
PJ Harvey pertenece a esa estirpe cada vez más escasa de artistas que no parecen perseguir una carrera sino una obra. Desde comienzos de los noventa viene reinventándose disco tras disco sin perder nunca una identidad reconocible: feroz cuando hizo falta, austera cuando el silencio decía más que el ruido, siempre imprevisible y, como por defecto, varios pasos por delante de su tiempo. Pocas compositoras del rock contemporáneo lograron atravesar tres décadas con semejante libertad creativa, convirtiendo cada álbum en un territorio nuevo y haciendo de la metamorfosis su verdadero género musical.
La metanoia de una artista fundamental
Un demo es una canción incompleta, una maqueta de huesos, ideas e intenciones muchas veces primitivas que suelen ser custodiadas con recelo por los artistas. Si un demo llega a filtrarse a la red digital, generalmente buscan prohibirlo, ya que su lugar es un cajón dejando pasar las horas, y no una plataforma musical.
Hay que ser muy talentoso para que editar tus demos tenga sentido. Esos ritmos rústicos, casi pixelados, dieron forma a las últimas novedades musicales de Polly Jean Harvey, una artista exuberante que lleva más de diez discos grabados y que decidió abrir la trastienda de su obra. Mientras reeditaba toda su discografía en vinilo, fue publicando las maquetas de sus primeros trabajos: en julio y septiembre de 2022 conocimos las de Dry y To Bring You My Love (primer y tercer discos, respectivamente); luego llegaron las de Is This Desire? y, finalmente, las de Stories From the City, Stories From the Sea, un álbum de comienzos del siglo XXI cuyos demos hoy son piezas de reverencia para coleccionistas.
En ese disco podemos escuchar, por ejemplo, Good Fortune, una de las canciones más celebradas de su repertorio, y This Mess We’re In, que conocimos originalmente como un dueto con Thom Yorke, pero que aquí aparece en su versión primigenia, con PJ completamente al frente de ese caleidoscopio de sonido.
La carrera de PJ Harvey fue perdiendo agresividad progresivamente en cada disco mientras depuraba un sonido cada vez más refinado. La complicidad artística con John Parish y Rob Ellis -este último productor de buena parte de su obra- fue decisiva en ese recorrido. Harvey, que originalmente era saxofonista, terminó encontrando en la guitarra el vehículo perfecto para sostener en vivo una identidad que nunca dejó de mutar. Aquellos comienzos afilados de los años noventa se fueron redondeando a lo largo de este siglo, donde los cambios de piel transformaron a esa chica con espíritu Riot Grrrl en la Polly Jean que hoy lidera una numerosa banda de sonoridad casi filarmónica.
Sus últimos discos emanan una energía redentora. No nos vamos a quemar con ese fuego; apenas vamos a sentirnos abrigados. Cuando nos sequemos después de habernos empapado en su sonido, vamos a estar en la niebla del sol para entender que la música de PJ Harvey no es un compañero de ruta: es la ruta misma.
Lejos de limitarse a grabar discos, comparte playlists con la música que ama, escribe poemas de fuerte compromiso social, publica libros nacidos de sus viajes y filma documentales que contienen un poco de todo lo anterior. Pertenece a una especie de artista medio renacentista, en peligro de extinción, incapaz de entender su obra como algo limitado a la música, sino como un nexo con la sociedad.
Y cuando parecía que ese proyecto artístico ya había alcanzado una forma definitiva, Harvey volvió a moverse. Tras publicar I Inside the Old Year Dying en 2023, en 2026 sorprendió con Voyager, una pieza orquestal escrita desde la perspectiva de la sonda espacial del mismo nombre. Otra metamorfosis. Otra prueba de que su curiosidad artística sigue apuntando hacia lugares donde casi nadie más se anima a mirar. En PJ Harvey confiamos.