“Se dice que hay varias maneras de mentir; pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llene”
JC Onetti
Si el aforismo es real, la novela/manifiesto, de Mariana Olivera Naviliat es de las que se acercan al acontecimiento de una verdad sin mentiras. O mejor aún, de una voz capaz de jugarse entera en el relato de sus verdades.
Vivimos tiempos en que el lugar de enunciación pesa tanto como los posibles enunciados. Así que primero lo primero. ¿Qué hace un varoncito, blanco, universitario, heterosexual y padre de dos críos atreviéndose a decir media palabra sobre un libro de estas características? ¿Qué necesidad de montarse sobre el pony de todos los privilegios enumerados, más aún cuando quien lo hace carece de toda formación técnica para hacerlo?
Pues nada, aporreo el teclado porque creo que Desplazamiento hacia el rojo es un libro que todos los hombres de mi generación deberíamos leer. Atravesar la experiencia de tomar un objeto hermoso (los libros que edita Sujetos, son antes que nada, hermosos objetos), abrir sus páginas y sumergirse en un mundo tan ancho como ajeno.
El lector de literatura se encontrará que los temas son esos que llamamos universales, el amor y el desamor, la aspereza de la vida en un tercer mundo donde lo heredado pesa más que cualquier formación, el desencuentro, la maternidad, la porfía en buscar la vida en cada segundo. El esplín que la psiquiatría moderna transformó en la más horrible depresión posparto, la rebeldía mascullada entre dientes contra un sistema opresor.
Nada que no pueda relatar un escritor, eso que llamamos una voz universal, que siempre termina siendo la voz de un hombre. Cuando estos temas son escritos, susurrados, gritados en la voz de una escritora, una mujer que padece además de todo, las infinitas miserias que el patriarcado vomita sobre los cuerpos femeninos, desde asesinatos y violaciones, hasta mandatos brutales como el de estar siempre bien, y sobre todo, siempre sonrientes y dispuestas; cobra una intensidad y un peso distinto. Y entonces, los mismos temas, son otros.
Los hechos fríos y sin alma, chica conoce a chico, se aman, tienen una hija, se distancian en el silencio de las casas cuando cobijan matrimonios ya muertos… chica conoce a chica, chica aprende a masturbarse, chica tiene amigas, chica aborta, chica se contradice y muere de amor viendo a un lánguido cantante de banda de rock indie en la ciudad de los músicos sin furia. Chica tiene conversaciones con su hija.
Nada de esto importa, lo que importa son las miradas y la saliva, el aullido, el churrasco de una placenta recién dada a luz, la intensidad de un beso robado a la noche, las lágrimas que ni siquiera alivian, pero inundan todo en su desborde. Lo que importa es que un libro que relata una historia tan mínima como ancestral, tan repetida como oprobiosa, es presentado como un grito de rebeldía. Como una revolución de esas que no por no provocar muertes está condenada a ser silenciosa. Porque en las revoluciones los hechos importan, pero la intención, la intensidad y el alma latiendo desnuda en cada hecho, importa mucho más.
Hay algo del punk del 77 en un libro que se propone dentro de una colección de mujeres que escriben ficción. Una voz brutalmente honesta late en cada palabra, en cada fragmento de poesía, en cada comentario cínico, en cada frase de esas que a ciertos varones nos dejan ese sabor amargo de la incomodidad bajo la lengua. Todo escrito con una sonrisa amable, una mirada atenta y un humor corrosivo.
Hay -como un efecto en el eventual lector- las preguntas de macho herido, ¿de verdad le vas a pegar a Van Gogh?, las voces incómodas que repiten que esos autores por fuera del canon solo se conocen desde el privilegio de las horas pagas para leer a voluntad y antojo lo que a una se le cante. Hay cierta voz interna que protesta, ¿será que todo lo hacemos mal? Es la misma voz que protesta cada vez que una voz nueva y no autorizada sale a decir sus verdades a los cuatro vientos. Y hay que callar el susurro propio y desconforme, abrir la oreja y dejarse inundar por las voces que como la de Olivera Naviliat nos sueltan cuatro verdades incómodas a la pasada, como para que vayamos llevando. Seguramente volvamos por más.
Porque cada tanto es bueno suspender la actitud de falsa sobriedad, de encarnación de una racionalidad fálica hasta el tuétano, levantarnos cada día, “(arrancarnos) el corazón de un solo movimiento y dejarlo en el congelador para poder trabajar tranquilo, estudiar tranquilo, silbar mientras el mundo que construimos se cae… “
Poesía, frases breves y precisas, párrafos contundentes en una colección de aguafuertes que componen una historia fragmentaria, mínima, irrisoria, que sin embargo como las sirenas de Homero, no dejan de llamar a los marineros que buscan el regreso a un hogar que nunca será el mismo.
A veces simplemente conviene desobedecer a Ulises, limpiarse los oídos, desatarse del mástil falo, y atreverse a un buen baño de inmersión en aguas ajenas, agitadas, pero no necesariamente hostiles.








































