
Genealogía de un paisaje musical único
Baldío, de Luis Fernando Iglesias
Estuario editora – Colección Discos
Edh Rodríguez – Paola Menta
You gotta cry without weeping,
talk without speaking
Scream without raising your voice
U2 – Running to stand still
Desde 2017, Estuario abrió y sostiene una colección que -aun cuando parece exclusiva para melómanos, abre en cada entrega una infinidad de puertas, ventanas y pasadizos que zambullen al lector en el ambiente social, cultural e histórico que dio lugar a que un disco llegara a ser parte de su época. Muchos de ellos –Tango que me hiciste mal, El peyote asesino, Los Tontos-, patearon el tablero musical de su momento. Otros supieron recoger lo que estaba en el aire –Guitarra negra, Mediocampo, De bichos y flores– y lo envolvieron en una musicalidad que se las arregla una y mil veces para perdurar.
Cada libro un disco. Cada disco un autor. Un estilo, una forma de presentar una época, una música, una trama de vivencias personales. Una escritura que busca decir algo de la forma en que la música nos mueve. Cada libro de la colección es una aventura literaria, una salida de madre de la música que se abre cauce en otros campos. Periodismo, ensayo, momentos de literatura pura y dura.
Baldío, de Luis Fernando Iglesias, editado hace pocos días, carga con todas las trazas de identidad de la colección. Baldío (1982–1984) fue una banda que hoy en día sería un dream team… Fernando Cabrera en guitarra y voz, Andrés Bedó en piano y teclados, Gustavo Etchenique en la batería, Andrés Recagno en bajo y voz, y Bernardo Aguerre, que se incorporó, para el disco, con su guitarra eléctrica.
Claro que en 1982, aquel dream team de hoy, era más bien un desfile de promesas. Todos formados en un ambiente donde la solvencia musical era condición sine qua non. Más de cuarenta años después coincido con Iglesias en que Darnauchans, Jaime Roos, Galemire, Lazaroff, integrantes de Rumbo y Los que iban cantando, con una poética entre desolada y heroica, y un arcoiris musical que va desde Anibal Sampayo pasa por los Beatles, y llega a The Police o los Talking Heads, sostuvieron una tradición y en ese gesto conformaron una nueva.
El libro da cuenta de una investigación minuciosa, detenida, que va y vuelve, chequeando con fuentes diversas como entrevistas, reseñas de discos y recitales. Es un viaje que sumerge al lector en un momento histórico en que la dictadura campeaba con todo su horror, su torpeza, su ceguera ideológica en una sociedad que entre resignada y asustada, encontró aquí y allá, espacios de una resistencia pacífica y porfiada en sobrevivir.
En ese panorama los músicos nombrados lograron encontrar sus formas a medio camino entre el desarraigo -no estaban en el país los próceres musicales de la década anterior-, la experimentación y la delicadeza de buscar siempre una música de alto vuelo, capaz de decir sin palabras, de sugerir donde no pudo proclamar, y -sobre todo- evitar la tentación del panfleto.
Baldío constituye una suerte de eslabón perdido, una rara avis, inclasificable entre el cantopopu de las historias más o menos oficiales, y la cruza de punk, gótico y new wave que la siguió. Pariente de otros proyectos que la memoria tiene más a flor de piel como Rumbo o Canciones para no dormir la siesta, pero con una búsqueda musical que aventuró demasiado para su tiempo y, en términos de público, a veces cayó en un baldío, quedó perdido entre escombros y macachines. Sin dejar de ser a la vez, un producto exquisito de ese tiempo.
La cantidad de información, la búsqueda por dejar sentados los hechos, la comparación entre distintas visiones y memorias, hace que el viaje del lector sea una caminata que obliga a tomar resuello. Es necesario detenerse cada tanto, dejar asentar la información y retomar el camino unos días más adelante, dejando que las páginas no leídas caigan sobre un sedimento construido sobre los detalles. Como otros textos de la colección, éste también es un texto de consulta o un sitio de visita donde poder rescatar desde una progresión de acordes hasta una sonrisa en fuga atrapada entre las páginas.
Es también un libro absolutamente montevideano. Para un lector crecido en el litoral -donde la plena, las marchas estilo samba enredo y el tango, eran junto al melódico internacional, la insoportable e ineludible banda de sonido-, el libro habla de un ambiente que tiene un dejo de ajenidad. Tal vez -aventuro- la misma ajenidad que el sonido de la banda pudo tener fuera del circuito de teatros y salas en los que mayoritariamente se movió .
Ella dice que tiene razón la mujer de Luis Fernando, cuando comenta que él “entre tanto detalle de recuerdos exactos que proclama, mete cualquier mentira disfrazada de certeza”. Y que allí están, entre otros, los mejores momentos del libro, los más literarios, los que construyen un punto de vista y nos acercan a una forma singular de vivir un tiempo y su música. Eso es, insiste ella, lo que justifica un libro como este que no es otra cosa que “esa lucha tan digna como inútil contra el olvido”.
Por eso mismo, Baldío es finalmente un libro que nos acerca a un tesoro oculto. Allí donde la colección era valiosa por acercarnos a un clásico, a un sonido que ya estaba en nuestro soundtrack, esta vez, encontramos algo nuevo. Familiar, sí. Pero totalmente nuevo en nuestros oídos. Ese gesto de señalar allí donde lo que para uno es viejo y conocido para otro se hace nuevo, se llama enseñar. Nosotros, los aprendices, agradecidos siempre.
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