra en dos actos complementarios. Un péndulo perfecto que osciló entre la intimidad descarnada y el estallido distorsionado. La confirmación, una vez más, de que la escena rioplatense late más fuerte que nunca, comandada por mujeres que no piden permiso para adueñarse de la noche.
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