
Sábado de ciudad intervenida, frío y desvíos. En la Sala Zitarrosa, FILO y Mandrake y Los Druidas hicieron de las suyas por primera vez compartiendo la noche.
Un 9 de mayo 2026 donde la capital se movía entre cortes y desvíos. La “Maratón de Montevideo”, ya instalada para el domingo, había tomado varias calles en los alrededores; la Ciudad Vieja intervenida de cámaras y grúas producto del rodaje de El futuro es nuestro, era como si la ciudad ensayara otros relatos al mismo tiempo. El frío no nos daba tregua eran nueve los grados que marcaba el celular en su estado del tiempo. Como contraste, la Sala Zitarrosa tenía un reparo cálido, casi envolvente. Cruzar la puerta era quedar al margen de esa superposición de escenas urbanas. Adentro la densidad era otra, y el espacio mucho más amigable, por su puesto
Desde temprano, en las redes de las bandas ya se anunciaba la leyenda de “entradas agotadas”. No fue novedad, sino confirmación. Por primera vez en la misma noche, FILO y Mandrake y Los Druidas compartían escenario y eso ordenó el movimiento previo. Dos proyectos distintos, con puntos de encuentro en los estilos, en las trayectorias de sus músicos y en la manera de mirar la realidad; y sobre todo, las dos bandas están conformadas por artistas que forman parte de la escena del rock local, engranajes activos del circuito nacional.
Minutos después de las 21 las luces bajan, los últimos rezagados se acomodan en las butacas y FILO pone las cosas en su lugar. Con la formación habitual: Marcelo, Alfonsina, Cototo, Pancho, Lali y Rodolfo, viene afinando el sonido a fuerza de vivo. Es perceptible el momento que atraviesan, se les nota en el escandio, hay buena vibra: Será porque el segundo disco está asomando en noviembre. Quizás!!!!! Hay una necesidad de nuevas canciones que no viene solo de la banda, también del público. Si bien es un proyecto reciente, está instalado como si estuviera hace tiempo; y obviamente genera ganas de seguir descubriendo y conocer hacia dónde se mueven las nuevas ideas
El primer trabajo homónimo, breve y directo viene quedando chico frente a lo que la banda esta construyendo en escena. Las canciones nuevas se integran como parte del mismo flujo. En la presentación del sábado, FILO sostiene su recorrido con una secuencia que va sumando capas y climas y donde aparecen los esperados adelantos del segundo disco: Un arranque feroz con Internado, En subida, Sin voz y Respiro, con Mandrake como invitado en la voz, sorprendentemente preciso, lejos de cualquier desborde, en una canción que parece quedarle a medida. EL set continúa con Desenfoque, una de las piezas que formará parte del nuevo disco y que se cuela en el show junto a Línea de fuego, Hombre gris, Sangre verde, otro de los adelantos , Brillo, Frecuencia fantasma, también prevista para el próximo disco, y Océano de ruido. Un tránsito sólido, potente, sostenido en la prolijidad. Vestidos de negro y destilando hermandad, porque si hay algo que atraviesa del escenario al público es esa energía que se instala. Creo que simplemente son personas buena onda, buena gente haciendo lo que le gusta y disfrutando de ello.
Después llega Mandrake y Los Druidas. Otra energía, otra lectura; más rockera, más blusera, de uno de los compositores clave de la música uruguaya reciente. Los Druidas están cumpliendo diez años y eso se filtra en la escena como una celebración sostenida sin énfasis innecesarios. Se nota en la manera de habitar el escenario y en la soltura.
La banda arma su recorrido con Están pasando los días, Posible carta de un amigo, El camino de la babosa, Miles y millones, Pepper, Mi cardenal colorado y Homúnculo, donde Marcelo devuelve la gentileza y se suma con la guitarra, además de acompañar en la voz, en un cruce que refuerza esa idea de ida y vuelta entre proyectos. Siguen con Cómo brilla el sol, Hay una bruja en el bosque, Cáscara de banana, Aunque estemos mal y es el turno de Alfonsina, que aporta su presencia y su voz en el intercambio con Los Druidas, antes del cierre que fue con Si no me hubieses conocido.
Entre tema y tema, la noche también se vuelve conversación. Mandrake baja el tono en un momento y lo transforma en algo cercano: “Ojalá la estén pasando tan bien como nosotros, esto es como un cumpleaños”. Desde la platea alta aparece una voz que rompe la distancia: “¡Aguante Nacho!”. Después se arma el canto, insistente y colectivo: “ole, ole, ole, Nacho, Nacho…”. Mandrake lo recoge y lo desarma con humor: “Miren que acá hay don Nachos, ¿para quién es?”, tira, y la sala se acomoda entre algunas risas. A esa altura la noche se estaba yendo, afuera seguía la ciudad de calles cortadas, rodajes de Netflix y la víspera del Día de la Madre. Adentro, la sensación de pérdida que siempre deja el final: como si algo se hubiera abierto por un rato y, sin aviso, volviera a cerrarse. Pero antes dio el tiempo para la foto final. Las dos bandas juntas, abrazadas y el público metido en el mismo cuadro.
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