
“Esto lo escribí por el fallecimiento de Nancy Guguich” comenzaba diciéndome mi tía, Marcella Turubich, en un mensaje. La carga emotiva de sus palabras sólo podría ser empatada por la carga histórica del anecdotario. Y es que, si lo pensamos para cada uno de nuestros enlaces familiares, las narrativas significan rinconcitos de memoria en los que se encuentra la historia con el futuro, a veces en planos personales y otros, como es este caso, conllevan una hermosa clave colectiva que se traduce en luchas y resistencias que por mucho trascienden lo personal.
Por eso comparto las palabras de mi tía, porque pienso que necesitamos que no se olvide lo ocurrido, cómo también merecemos tomar esas acciones desde las inspiraciones que habilita para seguir construyendo más y mejor presente y futuro colectivo, como lo siento en el recuerdo de estas dos gigantes maestras.
Por último, creo que sí algo deja en claro este texto es que lo que hoy pueden ser pequeñas amistades o gestos de lucha por sobrevivir y compartir, mañana puede ser el recuerdo de grandeza que acompañe a semejante referenta de nuestra cultura infantil (y por supuesto que la no lo es tanto también).
“Soy el resultado de una mezcla genética alucinante. Por un lado, la docencia pegó fuerte en mí, siendo la tercera generación docente en la familia (abuela y madre maestras, hermanos profesores) y ahora tenemos una cuarta en los hijos y sobrinos.
Por otro lado, la comunicación radial, la radio toda y la música por mi viejo.
Esa vida de radio me permitió conocer desde muy gurisa a muchos músicos uruguayos de al lado, y por la elección estética de Elías, toda esa música. Como contaba en el relato de Facebook, Nancy y Mabel Cuadrado (mi mamá) ambas nacidas en 1944, cursaron juntas su adorada carrera de magisterio y la especialización en Preescolares. En sus tiempos, primero se recibían de maestras y tras dos años de práctica efectiva de la docencia, cursaban una especialización de otros dos años. Una formación contundente. Recuerdo los cuentos de mamá de las fundamentales docentes que tuvo en su formación.
La década del 60, donde éstas muchachas comenzaban a ejercer el magisterio, estuvo plagado de nuevas pedagogías, nuevos enfoques y nuevas visiones del mundo. La educación artística (piano, guitarra, violín, danza, etc.) estaba bien vista para las niñas de los 50’s como un plus en sus vidas, pero no para desarrollar una carrera. Pero ese plus les vino fantástico a éstas jóvenes maestras porque empezaron a destacarse con sus prácticas innovadoras. Aparecieron los trabajos de Murray Schafer, de Violeta Hemsy de Gainza, Judith Akoschky, Silvia Malbrán, Cristián Hernández Larguía y su Conjunto Pro Música de Rosario, María Elena Walsh, que repercutieron fuertemente en los educadores de éste lado del charco. Y sobre todo en quienes trabajaban con la primera infancia.
El comienzo de la década del 70 vino con todos los cambios políticos y sociales negativos que no da para detallar, y muchas de estas maestras innovadoras, consecuentes con sus convicciones y desarrolladoras de prácticas docentes diferentes fueron destituidas o postergadas (tal el caso de mi madre. Les trancaban la carrera y las paseaban por toda la ciudad. Cada vez que se destacaban, las trataban de borrar). No recuerdo cuál fue la situación de Nancy en ese sentido.
En un tiempo donde se hicieron callar obligatoriamente las voces más destacadas de la música popular uruguaya bajo pena de cierre del medio difusor o detención y encarcelamiento de los artistas y responsables del espectáculo realizado, el silencio y el miedo parecía querer dominar a los artistas y al pueblo.
Pero sólo parecía, ya que eran muchos los que, en silencio, seguían creando y haciendo conocer en círculos alternativos sus trabajos.
Evidentemente, Nancy sabía lo que no teníamos y faltaba en el ámbito de la música para niños y lo que faltaba para un buen trabajo artístico en el aula.
Tenía claras las dos áreas.
Rodeada de un mundo artístico increíble a partir de su relación con el Corto Buscaglia, el desfile de influencias de los músicos, actores, poetas y bailarines que tuvo a su alrededor tienen que haber despertado cientos de ideas a desarrollar.
Y entonces, empezó a gestar la idea de hacer algo diferente con un musicazo cómo lo fue Walter Venencio.
Recuerdo de una entrevista que le hice a Nancy hace años, que contaba que ese había sido el primer paso.
A pesar de su voz ronca o disfónica, Nancy cantaba y contaba, en un discurso pausado y claro, bien de maestra.
Había un mundo por cambiar y mejorar por delante, un mundo para que Martín primero, y Paolo después pudieran disfrutar y desarrollarse plenamente.
Ese mundo está detallado en “Por Martín y porque sí” que integra el primer disco de Canciones para no dormir la siesta. Y esa idea de Nancy toma otro cuerpo y con un conjunto de impresionantes músicos que fueron variando, aparece en escena Canciones.
Recuerdo vagamente haber estado en lo que creo que fue la primera presentación del grupo. Era invierno de 1975 y papá y mamá nos llevaron a los tres hermanos Turubich (Alejandro de 6 años, Erika de uno y medio y yo de 7) a ver el grupo de unos amigos que cantaban canciones para niños y para lo cual nos trasladamos a un teatro que quedaba cerca de la plaza de los bomberos, pero no era el teatro de 18. Años después me vine a enterar que ese teatrito era la Sala Mercedes del El Galpón y el grupo de los amigos de los viejos había sido Canciones.
Recuerdo salir cantando La chivita y Para cuando llueva.
Canciones para no dormir la siesta impulsó y desarrolló la tarea de trabajar con los niños desde el mayor respeto y la calidad, creando nuevos públicos sensibles, críticos y participativos. Les dio a las familias un material nacional del mejor nivel para disfrutar y compartir con sus integrantes de diferentes edades. Su repertorio permitía cantar, contar y bailar, generando un reconocimiento y un uso del cuerpo diferente, desde el disfrute y sin vergüenzas. También mostraron que se podían decir muchas cosas sin que “aquellos” se dieran cuenta y las disfrutáramos todos en casa. Canciones nos paseó por los ritmos del mundo, por la obra de poetas y creadores, conocimos los derechos del niño.
El disco “10 años” fue increíble. Ahí estaba el Chim pum fuera. Sencillamente alucinante. Vino la tele, con un divertido programa lleno de canciones y juegos, que los acercó a los niños de todo el país.
Un poco más tarde, el desarrollo de la carrera solista de algunos de sus integrante trajo algún otro cambio de integración. El ingreso de Coco Fernández y Guzmán Peralta vino con último disco muy divertido, el “Cht”.
Lo más lindo era verlos en vivo, aunque ya de niña te quedaran algunas fotos, jajajaja.
Su material trascendía el número de años que te decía la cédula.
Pero como pasa con los grupos grandes en nuestro país, en un momento se cortan, porque se vuelven inviables a nivel económico fundamentalmente.
Una gran pena.
Como pasó con Sumo y sus grupos herederos Divididos y Las Pelotas, Canciones derivó en Cantacuentos por un lado y Susana Bosch con su grupo por otro. También siguió incursionando por la música infantil, uno de sus integrantes destacados, Jorge Bonaldi.
Volviendo a Nancy, la paisana, como le decía mi padre porque los dos eran descendientes de yugoeslavos, ella de croatas y nosotros de un macedonio, le puso todas las pilas al proyecto que con todo amor desarrolló con sus hijos.
Cantacuentos tenía la impronta de Canciones, pero con el sello de los Buscaglia Guguich y de Gonzalo Brown.
Con nuevas creaciones y nuevo sonido, Nancy disfrutaba de las actuaciones con sus pichones y de seguir cantando y contando con su característica voz ronca, sacando a la luz permanentemente esa maestra de vocación y carrera que era.
En el comentario que hice en Facebook, comenté de los encuentros con ella en la COMAG, Cooperativa Magisterial, lugar emblemático, ya que ésta cooperativa de consumo es el resguardo de los docentes que sin un peso van a buscar allí ropa, alimentos o lapiceras a pagar en doce cuotas que se descuentan del sueldo o la jubilación magisterial o similar. En los años de dictadura, y gracias al crédito de mi abuela nos íbamos a vestir allí, o hasta a almorzar.
Hoy como docente, uso mi crédito para comprarles útiles a mis hijos, pero llegué a vestirlos también.
Y en esas similitudes entre mi vieja y Nancy, hasta último momento gastaban sus créditos en colaborar en vestir a sus hijos, semejantes grandotes, pero ellas estaban ahí con su cédula en mano, dando una mano, con el amor materno enorme y aprovechando esa posibilidad que les daba su magisterio.
Te adjunto una foto de una invitación para el concierto presentación del disco 10 años que le mandaron a papá y que encontré de pura casualidad.
Mi mamá se llamaba Mabel Cuadrado y fue una enorme educadora que disfrutó, apoyó y difundió permanentemente el trabajo de Nancy en sus diferentes etapas.”
















































