
Hay una buena noticia en el mundo. Se llama El Niño Descalzo.
Nació hace dos años y el sábado 19 de abril 2026 lo vimos presentarse en El Bosque.
Tiene paso de rock y voz de poesía pura. Esto, lejos de ser una metáfora, es de una literalidad insoportable.
Es una banda necesaria para quienes gustamos del arte, porque lo destila en cada canción.
Al llegar a El Bosque, en Empalme Olmos, me sorprende el lugar que más allá de lo amplio y cuidado me hace sentir la seguridad de que lo que está a punto de pasar va a ser, por lo menos, memorable.
El murmullo de la gente que espera se apaga cuando aparecen los músicos en escena. Las luces los han anunciado. La expectativa es tangible.
La banda está en el escenario y sin decir una palabra, sin tocar una sola nota, nos dice que no es una banda parecida a otras… Y empieza el toque…
Pasó el primer tema, instrumental, como para afirmar que este es un viaje de ida. Una canción que crea la atmósfera de lo que está empezando y te planta en un lugar del que no te deja salir. La voz de Cecilia Pérez, de 23 años, acompañó esa canción y no necesitó decir una palabra para estar viva. Y va el segundo tema…
La otra voz es la de Fernando Mariott, que a la vez toca impecablemente la guitarra electroacústica. Las dos voces, con sus timbres y colores, dejan que las letras los atraviesen y salgan de ellos con una identidad nueva que, al conjugarse, son sello crucial de la identidad de El Niño Descalzo.
El letrista es indudablemente parte esencial de la banda aunque no lo vemos en el escenario. Christian Hernández es el autor de los poemas que ahora nos llegan vestidos de música para que la banda tenga sentido y para que cada verso levante un vuelo que no conocía hasta ahora. Pero no se queda ahí. Para completar ese grito original suena la guitarra eléctrica de Hernán Mengod, que baila punteos, arpegios y rasguidos en cada canción, en una danza a la que se suma el bajo de Nahuel Piantanida que para no ser una mera base, se entretiene y se divierte, pasea y dibuja con un gusto que da gusto. El teclado es un despelote. Y claro, es Fabián Hernández, “El Hueso” (ex Estómagos) de una presencia justa y fuerte que no hace falta (ni le haría justicia) que diga nada más.
¿Y la batería? Bueno, el batero de la banda dejó el grupo por motivos personales y El Niño Descalzo lo resolvió de la mejor manera posible. Fernando Mariott es baterista y junto con Salvador Leguizamón, sonidista y productor de la banda, compusieron y grabaron las baterías de cada tema, así que sonó una batería por pistas que, si bien no es una típica base cuadrada de rock, no se extraña una presencia porque lo que sucede en el escenario está vivo. Extraordinariamente vivo. Cada instrumento suena con un virtuosismo desmesurado que no opaca al resto, sino que se potencian y emergen como una masa ordenada y potente. Una trompada que a la vez es caricia.
Yo estaba sentado en el pasto, con el asombro erizado y el alma desconcertada porque esperaba que el toque estuviera bueno, pero no fui capaz de imaginarme lo que pasó. Levantaba la vista y más allá de los árboles, el cielo estrellado era testigo junto a nosotros de una banda necesaria y visceral que te saca a pasear por senderos impredecibles. Melodías, poesías, músicas, y partes habladas musicalmente definiendo una identidad que por inevitable, termina siendo única.
De verdad, no es una banda más. Es un colectivo que hace arte (eso que es tan difícil de definir pero que se percibe inmediatamente cuando se hace desde la tripa, porque no se sabe hacer otra cosa).
Soy un agradecido porque me sentí pleno, emocionado y nuevo. En contacto con la tierra y el presente, tan curioso y asombrado que sentí que era yo un niño descalzo.
Crónica – Carlos Martínez Márquez
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