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Hay sonidos que no necesitan traducción. Eso pasa con el golpe profundo de un bombo legüero, por ejemplo… algo sucede cuando su cuero comienza a vibrar: los pies parecen reconocer un llamado antiguo, los cuerpos buscan acercarse y la memoria —esa que a veces no sabemos que llevamos dentro— encuentra una manera de hacerse presente. Hay también gestos que sobreviven a los siglos: sentarse en ronda, compartir alimentos, entregar una semilla, agradecer a la tierra, cantar juntos.
En tiempos donde buena parte de nuestros vínculos transcurre detrás de una pantalla y la vida cotidiana parece empujarnos hacia encuentros cada vez más breves, recuperar esas prácticas constituye, de alguna manera, un pequeño acto de resistencia. Algo de todo esto sucede en La Suspendida, Peña de la Costa, una propuesta cultural y comunitaria que encontró en el club de la Comisión Fomento del Remanso de Neptunia, en la ladera del arroyo Pando, un territorio fértil para reunir personas, generaciones, saberes y tradiciones.
Y no se trata solamente de asistir a un espectáculo. Aquí el público no permanece necesariamente sentado mirando lo que otros hacen. La invitación es a participar, bailar, tocar, conversar, compartir y, fundamentalmente, sentirse parte.
Una fiesta popular donde nadie queda afuera
La Suspendida nació con una curiosa paradoja: su nombre recuerda las dos oportunidades en que la peña cuando intentaba nacer debió suspenderse. Lejos de abandonar la idea, sus impulsores decidieron convertir aquel contratiempo en identidad. Así surgió una celebración que, desde entonces, parece empeñada en no dejar de suceder.
Fernanda Peñarrieta, una de sus organizadoras, cuenta que el proyecto se desarrolla siguiendo los tiempos del calendario agrícola, con encuentros aproximadamente cada mes y medio. Y este, no es, un detalle menor. En las culturas originarias vinculadas a la tierra, las celebraciones tradicionales estuvieron históricamente relacionadas con los ciclos de siembra, cosecha, renovación y agradecimiento. La música, las danzas y los rituales no eran acontecimientos aislados de la vida cotidiana: formaban parte de una misma manera de comprender el mundo.
La Suspendida recupera algo de ese espíritu y lo trae al presente. En una de sus ediciones recientes, según relataron sus organizadores, llegaron a participar alrededor de 500 personas. Familias enteras, niños y niñas, jóvenes, personas mayores, músicos, bailarines experimentados y otros que se animaron a dar sus primeros pasos. Las rondas, algunas de dimensiones sorprendentes, se convierten en el corazón de la fiesta.
En la peña no importa demasiado saber bailar bien, importa animarse, integrarse, reconocerse y disfrutar. Y quizás esa sea una de las expresiones más genuinas de la cultura popular: cuando deja de ser exclusivamente algo que se contempla y vuelve a convertirse en algo que se hace colectivamente.
El bombo como herencia, la danza como lenguaje
En el corazón de la propuesta aparecen las chacareras, las zambas, los bombos legüeros y otras expresiones musicales que atraviesan geografías, generaciones y fronteras y así las tradiciones folclóricas de Argentina, Bolivia y Uruguay encuentran en esta peña un espacio para reconocerse y dialogar.
Fernanda, nacida en Bolivia y con raíces familiares en el norte argentino, encuentra en ese cruce cultural parte de la inspiración del proyecto. En tal sentido, la música funciona entonces como un puente entre territorios que comparten mucho más que una proximidad geográfica y es también una forma de transmitir historias, gestos, sensibilidades y maneras de celebrar.
Un bombo no es solamente un instrumento. Puede ser el recuerdo de una fiesta familiar, de una comunidad reunida, de una infancia, de una enseñanza que pasó de unas manos a otras sin necesidad de quedar escrita.
Y cuando varios bombos comienzan a sonar juntos, ocurre algo difícil de explicar únicamente desde lo musical: se construye un pulso compartido.
Los talleres abiertos de danza y percusión que acompañan la propuesta ayudan precisamente a eso: a que más personas puedan apropiarse de esas expresiones porque la transmisión de un legado cultural necesita escenarios, pero también necesita cuerpos dispuestos a aprender, practicar y reinventar lo recibido.
Sembrar también es una manera de recordar
Entre las experiencias que forman parte de La Suspendida aparecen las ceremonias vinculadas con la naturaleza, los intercambios de semillas y los espacios de reflexión sobre el vínculo entre las personas y el territorio.
Precisamente, en la pasada celebración del mes de agosto, la semilla fue protagonista. Sobre un aguayo – tejido peruano -, entre hojas, flores, frutos y elementos de la tierra, pequeños objetos naturales parecían recordar que toda forma de vida tiene un origen y que cada cosecha supone también un acto de confianza en el futuro.
Los intercambios de semillas proponen, además, una reflexión social y ambiental sobre la autonomía alimentaria, la preservación de variedades y la circulación comunitaria de saberes. Guardar semillas, compartirlas y volver a sembrarlas son prácticas profundamente relacionadas con la memoria de nuestros pueblos.
Fernanda Peñarrieta explica que las ceremonias buscan reconocer a quienes caminaron antes por esos territorios y también a las distintas culturas que fueron llegando a habitarlos.
“La intención es agradecer, reconocer ese legado y pensar qué deseamos dejar nosotros” sostiene, agregando una pregunta que trasciende… “¿Qué estamos sembrando en nuestras propias vidas y qué queremos que crezca después de nosotros?”
Cultura comunitaria: el valor de encontrarnos
La Suspendida también invita a reflexionar sobre el lugar que ocupan las fiestas populares en la construcción del tejido social. En tiempos en que el acceso a muchas propuestas culturales está condicionado por el costo de una entrada, este proyecto apuesta por mantener el carácter gratuito de sus encuentros habituales.
La sostenibilidad económica se busca mediante la gastronomía, los bonos colaboradores, el trabajo organizativo y distintos apoyos.
La comida, por supuesto, también forma parte de la experiencia cultural. Las empanadas, la sopa de maní de tradición boliviana —adaptada aquí en una versión vegetariana— y otras preparaciones permiten que los sabores acompañen el recorrido musical y emocional de cada encuentro.
Porque las recetas también viajan con las personas. Y con ellas viajan historias familiares, migraciones, costumbres y memorias.
A esto se suma una feria de emprendimientos vinculados con productos naturales, artesanales y sustentables, que amplía el sentido comunitario de la propuesta y ofrece un espacio de circulación para el trabajo local.
No es únicamente una celebración del pasado: también es una manera de fortalecer vínculos y pequeñas economías en el presente.
“La experiencia demuestra que las iniciativas culturales autogestionadas pueden convertirse en espacios de integración, participación y pertenencia. Y eso tiene un enorme valor social. Especialmente en territorios donde muchas veces la vida comunitaria necesita nuevos espacios de encuentro que no dependan exclusivamente de las grandes agendas culturales” sostiene Peñarrieta.
Lo que permanece cuando termina la música
Hay algo profundamente esperanzador en imaginar una ronda donde personas que no se conocen terminan compartiendo un mismo ritmo. Donde un niño descubre por primera vez el sonido de un bombo, una mujer recuerda una danza de su infancia, alguien aprende una receta de otra tierra y una semilla cambia de manos con la promesa de convertirse en algo más.
Quizás la riqueza de experiencias como La Suspendida resida precisamente allí: en recordarnos que la cultura no vive solamente en los libros, los museos o los escenarios.
Vive también en las plazas, en las cocinas, en las fiestas populares, en la transmisión oral, en las manos que construyen instrumentos y en los cuerpos que se animan a bailar. Vive en los territorios y en las personas que deciden encontrarse.
Y aunque cambien los tiempos, las tecnologías y nuestras maneras de relacionarnos, hay necesidades humanas que siguen intactas. La necesidad de pertenecer. De celebrar. De compartir. De honrar a quienes estuvieron antes. De imaginar juntos aquello que todavía está por venir.
Porque tal vez la memoria sea eso: una semilla que alguien nos dejó y que vuelve a florecer cada vez que nos reunimos para celebrar la vida.
Próximos Encuentros: La Suspendidita y una próxima ceremonia para abrazar las ausencias
La celebración no se detiene. Este sábado 17 de octubre llega La Suspendidita, una versión especial y más breve de La Suspendida, que invita a seguir construyendo encuentros a través del movimiento, la música y el intercambio de saberes. Bajo el nombre «Cruzando Culturas», la propuesta reunirá a artistas y maestros de Argentina y Uruguay en una jornada de talleres intensivos de nivel inicial, abierta a quienes deseen acercarse a estas expresiones artísticas, incluso sin experiencia previa.
La cita será en la sede de la Comisión del Remanso de Neptunia, en Canelones, con dos experiencias que prometen poner el cuerpo, la voz y las emociones en movimiento.
De 17:00 a 18:30 horas, Sol Stampfli (@solbomboydanza) brindará un taller de danza y zapateo, invitando a descubrir la fuerza expresiva de los pies, los ritmos tradicionales y ese diálogo tan particular entre el cuerpo y la tierra.
Luego, de 18:30 a 20:00 horas, será el turno de NegraPao (@cheneg r apao), con una propuesta de canto y percusión que recupera la dimensión colectiva de la música: esa posibilidad de reconocernos en una misma vibración, escuchar al otro y crear algo compartido.
Dos talleres, dos lenguajes y una misma convicción: las tradiciones culturales siguen vivas cuando circulan, se aprenden y se reinventan. La fiesta sigue hasta la medianoche con peña bailable.
Las inscripciones y consultas se realizan con Willy Malatés, al 098 335 691.
El 2 de noviembre: una peña para celebrar a quienes ya no están
La próxima edición de La Suspendida tendrá un significado especialmente profundo. El lunes 2 de noviembre, coincidiendo con el Día de los Difuntos, la propuesta abrirá un espacio para recordar y honrar a nuestros seres queridos fallecidos, recuperando el sentido ancestral de los rituales que vinculan a las comunidades con sus memorias.
Fernanda Peñarreta adelantó que la celebración buscará traer al presente esas tradiciones que reconocen la permanencia simbólica de quienes nos precedieron. Será una oportunidad para pensar la muerte desde otras sensibilidades culturales: no únicamente como ausencia o despedida, sino también como continuidad, gratitud y legado.
En buena parte de América Latina, recordar a los muertos es también una celebración de la vida. Las comidas compartidas, las flores, las músicas, los relatos familiares y los encuentros comunitarios ofrecen maneras de mantener vivos los vínculos con quienes ya partieron.
La Suspendida propone acercarse a ese universo de significados desde su propia identidad: la de una peña popular donde el encuentro, la música y los rituales recuperan una dimensión comunitaria.
Porque todos cargamos historias que comenzaron mucho antes de nosotros. Llevamos palabras, gestos, canciones, recetas y maneras de mirar el mundo que heredamos de quienes estuvieron antes y quizás, recordar sea también reconocer cuánto de esas personas sigue viviendo en lo que somos.
La programación y los horarios específicos de cada edición podrán consultarse a través de Instagram, en @lasuspendida.uy.





