
En estos días conmemoramos casi 60 años del lanzamiento de The Psychedelic Sounds of the 13th Floor Elevators (1966), un disco que marcó un antes y un después en la historia del rock.
El hombre detrás de la obra. Roky Erickson era un músico con cara de leñador y alma de médium, nacido en 1947 en Dallas, Texas. Pionero absoluto, no se subió a la psicodelia: la fundó. No tenía 20 años cuando creó la banda que da nombre al disco, 13th Floor Elevators, el primer grupo en autodenominarse “psicodélico”, cuando esa palabra aún no estaba en los pósters ni en la jerga de la contracultura, y apenas generaba preguntas entre los fanáticos de la invasión británica. El nombre de la banda juega con una costumbre estadounidense: muchos edificios omiten el piso 13 por superstición. Roky y los suyos decidieron habitar precisamente ese espacio omitido, el nivel prohibido de la conciencia. En su primer álbum sobresalía You’re Gonna Miss Me, una canción en la que los aullidos de Roky recordaban las poesías de Allen Ginsberg y parecían romper vidrios interdimensionales.
“Bob Dylan es extraterrestre”, dijo una vez. Le pidieron que se explique y fue lacónico: “Un tipo como él no puede nacer en este planeta, vos entendés”. Todo lo de Roky era así: brotaba intempestivamente. En 1968, durante un concierto en la feria mundial de San Antonio, empezó a balbucear en lo que se interpretó como gibberish, un lenguaje sin sentido propio de un brote psicótico. Le gustaban las drogas, claro, pero a diferencia de otros texanos como Janis Joplin o Doug Sahm, que escaparon a Estados más permisivos, Roky se quedó en Texas. Y lo pagó caro cuando, al año siguiente lo pescaron con un cigarro de marihuana y un fiscal pidió diez años de cárcel. Sí, diez años por un porro. Puede decirse que la “sacó barata”, pero fue una suerte envenenada: su abogado usó el episodio del año anterior para argumentar que Roky estaba perturbado, y así evitar la cárcel. El resultado: lo enviaron al hospital psiquiátrico estatal de Rusk, donde lo sometieron a electroshocks y cócteles de antipsicóticos.
Allí formó una banda con otros internos. El bajista había matado a dos niños y apuñalado a su madre con una birome. El guitarrista había asesinado a sus padres. El cuarto integrante había violado y asesinado a un menor. Durante tres años ensayaron canciones religiosas hasta que un abogado, que entendió que cinco años por un porro era un exceso, logró que Roky saliera en libertad. Pero ya no era el mismo.
Manual de instrucciones para construir un mito. Erickson atravesó una metanoia. Las descargas eléctricas, la clorpromazina, los años de LSD, THC, peyote y hongos lo dejaron viendo cosas que los demás no veían. Durante el encierro componía himnos cristianos; al salir, esos cantos se dirigieron al Diablo. En una entrevista de los 80 dijo: “No soy New Wave. Mi música es Horror Rock. Ideas que inspiran historias” y comenzó a componer más allá del bien y del mal. Sus canciones se poblaron con una fauna de ETs, zombis, vampiros, demonios… Roky miraba películas de terror como si fueran documentales. Para 1975 pidió ser declarado legalmente extraterrestre y cinco años después dijo haberle vendido su alma al Diablo a cambio de riffs de guitarra. Aun en su delirio, componía joyas como Two Headed Dog, una reinterpretación paranoide y soviética del cancerbero: un perro quimérico, guardián del Hades, con dos cabezas.
Ícono de la generación hippie, Roky compuso con paradójica lucidez durante los años 60, 70 y 80. Su método era componer tema por tema, nunca en bloque ni con la idea de grabar “un disco”. Aun así, sus álbumes tienen una cohesión interna brutal, como si los dictara una sola voz espectral. Ya en los años 90, su fama se había disuelto. Como un vestigio olvidado, Erickson vivía de planes sociales, tocando en la calle o deambulando por su barrio mientras colgaba carteles anunciando el Apocalipsis. Durante esos años, sus discípulos más fieles lo homenajearon con el disco tributo Where the Pyramid Meets the Eye, que incluía reversiones de R.E.M., Jesus and Mary Chain, ZZ Top y Butthole Surfers, entre otros. Roky comenzó a convertirse en un secreto a voces entre músicos de culto.
El tipo que sobrevivió a sí mismo. En 2001, su hermano Sumner se hizo cargo de él y lo trajo de vuelta al planeta Tierra. Le hizo dejar los antipsicóticos, volver a los escenarios y grabar True Love Cast Out All Evil (2010), acompañado de los también texanos Okkervil River. Ese disco suena a redención triste y contiene canciones viejas, de las épocas más oscuras de su encierro. En 2023, el sello Play Loud reeditó en vinilo su disco más íntimo: All That May Do My Rhyme (1995), un trabajo publicado originalmente por el sello de King Coffey (baterista de Butthole Surfers), donde su voz —rota, dulce, aún poderosa— aparece más vulnerable que nunca. Al año siguiente, otra exitosa reedición del mismo disco demostró que Roky no envejece: muta. Unos años antes ya nos habíamos deleitado con la remasterización de The Evil One (1981, reeditado en 2013), considerado uno de los mejores discos de horror rock jamás grabados.
Roky Erickson fundó un género y contagió a decenas de artistas en todo el mundo. Abrevó de las óperas que cantaba su madre, el rock & roll primitivo de los 60 y las películas de terror de los 50. También se alimentó del delta blues, de Bo Diddley y Screamin’ Jay Hawkins. Su alma psicodélica se templó con ácido, pero también con culpa cristiana y literatura pulp. Transformado en torrente, empapó con su arte a una legión de músicos. Desde Iggy Pop hasta Mark Lanegan, pasando por Patti Smith, Daniel Johnston o The Cramps, quienes entendieron que lo raro no es moda: es condición.
Roky murió hace ya seis años. No dejó escuela ni descendencia artística directa, pero sí la confirmación de que hay músicos que no se entienden por su biografía, sino por su exorcismo. Nadie volvió a habitar en el piso 13 como él. Y nadie horadó tan profundo en la psique humana como su arte.