A inicios de julio, Sujetos ediciones abre su camino editorial con Elogio del Maracanazo, del chileno Víctor Hugo Ortega. La nota editorial nos dice del curioso recorrido de este manojo de relatos que viera luz por vez primera en Chile en 2013, fuera ampliado para su edición en México en 2017 y, con un par de eliminaciones y un cuento escrito especialmente para este volumen, aparece en Uruguay en lo que es ya su cuarta edición.

(Lindo haberlo vivido) … pa poderlo contar

A inicios de julio, Sujetos ediciones abre su camino editorial con Elogio del Maracanazo, del chileno Víctor Hugo Ortega. La nota editorial nos dice del curioso recorrido de este manojo de relatos que viera luz por vez primera en Chile en 2013, fuera ampliado para su edición en México en 2017 y, con un par de eliminaciones y un cuento escrito especialmente para este volumen, aparece en Uruguay en lo que es ya su cuarta edición.

Como una selección en plenas eliminatorias, el libro del periodista, docente y escritor ha sabido hacerse sitio, viajando, haciendo valer la localía o plantándose firme como visitante. Y tiene con qué hacerlo. Ortega es un pintor delicado de postales en que el paisaje y los estados de ánimo se afincan cómodamente, sumergiendo al lector en la intriga de un desenlace que aun cuando se presiente, sabe hacer la pausa en una moña más, esperando -como el Enzo, o Biaggio, por traer sólo dos de los pies exquisitos que Ortega pone a jugar- el momento exacto para que el pase llegue profundo a quien debe marcar el gol del triunfo.

Ortega relata en primera persona, invita al lector y lo compromete en gestos audaces, como el de venirse desde Santiago a Montevideo con el solo objeto de conocer a Alcides Ghiggia el mítico puntero uruguayo autor del segundo gol de la final del 50. Si el maracanazo es vivido por nosotros como la épica de Obdulio señalando que los de afuera son de palo, para el viajero chileno, como para cualquier extranjero, es Ghiggia quien sella el triunfo, y la hazaña.

El relato marca en pocas pinceladas un estilo que como sello de autor se despliega en diversos formatos, desde la brevedad de García, hasta el paciente bordado de relatos más extensos como el que da nombre al volumen, o La lealtad de los árboles, y La intriga de los fumadores, cuentos en los que el autor revisita su pueblo natal.

Los diálogos en que se oye claramente el acento chileno, con los modos propios de hablar, intercambiar saludos, comprar y vender, preguntar, o insultar nos acercan a una forma de vivir el fútbol y las relaciones, tan pasional como la nuestra, esa que imaginamos única. Ortega pinta su aldea magistralmente, desde los paisajes urbanos habitados de micros y subtes, hasta las discusiones más triviales, que cuando de fóbal se trata, sabemos, son las más serias:

¿Qué hueá, mitómano conchetumare?, le dijo el hincha de Colo-Colo al de la U. Verdad que soy yo el que anda cuenteando po, mono culiao, respondió este.
[…] Se miraron feo a lo lejos y siguieron echándose chuchadas, desde el andén 14 adonde había llegado el de Colo-Colo, hasta el 29, donde estaba el de la U.

Elogio del maracanazo, no es un libro sobre el mundial del 50 y su épica, ni una colección de relatos de fútbol, como los del Negro Fontanarrosa, o los de Osvaldo Soriano, y, sin embargo, el fútbol está presente a lo largo de todo el volumen. La pelota rodando, los jugadores en plena batalla, no resultan ni un escenario, ni una excusa, sino una suerte de magma de vivencias que hacen posible cada uno de los relatos. En todo caso los once cuentos componen un recordatorio entrañable del adagio del Canario Luna: “te largan a la cancha, sin preguntarte si querés entrar”

Este elogio es un puñado de crónicas sobre una forma de vivir el fútbol. Una manera que nos resulta familiar: apasionada, cargada de valoraciones sobre la belleza, la justicia, la valentía y el talento. Una forma de vivir el fútbol que puede resultar áspera, o dura por momentos, pero que jamás pierde la ternura del niño que se entrevera entre piernas, corridas y balones en medio de una cancha de barrio; ni la resignada paciencia del hincha que en el tablón sabe que “a nosotros nos cuesta mucho ganar, siempre que ganamos es justicia divina”, como dice el abuelo en El tiempo de Zamorano y Salas.

A los chilenos que pueblan estas crónicas el fútbol les atrapa y les conmueve tanto como a cualquier hincha celeste que sufre en la Amsterdam. Ir o no ir a un mundial no les resulta indiferente, saben lo que es la dura competencia por estar cada cuatro años entre los que llegan a la fiesta del fútbol. Los trasandinos que nos pinta el autor nos respetan por ser los únicos que le complicamos la vida a Brasil, y hablan sin complejos del dedazo de Jara a Cavani. Tienen grabadas en sus memorias relatos memorables como el de Solé en el 50, o el de Víctor Hugo Morales del golazo de Maradona a los ingleses.

Desde las estrategias de un hijo para relacionarse con un padre que -quien sabe cómo o por qué- ha sido una larga ausencia, caminando por la rambla montevideana, o las escenas deliciosas de un auténtico blues del levante en que un peruano y un chileno se disputan los encantos de una beldad argentina; hasta la convicción diáfana y ciega del niño que sabe que él ayudó al Coto Correa a convertirle un golazo a los camerunenses, el libro nos pasea por paisajes poblados de afectos, como aquellos que en nuestras tierras pintara el Sabalero de Chiquillada.

Ortega resulta un orfebre de las palabras, traza en mil pases mínimos una urdimbre de recuerdos, nostalgias, amores y pérdidas en que late la vida sencilla de cualquier habitante urbano de nuestra América Latina. Quizá por ello sea tentador leerlo de un tirón, bebiendo de un sorbo largo la gloria del relato mínimo y cálido.

Por ello mismo, constituye una delicada cajita de los recuerdos, a los cuales recurrir una y otra vez, encontrando en un acento y una manera tan peculiar y ajena, aquello que puede resultarnos propio. Una preciosa colección de cuentos para tener siempre allí, al alcance de la mano, para cuando las vacaciones inviten al solaz, o el insomnio reclame compañía.

 

 

 

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Edh Rodríguez

Edh Rodríguez

Edh Rodríguez: Licenciado en educación, docente en formación docente. Publica habitualmente en Viciados de Nulidad la columna Mensajes Encriptados. Ha publicado artículos académicos sobre educación y psicoanálisis. Publicó Relato de un viaje en ómnibus en la obra colectiva Malestares en la ciudad (2016)