La música uruguaya ha dado fenómenos inexplicables de calidad. ¿Cómo es posible que en un país tan pequeño y complejo, donde hay problemas para trabajar, donde los gobiernos (los que manejan el Estado) no apoyan, quizás hoy un “poquito” más, las manifestaciones artísticas, hayan surgido tantos talentos y que se jugaron el pellejo con total valentía? Porque hacer lo que hicieron LO QUE IBAN CANTANDO no es una cosa para tomar a la ligera y aunque su legado esté enmascarado- aunque existan algunos músicos jóvenes, hoy, que están influenciados por ellos- algo resuena todavía de aquello y por algo estoy escribiendo esto ahora.
Su estética ruptural y desprejuiciada, es lo que se debiera atesorar en este universo musical tan pobre de hoy, donde gana el que hace la canción más panfletaria o “alegre”, o el que se viste con ropas de tal o cual tribu, o partido, o militancia de moda. Admirar lo que hicieron estos maestros es de justicia, en un momento de total oscuridad y sin recursos: utilizando el cerebro, el corazón y las vísceras. Y discrepo con los que opinan de “élite”. Si uno escucha y estudia de verdad la música de LOS QUE IBAN, se da cuenta que hay comunicación y pulso humano; no es todo laboratorio y “cosas raras”.
Hay fuerza expresiva y lucidez. Volver a escuchar esta versión increíble de la paradigmática canción de Leo es reconocer lo que digo. Hoy, un músico joven, ávido de tecnología, haría esta versión con una “loopera” o un pedal “delay”. Ellos lo llevaron a la práctica con sus voces, en el arreglo, y el delay es “humano”. Una cosa increíble. Y esto sucedió aquí, en Uruguay.














































