
Son numerosas hoy las teorías que se hacen llamar críticas. Es momento de dudar de que en efecto lo sean. No estoy diciendo que no existan diversas formas de leer los problemas del mundo y que todas sean potentes en lo suyo. Lo que digo es que es momento de identificar la potencia de la crítica en tanto acción transformadora en la medida en que la historia viene evidenciando que, leer el mundo sin proyectarse en acciones prácticas sobre él, no es más que la manifestación inoperante de la filosofía contemplativa.
El consumo abusivo de la crítica ontológica ha cercenado las posibilidades de acción y de transformación de los sujetos sobre el mundo porque su “subyacer” devino sujeción. Está claro que es más fácil leer a Foucoult que a Lukács, y que es más divertido profanar lo absoluto como categoría abstracta que transformar y construir lo concreto. Pero es preciso entender también que la lectura contemplativa no conduce más que a la inoperancia a la vez que trabaja escondiendo progresivamente la capacidad transformadora de aquellas teorías que, en efecto, pueden llegar a incidir sobre el mundo práctico.
Entonces: ¿por qué no recuperar a Lukács e intentar proyectarnos sobre el mundo?
La cuestión de la consciencia de clase hoy, es apremiante. Decía Lukács que hay que definir primero la consciencia de clase para luego determinar cuál es su función práctica. Agregaba, a su vez, que las voluntades individuales se pierden bajo la resultante de la suma de la totalidad de las voluntades de los sujetos, motivo por el cual cada voluntad individual no tiene mucho más que una importancia subordinada respecto de la manifestación total y de su acción histórica.
Respecto de lo anterior, cerraba Lukács, el desafío de la filosofía materialista es identificar las fuerzas que mueven la historia más allá de lo que los sujetos perciban -dados sus límites psicológicos- sobre ella. Se trata, entonces, de -des-cubrir el velo que cubre aquello que subyace bajo la limitada lectura del mundo de esos sujetos de la historia que son arrastrados por el caudal incontrolable de ese río en el cual se pierden imperceptibles sus voluntades individuales.
La consciencia de clase es, por tanto, la consciencia que los hombres tienen de su condición en el mundo, del lugar que ocupan en la trama de lo absoluto. Agregamos, y de la comprensión de los límites que su condición histórica supone para su desarrollo personal, a la vez que del lugar que ocupan y la acciones a las que se encuentran limitados como sujeto del orden productivo.
La consciencia falsa es, por tanto, un problema histórico y un problema para la historia. En la medida en que los sujetos no logren comprender lo que son y lo que deberían hacer para no ser más eso que son, es poco probable que la historia sea diferente.
En las sociedades democráticas, las injusticias se reproducen día a día, presentándose como “naturaleza”, encubiertas en su apariencia y protegidas por la mirada inoperante de las falsas consciencias.
En esa dinámica, los momentos en los cuales nos entregamos a la posibilidad de elegir democráticamente a quienes dirigen los sentidos del país son los tiempos en los cuales se encuentran la suma de las voluntades individuales para construir una voluntad colectiva. Las elecciones nacionales no son otra cosa que el cruce de las consciencias de clase para delegar a un grupo político el desatino de un país.
El problema radica, en este caso, es que la democracia no sabe de consciencias falsas. No lo sabe, pero es, en cualquier caso, su principal víctima.
La posibilidad del voto no es menos falsa que las falsas consciencias hasta tanto aquellos que votan no logren, ante todo, comprender su condición el el mundo. La manifestación democrática de la falsa conciencia es poner el voto para legitimar el manejo del Estado de parte de los poderosos cuando ese votante estás lejos de pertenecer a ese selecto grupo. Falsa consciencia es votar para legitimar la desigualdad en un mundo en el que te crees decidir pero no decides porque, como decía el filósofo, tu manifestación individual se pierde en la suma de la manifestación colectiva.
Consciencia de clase es comprender tu condición humana a la vez que militarla ante aquellos que no perciben la suya, ante aquellos que piensan que el perfume de Free Shop y los autos en cuotas pueden esconder la fragancia de la condena injusta y naturalizada.
Tal vez, no se trata de pensar en quién votar sino en identificar los intereses de clase que defienden esos que se votan e intentar, por lo menos, saber si navega en el mismo río que nosotros y, si lo hace, intentar que no nos deje el bote agujereado a nosotros mientras nos aliente con frases de autoayuda desde su yate.
















































