Don Juan desenvainando la espada en Don Giovanni de Mozart; cuadro de Max Slevogt: Francisco d'Andrade como Don Giovanni, 1912

Don Juan

Donjuán, según la RAE, proviene de Don Juan Tenorio, personaje de varias obras de ficción, y significa “seductor de mujeres”. ¿Qué tiene Don Juan que desde su nacimiento literario en 1617 con Tan largo me lo fiáis, hasta nuestros días, ha acaparado la atención de dramaturgos, novelistas, poetas, ensayistas, directores de cine y televisión? Y cada uno ha visto al personaje “a su manera” lo que torna una quimera atribuirle características genéricas, salvo que es un seductor de mujeres: “Dogmatizar sobre Don Juan me parece tarea insensata. Porque la pluralidad del personaje, materializada en los centenares de obras escritas sobre él, demuestra palpablemente cuántas facetas tiene Don Juan de riqueza evolutiva inagotable” (Mercedes Sáenz-Alonso, Don Juan y el Donjuanismo, Madrid, 1969). Donjuán debe ser una de las expresiones más usadas en la historia de la humanidad. Sí, porque antes de que la literatura lo inscribiese en sus registros de personajes famosos, los donjuanes ya circulaban masivamente por el mundo sin saber que eran donjuanes: “Lo que sí deseo afirmar es mi creencia positiva de la existencia de Don Juan en el día de hoy. De que Don Juan seguirá existiendo. De que Don Juan existe desde aquel día lejano en el amanecer del “homo sapiens” (Sáenz-Alonso, texto citado). En esta columna hablaremos del Don Juan de Tirso de Molina y del Don Juan de José Zorrilla.

Don Juan es patrimonio universal, aunque literariamente nace en España con Tan largo me lo fiáis, obra atribuida a Tirso de Molina, seudónimo de Fray Gabriel Téllez. En ella se encuentran los orígenes literarios del Don Juan que pasará a la historia de la literatura en gloria y majestad: El burlador de Sevilla y Convidado de piedra (1630), también de Tirso (quien desee profundizar en una comparación entre ambas obras, sugiero la lectura del excelente ensayo de José María Ruano de la Haza, Universidad de Ottawa, La relación textual entre El burlador de Sevilla y Tan largo me lo fiáis, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes). Dos aspectos son determinantes en la caracterización de este don Juan Tenorio: ser un joven libertino que burla mujeres y convidar a su mesa a una calavera. Hay muchas versiones del romance El galán y la calavera. Nosotros presentamos un pequeño fragmento de la versión de Curueña, comarca de Omaña, León: “Pa misa diba un galán – caminito de la iglesia / no diba por ir a misa – ni pa estar atento a ella, / que diba por ver las damas – las que van guapas y frescas. / En el medio del camino – encontró una calavera / mirárala muy mirada – y un gran puntapié le diera; / arregañaba los dientes – como si ella se riera. / Calavera, yo te brindo – esta noche a la mi fiesta” (Texto recopilado por don Juan Menéndez Pidal, y “recitado por Josefa Fernández, vecina de Curueña, Riello (León), en 1889”, según M. Menéndez y Pelayo, quien lo incluyó en su Antología de Poetas Líricos Castellanos).

De suerte que don Juan nace al mundo literario como un libertino burlador de mujeres y un irreverente burlador de la muerte y sus principios religiosos. “Dos son los componentes de la leyenda de Don Juan. En primer lugar, el hombre fascinador que atrae a las mujeres, que las seduce, las abandona y las sustituye por otras, en una incansable experiencia de amor. En segundo lugar, su irreligiosidad y su cinismo; su perpetuo desafío a la sociedad, a la Iglesia y a Dios. De estos dos elementos sólo el primero es esencial para la psicología del protagonista” (Gregorio Marañón, Don Juan. Ensayos sobre el origen de su leyenda, Madrid, 1940). Por su parte, “Tenorio” era un apellido común en la época de Tirso de Molina, aunque existe una controversia no resuelta entre los innumerables estudiosos de la obra respecto de la historicidad del personaje como proveniente de una familia noble. (Para quienes se interesen en profundizar en los diferentes recovecos históricos y literarios del apellido “Tenorio” y su relación con Don Juan, así como otros aspectos relevantes de la obra, sugiero la excelente Tesis de Máster Universitario en Literatura Española, Universidad Complutense de Madrid, 2014, de Irene Ortiz Rosado, De El burlador de Tirso al Don Juan de Molière. Estudio Comparativo de Fuentes Textuales). En todo caso, sí hubo un Tenorio con todos los atributos donjuanescos del personaje de Tirso, pero su nombre era Cristóbal. Tirso lo conoció. Cristóbal Tenorio sedujo y raptó a la hija de Lope de Vega.

Tiene razón Gregorio Marañón cuando afirma que la irreligiosidad de Don Juan, su cinismo y su desafío a los protocolos sociales, a la Iglesia y a Dios, son sus características que todas las épocas han rescatado del personaje. No así su encuentro con la calavera que responde a la leyenda en sus variadas versiones. Es Don Juan situado en cada contexto histórico, social y cultural, lo que distingue a uno de otro, porque estas características que hacen del personaje un donjuán, tiene matices importantes según el contexto histórico en que se desarrolle. El Don Juan de Tirso es joven y arrogante, y le es indiferente que su víctima sea una humilde pescadora o una mujer de la nobleza; es apuesto y noble viajero. Un personaje propio del Renacimiento, trasgresor de las leyes morales impuestas por la Edad Media y sus dogmas eclesiásticos. La mujer medieval, a diferencia de las otras mujeres europeas, no tenía la vida cortesana de estas, más libre y dueña de sus actos. La mujer española vivía enclaustrada en su honor. Este honor debía ser conquistado de cualquier manera, como se conquista una torre o un castillo. Así ve Don Juan a la mujer, una fortaleza que debe ser tomada no importa cómo. Sin embargo, a este Don Juan no lo condena la justicia de los hombres, sino la justicia divina, dejando en claro su autor su condición de religioso: “El don Juan Tenorio de Tirso, en el que nace el eterno don Juan, no burlará a Dios, pero burlará eternamente al mundo, mientras dure el mundo” (Francisco Ruiz Ramón, Historia del teatro español, Madrid, 1967). Es en este hecho, precisamente, de su burla permanente a la sociedad, donde radica la contemporaneidad del personaje: “Si fueras el mismo infierno / la mano te diera yo / porque se admire y espante / Sevilla de mi valor” (El burlador de Sevilla y Convidado de piedra). Como señala Sáenz-Alonso en su citada obra, “rompiendo todos los posibles límites de la vanidad y la soberbia, acalla su creencia en Dios para imponer a los vivos el asombro de esa temeridad suya”.

Bien diferente es el Don Juan de José Zorrilla, el más famoso del teatro universal. Las aguas recorridas bajo los puentes sociales, históricos y culturales entre uno y otro, se reflejan en los 218 años que los separan. Del Renacimiento al Romanticismo la humanidad ha sufrido cambios trascendentales y el personaje, ya lo dijimos, es un hombre de su tiempo, no del que fue ni del que vendrá, sino del suyo. Esa es otra de las formas de su contemporaneidad. ¿Qué hace diferente el Don Juan de Zorrilla del Don Juan de Tirso? Desde luego no su condición de libertino burlador de mujeres, puesto que esta es la conditio sine qua non que lo hace ser un donjuán. El Don Juan decimonónico es un personaje que evoluciona moralmente en la obra. Su irreligiosidad y su desprecio por el dolor causado y las muertes provocadas, asumen matices de sincero remordimiento, inconcebibles en el Don Juan de Tirso: “¡Cuántas al mismo fulgor / de esa luna transparente, / arranqué, a algún inocente, / la existencia o el honor!”. Arrepentimiento no generado ante el miedo de la muerte, sino producto de una genuina reflexión sobre su propio comportamiento moral. En un libro generoso en los diversos aspectos que aborda sobre Don Juan, con una bibliografía exuberante (1.275 referencias), de fácil lectura no obstante sus 613 páginas, Psicología de Don Juan. Práctica del enamoramiento, Barcelona, 1965, de Pedro Portabella Durán, se describen las etapas evolutivas de Don Juan de Zorrilla.

En un primer momento, Don Juan se ciñe “a su manera de ser”, pero no obstante no carece “de humanidad”. Ciertamente, nos dice Portabella, es “un personaje provecto para la sociedad”. Con todo, en este primer acto, “su capacidad de enamorarse y su desafío a la opinión pública le fluyen como torrente desordenado”. Por su parte, el segundo acto nos ofrece un Don Juan “auténticamente” enamorado de Doña Inés. Su personalidad entra en crisis, pues los valores del amor comienzan a hacer estragos en su réproba conducta “y marcha por la vida cada vez más torturado por su drama existencial”. Por último, el tercer acto, comenta Portabella, “es el punto de contrición”. Es el instante final, de la salvación o de la perdición, pero a diferencia del Don Juan de Tirso, no pide un confesor, sino que desde “su valor de amor, tiene la contrición de creer en Dios”. No le pide a Dios que lo salve, sino que se pone en sus manos: “Yo creo en Ti”. La escena final de Don Juan Tenorio describe la salvación de Don Juan concedida por Dios mediante la intervención de Doña Inés: “Misterio es que en comprensión / no cabe de criatura, / y sólo en vida más pura / los justos comprenderán / que el amor salvó a don Juan / al pie de la sepultura”. Cuán diferente es el fin de Don Juan de Tirso. Pide un confesor que lo absuelva, pero antes, con su mano libre trata de agredir con su daga a Don Gonzalo que lo abrasa por mandato de Dios. Su soberbia y su arrogancia lo hundirán en el infierno: “Deja que llame / quien me confiese y absuelva”. “No hay lugar: ya acuerdas tarde”. “¡Qué me quemo” ¡Qué me abraso! / ¡Muerto soy!”.

De ambas obras o de sus autores, se ha dicho toda suerte de comentarios imposibles de determinar por su número. Pero algunos me parecieron insólitos por su crudeza, en cuanto otros publicados a días del estreno describen aspectos coincidentes con la crítica que durante siglos ha llenado estanterías de bibliotecas y publicado miles y miles de páginas en los diversos diarios y revistas del mundo. Sobre Tirso de Molina rescato un trecho del acerbo comentario del Guillermo Jünemann en su libro Historia de la literatura, Friburgo de Brisgovia, Alemania, 1907: “Parece que escribió sus comedias antes de abrazar la vida monástica. En honra suya sea dicho, aunque el hecho de haberlas publicado cuando ya era fraile, y los caracteres mismos que pinta en sus piezas, empañan tristemente su honra sacerdotal y ni siquiera permiten tenerle por hombre de bien. Porque es tan inmoral y obsceno su teatro, que pudiera avergonzarse de él un libertino”. Y sobre la obra misma, el tono adquiere un abusivo y desequilibrado vendaval semántico: “Fábulas inverosímiles, monótonas y enmarañadas; hombres despreciables; mujeres impúdicas y abyectas; una sociedad profundamente corrompida, como no es posible lo fuera la española de aquel tiempo”.

En cuanto al Don Juan de Zorrilla, me llamó la atención el comentario de prensa a los días de su estreno en Madrid el 28 de marzo de 1844: “Las primeras opiniones vertidas por los revisteros teatrales tuvieron en general un tono positivo, considerando el éxito del drama satisfactorio, pero no brillante. Tal es el caso de la Revista de Teatros (30-III-1844) o la autorizada reseña de Hartzenbusch en Revista de España, de Indias y del Extranjero y El Corresponsal (30-III-1844)”. Pero después de Semana Santa, surgieron opiniones adversas de algunos medios que, en alguna medida, se asemejan a las duras palabras de Jünemann sobre el Don Juan de Tirso: “El gobierno debiera cuidar mucho de esto, porque sólo la representación de una comedia puede hacerle perder en un momento su trabajo de muchos meses para reconciliar las voluntades de los que se hallan dispuestos a aceptar las actuales instituciones, siempre que se conserve con toda su pureza la religión de nuestros padres y se haga un esfuerzo por mejorar las costumbres…” (El Castellano, 15-IV-1844). Por su parte, La Censura (marzo de 1848), tampoco tuvo mucha consideración con la obra de Zorrilla: “En efecto, sólo dos desenlaces podía tener este drama, conforme con lo que exigen nuestra creencia, la sana razón y hasta las reglas rigurosas del arte, a saber, o que el impío y desalmado don Juan acabase como había vivido recibiendo el merecido castigo de sus crímenes y de su ateísmo, o que arrepintiéndose a tiempo y en vista de los avisos del cielo, expiase con una sincera y dura penitencia su vida licenciosa y criminal” (Todas las citas de los medios sobre el don Juan de Zorrilla se encuentran en el ensayo de Jesús Rubio Jiménez de la Universidad de Zaragoza, 1989, Don Juan Tenorio, drama de espectáculo: plasticidad y fantasía).

Indiferente a la crítica y al halago, el personaje que inmortalizó Tirso de Molina adquiere nuevas formas para mantener vivo el mito. En tiempos recientes se vistió de frac, utilizó moderno armamento e ingeniosa tecnología. Anduvo galante y cortés por todo el mundo con su aire seductor y conquistador. James Bond fue el donjuán de toda esta época reciente. El bondismo es otra historia que mantiene vivo al personaje legendario, audaz, seductor e irreverente que nació literariamente en los lejanos años de 1617.

¿Qué Don Juan tendremos mañana?

 

 

Imagen portada: Don Juan desenvainando la espada en Don Giovanni de Mozart; cuadro de Max Slevogt: Francisco d’Andrade como Don Giovanni, 1912 wikipedia.org

 

 

 

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Alejandro Carreño T.

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.