Egberto Gismonti contó que en una ceremonia xingú vio que el sacerdote de la tribu, en un ritual, se transformaba en una entidad superior, en un ser inmaterial. Luego de finalizada la ceremonia el tipo era uno más, común y corriente, y costaba asociarlo al que acababa de brindar aquel desprendimiento del ser.
Anoche tuvimos la posibilidad de escuchar y ver algo parecido, en un lugar alejado del circuito cultural y por fortuna para los que asistimos, cargado de energía y de calor humano. La música, lamentablemente, hoy en día, se ha convertido en un hecho casi artificial. Las luminarias nos agobian y uno no sabe distinguir la paja del trigo. Demasiada producción, pero muchas de las veces acompañada de escaso arte, de escasa música.
Los músicos están más preocupados por la estrategia de marketing y poco en cómo hacen su música. El comienzo de este comentario tiene que ver con lo que vivimos anoche en la Cantina del Urreta.
Clara Cantore, Gabriela Rodríguez, Ana “Chacha” de León y Rodrigo Calzada, nos ofrecieron una ceremonia de música. “Honrar la vida”, dice Eladia Blázquez, y anoche, ellas y Rodrigo, honraron la música.
Tocar y cantar desde el corazón pero con vuelo, con alta calidad, sin mediocridades, sin vanidad ni estrellato. Nos regalaron ARTE. Emoción, religiosidad musical, magia. Luego de eso, de la ceremonia, estaban entre nosotros como uno más, gente sensible pero igual a todos, sin poses ni pavadas. Como el chamán xingú de Gismonti. Anoche Clara nos emocionó con MÚSICA y con su ser. Gabriela (una de las más grandes cantantes que existen y que no conocía) desmoronó las murallas del corazón con su tersura y refinamiento. Rodrigo acompañó de manera súper sensible lo que sucedía en “la ceremonia”, y cuando tuvo el rol protagónico, dejó en claro que es tremendo músico y compositor. “Chacha” regó de arte, con calidad y fineza, desde las percusiones, la velada.
Uno de los mejores espectáculos que he visto y escuchado, donde su majestad absoluta fue la música, en un lugar apartado de las luces y del cotidiano, donde muchas veces hay más humo que belleza.
















































