
El ecosistema del silencio: El monte nativo de Diego Presa echó raíces en la Sala Hugo Balzo.
Bajar las escaleras hacia la Sala Hugo Balzo siempre tiene algo de ritual de inmersión. Anoche, ese cuidado refugio subterráneo del Auditorio del Sodre mutó en un paisaje agreste. Diego Presa presentó Otra visión del monte, su séptimo trabajo solista, y nos obligó a apagar el ruido constante de la ciudad para obligarnos a aprender a escuchar de nuevo.
Desde la previa, sabíamos que nos enfrentábamos a una obra acústica de forma casi dogmática. Pero una cosa es leerlo en una gacetilla de prensa y otra muy distinta es sentir cómo la guitarra y la voz curtida de Presa te atraviesan en vivo. No hubo estridencias, no hubo pantallas saturando la retina ni artificios sonoros. Fue un toque donde la madurez artística se evidenció, sobre todo, en lo que se decidió omitir: sobró el espacio para que cada canción pudiera respirar.
Como bien lo había adelantado Fidel Sclavo en la previa de este portal, Presa tiene esa extraña cualidad de “mover de lugar el monte sin hacer fuerza“. Y eso fue exactamente lo que ocurrió. Como espectadores, dejamos de ser un público pasivo para convertirnos en parte de una contemplación colectiva. Cada acorde de temas como “El espacio” o “Piedra y lava” operó como un mantra, tendiendo un puente invisible entre la milonga oriental profunda y la melancolía de un cantautor que no tiene apuro por llegar a ninguna parte.
La Hugo Balzo, con su madera y su acústica milimétrica, funcionó como la caja de resonancia perfecta para este experimento botánico-musical. El sonido del violín, el contrabajo y esa instrumentación de cuerdas sutiles (tejida originalmente junto a Ahmed Isa Juan Ravioli) abrazaron a la platea, creando una atmósfera de intimidad abrumadora.
En tiempos donde la industria cultural nos empuja al consumo rápido, a la ansiedad algorítmica y al estribillo de quince segundos, el show de anoche fue una trinchera de resistencia. Diego Presa nos regaló un inventario de pájaros y hojas caídas en pleno asfalto montevideano; un testimonio vivo de que, a veces, la mayor ovación se incuba en el silencio más profundo.
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