AgarralaGalarraga, de Juan Estévez

Eso le pasa por ser niño – AgarralaGalarraga, de Juan Estévez

AgarralaGalarraga (2021), segunda novela de Juan Estévez, presenta una historia delicada y sin concesiones, en clave de memoria infantil, en la que a cada paso la bruma del tiempo se desgarra y un recuerdo se despliega, brilla y desaparece, dejando tras de sí una estela que delinea la precisa cartografía que propone el autor, siguiendo la vida de Iván, su protagonista.

Una cartografía trazada sobre la trama de una lengua particular, esa lengua del litoral, al sur del Río Negro, perdida en el tiempo, y sostenida en el hablar del pobrerío en los márgenes de las ciudades. La ciudad en este caso, es Mercedes, que como un fantasma sólo aparece un par de veces: atravesada desde las vías del tren -al este- hacia el cementerio, tras el cual cada día muere el sol, o como un paisaje de calles amenas que nuestro protagonista transita rumbo a la escuela Nº 11.

Iván vive, como todo el barrio 33, del otro lado de la vía, y eso es decir (quizá aún hoy) en pampa y la vía; lejos de todo, último refugio del pobrerío, que laburando un día sí y otro también, en mil oficios, no logra nunca salir de pobre. Porque ser pobre no es una circunstancia, sino una ontología, una condena, que muerde la carne de chicos y grandes.
La historia transcurre, según se narra, entre la lluviosa mañana del 3 de enero, y la mañana de reyes del mismo año. Pero el tiempo es un tren que transforma el futuro en pasado, una bicicleta rodando a mil en las bajadas de las calles de tierra, un caballo desbocado que no para. Y de la misma manera que avanza, a veces retrocede, o sencillamente se detiene, para que un momento de intensidad deje una marca.

Estévez despliega la maestría ya probada en Entusiasmo sublime (Estuario, 2017) para meternos en ambientes en los que cada día es una aventura, donde lo cotidiano, y lo absurdo conviven en un equilibrio difícil de conseguir. ¿Qué otra infancia podría haber tenido el protagonista de ambas novelas, sino ésta donde cada día debe ser conquistado a fuerza de ingenio y la porfía de no perder la ternura?

La vida de Iván es un viaje hamacado entre las palizas y los cuidados de Lala, su madre, la pesadumbre de crecer en la pobreza, y de estar a cargo de su hermano menor. Una vida en la que, sin embargo, no faltan lugares y personajes entrañables. Por allí desfilan desde Bigotes, el viejo escobero, anarquista y sabio que enseña a Iván a no renunciar nunca a sus preguntas, porque leer y pensar nos hacen libres; y que hace siempre sitio a la escucha atenta de ese niño sin padre que lo visita casi a diario.

Conocemos brevemente a Beba que cobija con postres y caricias una infancia tan dura como el frío mercedario; paseamos por incontables páginas de revistas de Periquita, El Tony o Superman, recorremos las enormes distancias sociales que separan al pequeño Iván de Dalmita, su primer amor; vemos a los burise ir a robar peras y naranjas de las chacras del Ejido, aprendemos con ellos a fabricar y remontar pandorgas, sentimos la mezcla de asco y temor al retirar una vieja ‘el agua del anzuelo, o asistimos a las incontables agarradas con los salvajes del otro lado, del campito. Nada como chapotear en los charcos bajo un furibundo chaparrón de verano, o dormirse mirando los refucilos de la tormenta esperando ver una centella.

Acompañamos a Iván desplegando todo su ingenio para aprender a andar en bicicleta, para querer a Cerote, su hermano menor que pesa como una mochila llena de piedras en la espalda, o para esquivar la infaltable caricia de la chancleta o el cachetazo de la madre.

Así, la muerte de José Gervasio a sus tres brevísimos años, afecta a todos, provocando reacciones dispares en los dos únicos testigos de su último momento. El Color e Iván ya no serán los mismos, su amistad tampoco cuando la duda y la sospecha ingresen en su inocencia perdida.

La muerte parte las aguas y deja a Iván ante preguntas inquietantes, oscuras; tanto que el niño decide dejar de serlo. Su diario divagar entre la cañada, las pandorgas remontadas en cualquier viento, y los partidos de campito, van cobrando un sentido nuevo en los diálogos que mantiene con Galarraga.

AgarralaGalarraga propone un mundo que tiene mucho de la vida pintada por El Sabalero en canciones como Chiquillada, o espectáculos como La casa encantada, pero aquí no hay ni óleos ni colores pastel, sino una sucesión de aguafuertes, más cercanos a los Caprichos de Goya que al impresionismo de Monet. La serie de postales que conforman la vida de Iván, es áspera, sin embargo, se respira en ella una infinita ternura, que hace que nos quedemos siguiendo sus aventuras, y los sabrosísimos diálogos que sostiene con su amigo invisible, el Galarraga que como un Sancho Panza, no deja de arrimar sentido común a las preguntas más crudas e inverosímiles de la cabeza y el corazón de Iván.

-(Siempre a mí Galarraga…¿De qué me sirve ser inteligente como dice que soy, eh?)
-(Eso le pasa por ser niño. A los niños no los entenderán nunca los mayores…) -le contesta su amigo de voz silenciosa y mucha imaginación.
-(Y sí. Tengo que dejar de ser niño.)
-(Algún día tendrá que crecer)

Los personajes que habitan las páginas de la novela, son gente sencilla, curtida, que se vale del humor casi como una defensa ante el sinsentido descarnado de la vida. Así, vemos al Negro Villanueva, manejando un ómnibus urbano, en medio de la lluvia, recibiendo a cada pasajero con un saludo hecho a medida:

¿Qué haces, Petiso? ¿Qué es de tu vida, Cabeza? Buen día, don Gutiérrez. ¿La ayudo, doña? Qué día hoy pa’ filmar con el Flaco, ¿eh Gordo?

AgarralaGalarraga no es un ejercicio de nostalgia, ni una edulcorada pintura de la pobreza, es un paciente relato, armado con la infinita paciencia de los pescadores, y presentado como una delicada artesanía de palabras que abren un mundo en el que, detalles de un realismo tan imperecedero como ajeno, nos resulta plenamente familiar.
Un paisaje donde las palabras ruedan movidas por un engranaje que, tan invisible como Galarraga, da lugar a una historia de crecimiento, soledad, amistad y una profunda humanidad en la que Iván comprende que lo mejor de la infancia es que un día termina, y queda allí por siempre, como una amiga o como un fantasma.

AgarralaGalarraga, de Juan Estévez, editada y distribuida por el autor al que se puede contactar a través del celular 098331591





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Edh Rodríguez

Nació en Mercedes en 1972. Escuchador compulsivo de rock, pop, blues, jazz y otras yerbas. No le incomoda ver cien veces la misma película. Entre 2018 y 2020 publicó las secciones "Crónicas del descriterio" y "Mensajes encriptados" en Viciados de Nulidad. Integra el colectivo "La máquina de contar" donde publica narrativa de nuevos autores. Ocasionalmente colabora con Cooltivarte, reseñando libros, discos y recitales. Sigue sin saber bailar tango.