
Montevideo, 29 de mayo de 2026
Tazu Bar
“Toda la noche dio paso a un nuevo día. Toda mi vida desde ahora cambió. La verdad mató a la mentira, y mi instinto devoró a la razón” — Ácido, Fuera De La Ley
Una charla cálida con el Perro, Juan Acuña
Hay algo que no se apaga. Juan “El Perro” Acuña lo sabe mejor que nadie: lleva cuarenta años con eso adentro.
Todo empezó en una sala oscura. No en un ensayo, no en un escenario. En el Cine Princess de Montevideo, a comienzos de los 80, donde un adolescente llamado Juan iba cada sábado a ver la misma película: Woodstock. Dieciséis sábados seguidos. Mientras otros se iban a bailar, él se sentaba ahí, una y otra vez, frente a la misma pantalla, como quien repite un rezo. En algún momento de esas vueltas, un hippie en la pantalla advierte a los gritos que no compren los ácidos marrones que circulan por el festival, que son ácidos malos. Y ahí, en esa butaca, sin guitarra todavía, sin banda, sin nada, Juan tuvo el nombre antes de tener la banda: Ácido Malo. Después le sacaría el “malo”. Quedó Ácido. Y con ese nombre, sin saberlo todavía, estaba bautizando cuarenta años de historia.
La idea tomó forma rápido. Corría 1981 cuando Juan, ya decidido a meterse de lleno en el rock pesado, sumó a su hermano menor Danny en guitarra y voz, mientras buscaban la base que les faltaba. La formación que terminaría marcando el rumbo llegó en 1983: el bajo cayó en manos de Gonzalo Gómez Merello, “Gonzo”, y la batería fue a parar a Álvaro “Varo” Coll, que venía de una banda propia y conectó al instante con el lenguaje musical del Perro.
El debut fue el 17 de junio de 1983, en una cooperativa de viviendas de Malvín Norte. Ácido tocaba sus primeras armas frente a un público que recién empezaba a entender qué era esto. En febrero de 1984 llegó el hito: el primer recital de heavy metal hecho en Uruguay, en el Teatro El Reloj. Año de dictadura, año de riesgo — tocar metal pesado en esa Montevideo era, en sí mismo, un acto de provocación.
En 1986 la banda editó su primer material en vinilo, un simple corto con dos temas: “Torturadores” y “A Orillas del Gran Río”. El primer registro fonográfico de heavy metal en la historia de Uruguay lleva la firma de Ácido. Ese mismo año subieron al escenario A del Montevideo Rock I, después de pelearla para no quedar relegados al escenario B. Tocaron ante una multitud que los terminó reclamando hasta abajo del escenario por una púa, por una muñequera, por cualquier cosa que probara que habían estado ahí.
Pero la historia de Ácido no es una línea recta. A fines de 2001 el Perro se fue a vivir a Brasil. No fue una despedida: durante todos esos años hubo idas y vueltas a su país de origen, presentaciones, reencuentros, pero el centro de su vida quedó instalado del otro lado de la frontera. Recién en 2024 volvió de manera definitiva a Uruguay. Veintitrés años atravesados por dos países, con la banda latiendo de fondo todo ese tiempo, a veces más cerca, a veces más lejos, pero nunca apagada del todo.
En ese largísimo tramo, Ácido fue construyendo el resto de su discografía. En 2012 salió oficialmente Al Ataque, primer álbum completo de la banda, que al año siguiente se llevó el premio Graffiti. En 2018 llegó Metalrock, editado de forma independiente por los sellos Valvular Records y Dies Irae. Dos discos en cuarenta años de trayectoria — no por falta de ideas, sino porque la historia de Ácido se escribió más arriba de un escenario que adentro de un estudio de grabación.
Y es justamente ahí, arriba del escenario, donde hoy se entiende mejor quién es el Perro. En Tazu Bar, el 29 de mayo, compartiendo cartel con Ciudad Descontrol y Viejos Códigos, se lo vio moverse distinto. Tiene esa impronta de frontman que no se aprende, esa cosa sensual y sugestiva en cada gesto que parece hablarle directo al cuerpo de quien lo mira. No es un cantante que simplemente está ahí parado: cada movimiento acompaña la música, la empuja, la hace más carnal.
Y alrededor de él, la banda respira en la misma frecuencia. Hay algo que se nota incluso desde afuera: una charla interna entre los músicos que no necesita palabras, una complicidad que se construye en años de tocar juntos y que se traduce en cada mirada cruzada arriba del escenario. Esa dinámica es, en gran parte, mérito del propio Perro — el que sostiene el clima, el que marca el pulso emocional del grupo tanto como el musical. El sonido, esa noche, estuvo espectacular. Todo encajó.
Pero detrás de ese frontman seguro hay otra escena, más íntima, que el Perro solo cuenta cuando se lo dejan hablar sin apuro. Habla de la soledad de ser el último de los originales. De escuchar a sus excompañeros recordando a Varo, a Danny, y encontrarse a sí mismo ahí, parado, solo. De que ahora es él quien toma las decisiones — antes las compartía, ahora las carga entero, terco, sabiendo que no siempre van a ser las más acertadas, pero son las suyas. Usa una imagen que dice todo sin necesidad de explicarla: empujar el carro, y empujarlo más difícil ahora que está solo.
Y sin embargo no suelta. Habla de Ácido como quien habla de un destino y no de una elección. Como si el karma le hubiera cobrado la vida entera a cambio de esta banda, y él lo hubiera aceptado sin pedir descuento. Mientras el creador —él mismo— siga siendo reconocido, dice, va a seguir haciéndolo hasta el final.
Cuarenta años después de aquella butaca en el Cine Princess, Juan “El Perro” Acuña sigue siendo el único que queda de aquel nombre nacido frente a una pantalla. Empuja el carro solo. Y no piensa bajarse.
Playlist
- Metalrock (Perro)
- Mamá voy sin control (Perro-Danny)
- Chopper Americana (Perro-Varo)
- Negro Tren (Perro)
- Triunfantes (Perro)
- Ruta 5 (Perro)
- Torturadores (Perro)
- Yo me voy al Uruguay (Perro-Popitti)
- Al ataque sigo yo (Perro-Danny-Varo)
- La fiesta del Ácido (Perro)
- Que sea Rock (cover de Riff)















































