
Visita Colección Engelman – Öst
Montevideo, Uruguay.
Cuando coleccionar también es construir memoria
Hay visitas que trascienden el simple recorrido por una colección. Volver a la Colección Engelman Öst y hacerlo esta vez acompañando y guiando al grupo Tertulias, liderado por Janine Ferriol y David Castellucci, fue también una oportunidad para recorrer una parte importante de la historia reciente del arte uruguayo.
Y, en mi caso, una historia atravesada por los afectos.
Conozco a Clara Öst desde hace más de cuarenta años. Nos conocimos en el taller de Hugo Longa, ese territorio extraordinario de creación, discusión y encuentro que dejó una huella profunda en varias generaciones de artistas y en quienes tuvimos la fortuna de frecuentarlo.
Por eso quiero comenzar agradeciendo especialmente la generosidad de Clara al abrirnos las puertas de su colección y permitirnos recorrerla, conversar sobre sus obras y compartir las historias que existen detrás de muchas de ellas.
El foco de mi presentación estuvo en la importancia de los coleccionistas cuando construyen una narrativa particular a partir de sus selecciones.
Doblemente aún más importante es el hecho de que en Montevideo no exista un museo de arte contemporáneo y que haya coleccionistas que abren sus espacios al público en general.
Una colección no se construye solamente comprando arte.
Se construye mirando, eligiendo, dudando, regresando a los talleres, acompañando procesos y, fundamentalmente, estableciendo relaciones con los artistas.
Eso fue lo que hicieron Clara y su marido, Carlos Engelman, fallecido hace pocos años.
Juntos fueron construyendo una colección guiados por sus impulsos, sus gustos y sus convicciones personales. Y precisamente allí reside buena parte de su valor.
Nunca pretendieron construir un museo enciclopédico ni representar todas las tendencias del arte uruguayo. Coleccionaron aquello que los interpelaba.
Y para ello eligieron con severidad detrás de sus lineamientos logrando una colección verdadera registro de los últimos sesenta años.
Pero esas decisiones personales, sostenidas durante décadas, terminaron construyendo algo mucho mayor logrando un extraordinario relato sobre varias generaciones del arte contemporáneo uruguayo.
Aquí conviven artistas consagrados con nombres que, al momento de ingresar a la colección, estaban comenzando sus recorridos. Hay obras adquiridas cuando todavía no existía la certeza que otorga el reconocimiento posterior.
Y eso es algo que siempre me interesa destacar.
Coleccionar artistas contemporáneos significa apostar por ellos mientras están produciendo, no cuando la historia ya resolvió su importancia.
Engelman y Öst entendieron tempranamente esa dimensión del coleccionismo.
Compraron obras, pero también acompañaron artistas.
Y en un medio pequeño como el nuestro, donde tantas veces producir significa hacerlo con escasos apoyos institucionales, ese gesto adquiere una dimensión enorme.
Con el tiempo ocurrió además algo que probablemente excedió la intención inicial de sus fundadores.
La Colección Engelman Öst fue ocupando un espacio cultural que Montevideo necesitaba.
Su sede dejó de ser simplemente el lugar donde se conservaba una colección privada. Allí se realizaron exposiciones, encuentros, conferencias, presentaciones y visitas. Artistas, críticos, estudiantes, coleccionistas y público encontraron un espacio donde acercarse a la producción contemporánea uruguaya.
Y así, poco a poco, la colección terminó ocupando parte del lugar de esa gran sala —o, mejor aún, de ese museo de arte contemporáneo— que Montevideo todavía no tiene.
La observación no pretende confundir responsabilidades.
Una colección privada responde legítimamente a los gustos y decisiones de sus propietarios. Un museo público tiene otras obligaciones como conservar, investigar, documentar, adquirir, contextualizar y construir una memoria plural para las generaciones futuras.
Pero precisamente por eso la experiencia Engelman Öst resulta tan significativa.
Nos permite comprobar cuánto puede hacer la voluntad sostenida de dos personas y, al mismo tiempo, cuánto nos falta todavía como ciudad.
Durante la visita con Tertulias intenté que las obras fueran contando esta historia.
Porque allí están las huellas de Hugo Longa y de artistas próximos a aquella poderosa corriente expresiva; están las generaciones posteriores, los cambios de lenguajes, las nuevas materialidades y las diferentes maneras de entender la creación contemporánea.
Cada obra responde a un artista pero el conjunto responde también a una época.
Y esa es una de las grandes virtudes de una colección construida durante tantos años donde con el tiempo, las decisiones personales terminan convirtiéndose en documentos culturales.
Por eso mi agradecimiento a Clara tiene también una dimensión pública.
Gracias por recibirnos y gracias por seguir abriendo estas puertas.
Gracias por haber acompañado, junto a Carlos, a tantos artistas cuando ese acompañamiento era necesario.
Y gracias al grupo Tertulias, a Janine Ferriol y David Castellucci, por la invitación a realizar este recorrido y por mantener viva una práctica fundamental que es la de encontrarnos frente a las obras, mirarlas, discutirlas y permitir que continúen generando preguntas.
Al terminar la visita regresé a una reflexión que me acompaña desde hace tiempo.
Montevideo tiene artistas, obras, colecciones, historia, tiene público y tiene también coleccionistas que, como Clara Öst y Carlos Engelman, comprendieron que apoyar el arte de su tiempo era también una manera de construir patrimonio.Lo que todavía nos debemos es un museo capaz de asumir institucionalmente la memoria de nuestro arte contemporáneo.
Mientras ese espacio no exista, recorrer la Colección Engelman Öst será también recordar cuánto puede hacer la generosidad privada por la cultura de una ciudad.
Y cuánto queda todavía por hacer colectivamente.