
¿Qué significa entender de política? Probablemente, tener perspectivas de análisis respecto al escenario de la participación ciudadana, que busca ser representada en el logro del bien común.
¿Cómo se constituyen las ideologías? A través de manifestaciones llamadas a expresar las voluntades que forman parte de un colectivo. Algunas de ellas, son más visibles que otras. Y en esa puja, la lucha por el reconocimiento se debate en el terreno de fuerzas que ponen en juego intereses diversos.
¿Por qué debe prestarse atención a lo que sucede en otros lugares del mundo? Por la particularidad de movimientos que logran replicarse al modo de una onda expansiva con recurrencias cíclicas.
Desde el inicio de la Modernidad hasta nuestras días, la mirada está puesta en Francia, cuna de grandes transformaciones: filosóficas (el cogito de Descartes, los sueños de Voltaire, el existencialismo de Sartre, el poder de Foucault), políticas (gesta napoleónica; Revolución de 1789) y sociales (las revueltas del Mayo de 1968); por citar tan sólo algunas.
El país galo es también dueño de grandes contradicciones: referente de DD.HH., tiene dominio sobre colonias repartidas en distintos lugares del planeta; puertas adentro, no logra resolver sus conflictos raciales.
En ese contexto, la democracia -una conquista de la Francia moderna- encuentra debilidades al confirmarse que en las elecciones presidenciales de abril tuvo la más baja convocatoria desde 1969, época de uno de sus grandes hitos.
Volvió a ganar el candidato de la centro-derecha Emmanuel Macron, quien va por su reelección: al término de su mandato, en 2027, completará una década completa con el bastón de mando. Su victoria se da en segunda vuelta, luego de una nueva y reñida disputa (como en 2017) con la ultra-derechista Marine Le Pen, hija de Jean-Marie, quien quedó en las puertas del triunfo al perder con Chirac en 2002.
Ante este panorama, la noticia no es la gloria oficialista sino el avance de la derecha. La familia Le Pen, más allá de su tercera derrota consecutiva en el camino a la Presidencia, sabe que está cada vez más cerca del poder.
Por su parte, Macron deshoja su propia margarita: mientras lidera la nación a través de un discurso que hace demagogia con los grupos reaccionarios pero que busca beneficiar a los sectores más privilegiados, resiste ante los avances de una izquierda vestida de esos chalecos amarillos que no van a perdonar ningún arrebato más a sus propios intereses.
Más tarde o más temprano, Francia girará definitivamente hacia el extremo liberal, que recién por estos tiempos se viste de insurrecto.
































