
Mientras algunos intentan que la música sea un consumo fugaz, un sello independiente uruguayo insiste en fabricar cassettes, editar discos que dialogan con la historia del metal y tender puentes entre Montevideo, Europa y Latinoamérica.
La conversación con Nicolás, uno de los responsables de Doom For The Nations, es mucho más que una entrevista sobre un sello: es una reflexión sobre el arte, la memoria, la cultura material y la necesidad de seguir construyendo en tiempos donde todo parece diseñado para olvidarse.
Hay una escena que Nicolás describe sin proponérselo. Una escena mínima. Casi doméstica.
Una persona toma un cassette entre las manos, lo da vuelta, lee las letras, observa una ilustración, busca quién grabó el disco, quién hizo la fotografía, quién diseñó la portada. Después coloca la cinta en un reproductor y escucha todo el contenido sin tocar un botón.
Parece un gesto pequeño pero en realidad es una decisión.
Vivimos una época donde la cultura parece organizada para que nada permanezca demasiado tiempo frente a nuestros ojos. Las canciones duran segundos antes de pasemos a otra. Las películas se consumen mientras se revisa el teléfono. Los libros compiten con notificaciones permanentes. Todo parece diseñado para evitar que una experiencia artística llegue a convertirse en una experiencia de vida, sí, eso que suele llevar tiempo.
Quizás por eso Doom For The Nations no sea únicamente un sello discográfico. Es, antes que nada, una forma distinta (que solía ser la habitual) de entender la cultura.
Sus ediciones físicas —cassettes confeccionados artesanalmente, publicaciones limitadas, fanzines, compilados y distribuciones internacionales— recuperan una manera de relacionarse con la música que parecía haber quedado archivada junto con los viejos equipos de audio.
Sin embargo, detrás del regreso del cassette no existe nostalgia. Existe una decisión política y cultural.
Recuperar el tiempo. Volver a tocar los objetos. Aceptar que una obra artística puede exigir paciencia.
Que escuchar también implica leer. Investigar. Relacionar. Pensar.

Durante una conversación de casi hora y media con Cooltivarte, Nicolás habla de Black Sabbath, de Finlandia, de festivales europeos, de Inglaterra, de Palestina, de la inteligencia artificial, del cine de terror italiano, del rock como expresión de la clase trabajadora y del futuro del underground uruguayo.
Pero todas esas conversaciones parecen girar alrededor de una misma pregunta.
¿Qué sucede cuando la cultura deja de pertenecerle a las personas?
Su respuesta nunca aparece formulada como un manifiesto. Se expresa de otra manera. Fabricando cassettes. Editando una banda olvidada. Invitando a descubrir un disco completo. Organizando un festival. Intercambiando materiales con sellos de Inglaterra, Chile, Argentina o Estados Unidos.
Demostrando que un país pequeño puede conversar de igual a igual con escenas musicales de cualquier parte del mundo cuando existen pasión, trabajo colectivo y curiosidad.
En tiempos donde la música parece medirse por reproducciones, Doom For The Nations insiste en otra forma de “medir” el arte y es a través de la intensidad de la experiencia.
—Antes de hablar del presente, me gustaría volver al principio. ¿Dónde nace realmente Doom For The Nations?
Nicolás: “Creo que nació mucho antes del sello.
En 2013 hice un primer intento junto con un amigo. Era una época completamente distinta. No existían las redes sociales como hoy. Todo pasaba por correos electrónicos, algunos foros especializados, MySpace y páginas donde las bandas podían subir su material y generar contactos con otras personas del mundo.
Ya existía esa inquietud por editar música y construir algo propio, aunque en aquel momento no prosperó. Éramos muy jóvenes y el proyecto quedó por el camino, pero la idea nunca desapareció”.
—¿Qué quedó de aquel primer intento?
Nicolás: “Sobre todo una forma de entender la música. Siempre admiré mucho los sellos punk y hardcore porque no solamente editaban discos. Construían escenas. Conectaban personas. Generaban redes.
Eso me quedó muy marcado.
Muchos años después entendí que había llegado el momento de retomar aquella idea, pero con otra experiencia de vida y con muchos más contactos internacionales”.
—¿Qué sentiste que faltaba hoy dentro de la forma en que consumimos música?
Nicolás: “La experiencia. No digo escuchar música. Digo vivirla.
Hoy abrimos Spotify y tenemos millones de canciones disponibles. Eso parece maravilloso, pero también produce otra cosa: una saturación enorme.
Hay tanta información que al final terminamos profundizando muy poco.
Antes uno agarraba un disco, un cassette o un CD, lo abría, miraba el arte, leía las letras, veía quién había participado, qué instrumentos había, qué concepto tenía el álbum.
Eso despertaba curiosidad. Te llevaba a investigar. A descubrir otras bandas. A buscar libros o películas relacionadas.
Hoy muchas veces la música termina funcionando como un sonido de fondo mientras hacemos otras cosas.
Y siento que se pierde algo muy importante de la experiencia artística.
Cuando uno escucha un disco completo aparecen preguntas.
¿Por qué esta portada?
¿Por qué estas letras?
¿Por qué este sonido?
Después empezás a descubrir otras referencias y terminás leyendo un libro o mirando una película gracias a una canción.
Eso para mí sigue siendo la verdadera experiencia musical”.
—¿Por eso insistís tanto en editar formatos físicos?
Nicolás: “Sí. No es un capricho estético. Es una herramienta cultural.
El formato físico obliga a tener una relación diferente con la música y tampoco creo que sea un formato muerto.
Muchas personas dicen que ya nadie escucha cassettes, pero en realidad nunca desaparecieron completamente.
En Europa siguieron existiendo. En Estados Unidos también.
Incluso hoy conseguís reproductores nuevos.
Hay toda una cultura alrededor del cassette que nunca dejó de funcionar.
Simplemente dejó de ser visible para el gran público”.
—Las ediciones del sello están hechas artesanalmente. ¿Eso también forma parte de esa filosofía?
Nicolás: “Totalmente. Cada edición tiene un trabajo manual.
No buscamos producir miles de copias. Buscamos que cada material tenga identidad.
Que quien lo compre sienta que está llevando algo construido con tiempo.
Eso también es una forma de valorar la música”.
—El sello se presenta como “100% Underground”. ¿Qué significa realmente esa definición?
Nicolás: “Significa independencia pero también significa comunidad.
No somos solamente un sello. También distribuimos materiales. Hacemos intercambio con otros países. Editamos bandas. Publicamos fanzines. Organizamos fechas.
Todo eso forma parte del mismo proyecto.
La idea siempre fue fortalecer el underground como un espacio cultural y no solamente como un género musical”.
—Viviste varios años fuera de Uruguay. ¿Qué transformó esa experiencia en tu manera de entender la música?
Nicolás: “Muchísimo. Uno suele imaginar que las escenas europeas son completamente diferentes, pero cuando empezás a conocerlas descubrís que las personas funcionan más o menos igual.
La gran diferencia no pasa por la pasión, pasa por la infraestructura.
Hay muchísimos más lugares para tocar.
Más festivales.
Más circulación de bandas.
Y eso genera una dinámica completamente distinta”.
—¿Qué fue lo primero que te llamó la atención?
Nicolás: “Que los formatos físicos nunca habían desaparecido.
Mientras acá parecía que el cassette era un objeto del pasado, allá seguía formando parte de la escena underground. Eso me hizo pensar mucho.
Si ellos podían seguir editando música así, ¿por qué nosotros no?
Fue una de las cosas que terminó impulsando definitivamente el sello”.
—Hablás con mucha admiración de la circulación cultural europea.
Nicolás: “Porque las distancias cambian todo.
En Europa podés salir del trabajo un viernes, tomar un tren o un avión y en pocas horas estar viendo una banda en otro país.
Los festivales funcionan como enormes puntos de encuentro no solamente vas a escuchar música.
Vas a conocer sellos. Descubrir bandas. Construir amistades.
Eso fortalece muchísimo las escenas independientes”.
—¿Hay países que te hayan marcado especialmente?
Nicolás: “Los países nórdicos tienen una escena impresionante.
Finlandia, por ejemplo, tiene una de las mayores cantidades de bandas de metal por habitante del mundo.
Noruega y Suecia también desarrollaron movimientos muy fuertes que terminaron influyendo en todo el planeta.
Pero más allá del género, lo que me impresionó fue la naturalidad con la que la música forma parte de la vida cotidiana”.
—¿Y qué cosas sentiste que podían trasladarse a Uruguay?
Nicolás: “Más que copiar modelos, me interesaba traer una forma de trabajar, generar circulación de materiales.
Por eso hoy hacemos intercambio con sellos ingleses, argentinos y de otros países.
Porque el underground siempre creció compartiendo recursos antes que compitiendo”.
—Entonces Doom For The Nations también nace de esos viajes.
Nicolás: “Sí. Absolutamente.
No solamente por lo que vi, también por las personas que conocí.
Muchas de esas relaciones siguen existiendo hasta hoy.
Y son las que permiten que un cassette editado en Uruguay termine llegando a Inglaterra, o que materiales europeos lleguen después a Montevideo.
Eso demuestra que el underground sigue funcionando como una enorme comunidad internacional”.
—Muchas personas imaginan que un sello simplemente edita discos. Sin embargo, en Doom For The Nations parece haber una idea mucho más amplia.
Nicolás: “Sí. De hecho, editar discos es solamente una parte. También hacemos distribución, organizamos fechas, ayudamos a que materiales uruguayos viajen hacia otros países y que ediciones extranjeras lleguen hasta acá.
Todo eso forma parte del mismo proyecto.
Nunca pensé el sello únicamente como una empresa que publica música.
Siempre lo imaginé como una red”.
—También te interesa rescatar bandas históricas uruguayas que nunca habían tenido una edición física.
Nicolás: “Sí, y eso me parecía una deuda con la propia historia.
Hay grupos que fueron muy importantes para determinadas escenas y, sin embargo, nunca tuvieron una edición como correspondía.
O directamente desaparecieron sin dejar casi ningún registro.
Por ejemplo, bandas como Hombres Mosca, o proyectos que marcaron una época como Razorbacks que merecían volver a circular para que nuevas generaciones pudieran descubrirlas”.
—Entonces editar también significa preservar memoria.
Nicolás: “Exactamente. Porque si nadie reedita esos materiales, desaparecen.
Internet parece guardar todo, pero en realidad también hace desaparecer muchas cosas. Las plataformas cambian. Los archivos se pierden. Las páginas dejan de existir.
En cambio, un cassette o un disco quedan.
Capaz que dentro de treinta años alguien encuentra uno revolviendo una caja en Tristán Narvaja y descubre una banda que nunca había escuchado.
Eso también forma parte de la historia cultural de un país”.
—También te interesa fortalecer el vínculo con Latinoamérica.
Nicolás: “Sí. Me interesa muchísimo.
Ya tenemos mucho intercambio con Argentina. También con Chile.
La idea es seguir ampliándolo.
Porque nuestras escenas tienen muchísimo para compartir.
Muchas veces miramos solamente hacia Europa o Estados Unidos, pero en Latinoamérica hay bandas increíbles haciendo cosas muy interesantes”.
—¿Ese intercambio también modifica la manera de organizar el sello?
Nicolás: “Claro, porque empiezan a surgir proyectos conjuntos. Coproducciones. Bandas que terminan tocando juntas.
Al final, el sello deja de ser solamente una marca para convertirse en un punto de encuentro”.
Black Sabbath: un homenaje convertido en patrimonio
Doom for the nations realizó un compilado que reunió a distintas bandas uruguayas para dialogar con una de las obras fundacionales del metal.
Cuando Doom For The Nations decidió editar un compilado dedicado íntegramente a Black Sabbath, el objetivo no era únicamente versionar canciones de una de las bandas más influyentes de todos los tiempos.
La propuesta iba mucho más lejos. Construir un retrato del presente del underground uruguayo a través de un diálogo con uno de sus grandes orígenes.

—¿Cómo nació la idea del tributo?
Nicolás: “Black Sabbath siempre fue una referencia enorme para todos estos géneros. No sólamente para el doom, también para buena parte del heavy metal, el stoner y muchos otros estilos.
Entonces me parecía interesante reunir distintas bandas uruguayas alrededor de esa obra.
No exclusivamente para homenajearla, también para mostrar la diversidad que existe dentro de la escena nacional”.
—Lo interesante es que no se trata simplemente de un compilado de versiones.
Nicolás: “No. Tiene un concepto detrás y eso era muy importante.
No queríamos hacer solamente una sucesión de canciones.
La idea era que el disco también funcionara como una obra”.
—¿Qué sentiste cuando el disco finalmente estuvo terminado?
Nicolás: “Orgullo porque reúne músicos uruguayos de distintas generaciones.
Y porque demuestra que acá también existe una escena capaz de dialogar con una obra inmensa sin perder personalidad”.
—¿Te imaginás haciendo nuevos compilados conceptuales?
Nicolás: “Sí. Me interesan mucho.
Cuando un compilado tiene una idea narrativa deja de ser solamente una colección de canciones.
Empieza a contar algo.
Y eso me parece muy valioso”.
—Además del sello, también organizan festivales. ¿Cómo surgió esa necesidad?
Nicolás: “Porque editar discos no alcanzaba. Había que generar espacios donde esa comunidad pudiera encontrarse.
Los festivales son eso. Lugares donde aparecen conversaciones nuevas. Bandas nuevas. Públicos nuevos”.
—¿Qué buscás que ocurra cuando alguien entra por primera vez a uno de esos festivales?
Nicolás: “Que descubra un mundo.
Muchas personas llegan sin conocer el doom.
Y sin embargo terminan encontrando algo que las sorprende.
Eso es lo más lindo.
No importa si después siguen escuchando ese género o no.
Lo importante es haber despertado la curiosidad”.
—Las jornadas incluyen mucho más que conciertos.
Nicolás: “Sí. Hay proyecciones. Material audiovisual. Charlas. Espacios para recorrer ediciones.
Todo eso ayuda a construir una experiencia mucho más completa”.
—¿Sentís que el público responde a esa propuesta?
Nicolás: “Sí y me sorprendió porque muchas personas que nunca habían escuchado doom se acercaron con curiosidad y terminaron disfrutándolo.
Eso demuestra que muchas veces el problema no es el género.
Es la falta de oportunidades para descubrir cosas nuevas”.
—También participás del streaming cultural “Fusionarte” de El Bloque.
Nicolás: “Sí. Es una experiencia muy linda porque permite presentar y hablar del trabajo del sello en un espacio diferente.
Ese tipo de programas ayudan muchísimo a visibilizar escenas que normalmente no aparecen en los grandes medios”.
—¿Es importante salir del circuito exclusivamente metalero?
Nicolás: “Muchísimo porque la cultura dialoga. No tiene sentido encerrarse.
Me interesa que alguien que nunca escuchó doom pueda acercarse por curiosidad.
Y también que quienes ya forman parte de la escena conozcan otras disciplinas”.
—Muchas veces se dice que el rock está muerto. Sin embargo, escuchándote da la impresión de que simplemente dejó de aparecer en determinados lugares.
Nicolás: “Siempre dicen que el rock murió pero después vas a los recitales y están llenos.
Hay festivales. Hay bandas nuevas todo el tiempo. Hay personas editando discos.
Lo que desapareció fue el espacio que ocupaba en determinados medios.
Y eso no significa que la escena haya desaparecido”.
—¿Creés que existe una diferencia entre desaparecer y dejar de ser visible?
Nicolás: “Totalmente. Muchas veces confundimos una cosa con la otra.
Si algo deja de aparecer en televisión o en las radios comerciales parece que dejó de existir.
Pero el underground nunca dependió de eso. Siempre encontró otras maneras de sobrevivir”.
—¿Cómo ves hoy la escena uruguaya?
Nicolás: “Muy viva. Tenemos muchísimas bandas para el tamaño del país. Hay gente muy talentosa.
Lo que falta muchas veces son espacios de circulación. Más lugares donde tocar. Más difusión.
Pero creatividad sobra”.
—¿Sentís que el arte todavía puede generar compromiso?
Nicolás: “Sí. No creo que una canción cambie el mundo por sí sola pero sí puede cambiar una persona y una persona puede empezar a mirar la realidad de otra manera.
Eso ya es muchísimo”.
—Hay una frase que repetiste varias veces durante la conversación: “La música genera sensibilidad”. ¿Por qué sentís que eso es tan importante?
Nicolás: “Porque la sensibilidad cambia la manera en que nos relacionamos con los demás.
Creo sinceramente que si existiera una educación artística mucho más fuerte viviríamos en una sociedad menos violenta.
No porque todos fueran músicos sino porque el arte enseña a escuchar y aprender a escuchar también es aprender a convivir”.
—Si alguien encontrara dentro de treinta años uno de los cassettes editados por Doom For The Nations en una feria de Tristán Narvaja, ¿Qué te gustaría que sintiera?
Nicolás: “Me gustaría que sintiera curiosidad. Que quisiera saber quiénes eran esas bandas.
Por qué alguien decidió editar ese material.
Qué estaba pasando en Uruguay en ese momento.
Porque al final un cassette también cuenta una época.
Y si logra despertar esas preguntas, entonces habrá cumplido su función”.
Doom For The Nations nació editando música, pero en realidad terminó haciendo algo mucho más profundo: construir un archivo afectivo del underground uruguayo.
Cada cassette, cada compilado, cada reedición y cada festival funcionan como piezas de una memoria colectiva que se niega a desaparecer.
El sello propone otra forma de entender el tiempo: escuchar un disco completo, leer el librillo que lo acompaña, descubrir una referencia literaria en una canción, conversar con músicos de otras generaciones, intercambiar materiales entre países y entender que la cultura se sostiene, antes que nada, en los vínculos humanos.
Tal vez esa sea la enseñanza más valiosa que deja esta larga conversación con Nicolás: Que el underground no es un refugio para unos pocos iniciados. Es un territorio donde todavía es posible desacelerar, pensar y construir comunidad. Un espacio donde la memoria sigue siendo un acto de creación lejos de los grandes discursos, puede comenzar con un gesto tan sencillo como colocar un cassette en un reproductor y dejar que una obra encuentre, otra vez, el tiempo necesario para ser escuchada.