
Pienso en el foso de la hipocresía contemporánea. Pienso en la inevitable levedad de las instituciones cuando se topan de frente con el dinero, con la tiranía política del espanto y con los hombres que se autoproclaman dueños absolutos de la moral global. Lo sucedido en las últimas horas con el delantero estadounidense Folarin Balogun no es una anomalía del reglamento; es la radiografía exacta del vacío ético que impera en nuestros días, una pirueta burocrática ejecutada bajo la sombra alargada e inconfundible de Donald Trump.
El fútbol, ese viejo milagro de barro y dignidad que nació para igualar a los hombres sobre un rectángulo verde, ha vuelto a ser secuestrado por el matonismo de pasillo.
Balogun vio la tarjeta roja ante Bosnia. En cualquier rincón del planeta, bajo el sol implacable de los códigos que rigen a los mortales, una expulsión directa es un dogma: significa el destierro automático para el siguiente encuentro. No hay matices. Es la ley del juego limpio, el pacto invisible que le permite a la humilde Bélgica mirar a los ojos al gigante norteamericano y competir en igualdad de condiciones. Pero en el manual del trumpismo, la igualdad es una afrenta y las leyes no son más que sugerencias moldeables para los que visten de etiqueta. El mundo entero, desde los tratados comerciales de la OTAN hasta una cartulina roja en la cancha de fútbol, es digerido por su psique como un simple decorado al servicio de su mitomanía. Su modus operandi no conoce fronteras institucionales porque su narcisismo tampoco las tiene: para él, gobernar es un reality show perpetuo donde las reglas del juego se reescriben a capricho del director si el guion no ensalza su propia grandeza. Con esa arrogancia de quien se cree dueño de la finca global, irrumpe en el santuario del deporte no por amor al balón, sino para recordarle al planeta que ahí donde pisa su sombra, las instituciones se arrodillan y el orden establecido muta en un monumento a su ego.
La maquinaria que destrozó el reglamento no se movió con argumentos deportivos, sino con el peso asfixiante de la geopolítica. La absolución del delantero ocurrió tras un asedio de llamadas directas desde los despachos presidenciales hacia la cúpula de la FIFA. Donald Trump activó su maquinaria de presión habitual, utilizando el megáfono de sus declaraciones públicas y los canales de su diplomacia informal para exigir la revisión del castigo automático. Fiel a su lógica transaccional, catalogó la expulsión ante Bosnia como un agravio intolerable para el espectáculo y el negocio que su nación financia y organiza, enviando un mensaje velado pero asfixiante que la cúpula del fútbol entendió a la perfección.
La claudicación institucional y el cinismo de los despachos
La capitulación de la FIFA ante las exigencias de Donald Trump no solo constituye un precedente funesto, sino un ejercicio de absoluta abyección institucional. En los pasillos de la alta burocracia del fútbol parece haberse extraviado la palabra vergüenza; resulta de un cinismo inadmisible que un organismo que se vanagloria de su autonomía abdique de sus propias normas con tal nivel de docilidad. La sumisión fue inmediata, corporativa y desprovista de cualquier decoro ético.
Al arrodillarse ante los telefonazos del ostentoso magnate de la telerrealidad que hoy gobierna el Salón Oval, la FIFA ha decretado formalmente que sus reglamentos son documentos maleables, supeditados al peso político del interlocutor de turno. Desempolvaron una cláusula de probatoria artificial —el Artículo 27 de su Código Disciplinario— para inventar una insólita y conveniente fórmula de “libertad condicional por un año” que le permite al goleador de la selección de las barras y las estrellas saltar a la cancha en Seattle contra Bélgica.
Mientras tanto, el mandatario celebraba el dictado en sus redes sociales con la soberbia del cazador que exhibe su pieza, vanagloriándose de haber doblado el brazo de la burocracia internacional ante lo que llamó la “reversión de una gran injusticia”. En medio de este circo mediático, la intromisión presidencial no responde a un repentino fervor por la equidad, sino al frío cálculo de un consumado clout chaser: un oportunista de la atención pública que utiliza el escenario del Mundial para colgarse el medallero de salvador y demostrarle al planeta, a golpe de tuit y ostentación, que sus caprichos pesan más que cualquier código internacional.
Cuando la ley se deforma para salvar los intereses económicos y el rating del dueño de casa, el Fair Play deja de ser un principio y se convierte en una farsa de relaciones públicas administrada por ventanillas complacientes.
Para el espectador que aún conserva un vestigio de decencia deportiva, esta situación deja un sinsabor amargo y devastador. Nos encontramos en pleno año 2026, en la edición número 23 de las Copas del Mundo —un evento que se encuentra rozando el siglo de existencia y con miles de millones de dólares en tecnología— y descubrimos con rabia que seguimos atrapados en la misma prehistoria moral. ¿Cuándo vamos a presenciar un campeonato verdaderamente digno y a la altura de su propia historia? Nos han vendido la tecnología del VAR como el ojo absoluto de la verdad, pero de nada sirve la precisión de las cámaras si los que vigilan las pantallas deciden mirar hacia el lado donde mandan los billetes verdes y presiona el poder político.
La eterna farsa de los amos del juego
La Real Federación Belga de Fútbol ha alzado la voz con un comunicado que es un grito de auxilio ético. Expresando su absoluta estupefacción ante una medida que rompe de golpe el principio fundamental de la competencia, estudian apelar ante el TAS¨, revolviéndose con la rabia del que se sabe estafado antes de que empiece el partido. Saben perfectamente que en Seattle no solo enfrentarán a once futbolistas y a una grada enfervorecida; se enfrentarán a la maquinaria de la conveniencia corporativa y estatal, a un sistema dispuesto a todo con tal de que el dueño de la casa no quede fuera del negocio antes de tiempo.
Hoy rodará el balón, sí. Balogun pisará el césped bendecido por el perdón de los burócratas y el berrinche del mandatario. Pero ganen o pierdan, el escepticismo ya se ha instalado en el alma del fútbol.
“En el fútbol todo se complica por la presencia del rival…
pero el verdadero enemigo del juego nunca viste de corto;
viste de etiqueta y pretende comprar el destino de la pelota
desde un despacho”. — Jean-Paul Sartre.
Noventa minutos de amnesia voluntaria: el indulto de la pasión
La reflexión final nos arrastra a una conclusión desoladora sobre el legado que estamos construyendo. En cada partido, antes del pitazo inicial, veintidós niños ingresan al campo escoltando a los futbolistas. Esos pequeños miran hacia las tribunas con los ojos encendidos, creyendo con una inocencia sagrada en la limpieza del juego y en que la justicia de una tarjeta roja es igual para todos. ¿Qué le estamos enseñando a esa generación que nos observa? Les estamos entregando un mundo donde el esfuerzo se rinde ante los caprichos del cacique de turno y donde las normas solo aplican para los desamparados que no tienen un protector en la cumbre.
Y sin embargo, ahí radica la maravillosa y trágica maldición de este deporte. Porque mañana juega Colombia, nuestra selección sigue viva en la batalla, y la pasión es una adicción de la que uno nunca se cura del todo. Sé perfectamente que cuando la pelota ruede y vea la camiseta tricolor sobre el césped, la cordura perderá el partido contra el sentimiento. Por noventa minutos suspenderé la memoria, ignorando las componendas de la FIFA y el burdo matonismo de Trump. Nos entregaremos de nuevo al grito del gol y a la ilusión de los colores, demostrando que, aunque la oligarquía deportiva se crea la dueña del balón, el juego -en su maravillosa e indestructible imperfección- todavía nos pertenece a nosotros.
** TAS. Es el Tribunal de Arbitraje Deportivo. Se conoce por sus siglas antedichas, TAS en francés: Tribunal Arbitral du Sport, o CAS en inglés. Es el órgano supremo internacional e independiente encargado de resolver disputas legales, comerciales y disciplinarias en el ámbito del deporte. Fuente. Wilkipedia.