
Varios muertos en el ropero.
Cena con amigos de Rodolfo Santullo & Marcos Vergara
La dupla Santullo – Vergara es ya una marca registrada en la novela gráfica de estos pagos. Una identidad construida a fuerza de una pluma con oficio en contar historias y otra especializada en un dibujo ágil y detallado. Jamás recargado. Lejos de todo barroquismo, la historia vive cuadro a cuadro. La novela gráfica necesita esos dos pulmones para respirar. Y esta Cena con amigos, goza de buena salud.
La anécdota es sencilla. Luego de la mudanza, en la que Cristian da una mano, Bernardo recibe a la barra de la adolescencia a una cena de bienvenida. Tres parejas y el anfitrión intercambian chistes -ese tipo de chiste malo, malísimo que justamente por eso resulta buenísimo y arranca la carcajada- y mantienen conversaciones livianas. Nada demasiado comprometido, ni comprometedor…
Lo que es risa colectiva, se torna conversación más seria, pesada, en las interacciones mano a mano. La vida de pareja, los dolores de la vida adulta, adquieren un tono de caldero en ebullición, hasta el estallido.
Cena con amigos es, además de una buena historia de ribetes policiales, una revisión cruda de esa forma de masculinidad para la cual, las mujeres -todas las mujeres del mundo- están disponibles, por el solo hecho de que somos varones.
Es también una incómoda fotografía de ese momento en el cual la adultez se impone y mil rituales de adolescencia y primera juventud quedan atrás. Siempre hay quien porfía en no dar los pasos necesarios, y queda arrinconado en una época que ya no volverá, juntando un rencor sordo contra quienes cometen la traición de asumir que estamos grandes, y hay que laburar para parar la olla, armar familias, desarrollar proyectos.
Y sobre todo, pone sobre la mesa -entre un portazo y otro-, la soledad de las tres mujeres frente a las mil violencias de género con las que deben lidiar un día sí y otro también. Un muro masculino de preguntas, sospechas, y justificaciones que se repiten como una letanía. El dibujo dice aquí más que las palabras. Los gestos, las bocas crispadas, las lágrimas contenidas, los pasos alejándose que resuenan en la noche montevideana, tienen una potencia que sostiene la tensión del relato.
Así en un mar de amistades derruidas, cobran sentido las páginas de apertura en las que los integrantes de la barra (Jorge, Silvia, German y Cinthya, Marcela) habían brillado por su ausencia como ayudantes en la mudanza del amigo. Tampoco estarán -y esta vez la ausencia pesa una tonelada- en la mudanza final. La escena del velorio, en la cual la soledad última es reflejada en un chiste de humor tan negro como la propia situación es en sí misma, una pieza maestra. Uno entra a sospechar que Bernardo tenía más de un muerto en el ropero…
Después, qué importa el después… la barra cumplirá de manera póstuma el proyecto siempre postergado de Bernardo. Los vemos irse a conocer el glaciar de Perito Moreno, en un viaje lleno de situaciones absurdas que darán lugar a develar el misterio intuido.
La voz de Santullo muestra sin juzgar. El juicio final, queda en manos del lector. Y eso, en épocas de pontificadores de todas las causas del mundo, es de agradecer.
Como un par de genialidades me quedo con el detalle de que esos chistes malos, malísimos son los que de alguna manera pautan el relato. No como un sostén o una estructura, sino como un cambio de escena. A la vez, son esos chistes los que señalan la relación del protagonista con su amigo fiel, que tal vez por ser tan fiel resulta ser algo así como el último en enterarse.
La segunda genialidad, es la del cierre, donde lo que todos esperan ocurre, cuando ya es demasiado tarde. O tal vez simplemente, la barra se apuró demasiado en volver a la tranquilidad de la vida cotidiana.
Todo esto en un relato donde la muerte, el misterio policial ha quedado resuelto hace rato, allá a mitad de camino. Caso cerrado, dice el único policía de la historia. Muerto el muerto, todo está resuelto. ¿Todo?













































