
Este abril de 2025, al recordar el último recital de Los Redondos en Montevideo, también traemos a la memoria otro abril, el de 1991, cuando Walter Bulacio, un joven de 17 años, fue detenido antes de ver a su banda favorita. Su historia sigue viva, en la música y en la memoria colectiva.
A veces, la historia se mete en nuestras vidas sin pedir permiso. No hace falta estar muy alerta para que los sentidos retengan lo esencial, lo que de verdad te atraviesa. A mí me pasó en un recital, hace veinticuatro años.
Fue en el Estadio Centenario, un 21 de abril de 2001. Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota tocaban en Montevideo. No se dijo que era una despedida, pero se sentía algo raro en el ambiente. No solo por lo multitudinario —que lo era—, sino porque los recitales anteriores en Argentina ya venían cargados; de desbordes, tensiones y desorganización. En los medios circulaban rumores de que la banda no iba más, aunque nadie lo confirmaba, se sentía una especie de cuenta regresiva sin reloj.
Tenía 19 años, venía del interior, y era mi primer recital en el emblemático estadio. Ya había ido a varios toques, en lugares como el Velódromo o el Teatro de Verano, casi siempre para ver bandas locales. Pero esto era otra cosa. No por la cantidad de gente solamente, sino por lo que generaban Los Redondos en aquellos años. Una mística especial, un fuego colectivo al que todos queríamos arrimarnos.
Éramos miles, sabiendo —aunque no lo dijéramos— que estábamos viviendo algo distinto, algo que no se parecía a nada de lo anterior. Quizás algo histórico. Las banderas, los trapos colgados en el tejido y las barandas de la tribuna, las remeras con frases de canciones, y esa ansiedad por ser parte. Todo se sentía diferente, como si estuviéramos entrando a un territorio ajeno a la lógica de cualquier toque local.
No existía Spotify, ni celulares con cámara. Era otra forma de vivir la música. Más física, más intensa, más compartida. Escuchar un CD era un ritual. Asistir a un recital, una peregrinación. Y para muchos de nosotros —en especial los que veníamos de ciudades chicas— estar ahí era más que un gusto; era una especie de consagración. Llegar al Centenario a ver a los Redondos, era tocar el cielo con las manos.
Después de acomodarnos en el centro de la tribuna, El Indio se acercó al micrófono. Con una voz más áspera de lo habitual, dijo algo que hoy, en este abril, quiero recordar en este artículo. : “Hace 10 años ya; y los asesinos están sueltos. Queda el cariño genuino de la abuelita y los amigos. Por eso teníamos ganas hoy, sin más palabras, de dedicarle este tema a Walter.”
Y entonces lo que sonó fue “Juguetes perdidos”. El lugar se silenció de golpe, como concentración de rito. Fue uno de los momentos más emotivos de la noche, cuando las palabras hicieron que todo quedara en calma, recordando a Walter y lo que había sucedido un década atrás.
¿Quién era Walter?
Walter David Bulacio tenía 17 años cuando lo detuvo la policía en abril de 1991, antes de un recital de Los Redondos en el Estadio Obras Sanitaria en Argentina. No llegó a entrar. Fue víctima de una razzia preventiva, de esas que eran comunes en esa época. Lo llevaron a la comisaría 35ta. de Bs As, lo golpearon brutalmente y seis días después murió en el hospital. Su muerte fue silenciada por mucho tiempo. El caso se convirtió en un símbolo de lo que pasaba en los márgenes del rock y la represión policial.
Años más tarde, la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado argentino por el caso. Nunca hubo responsables condenados con prisión efectiva. Y sin dudas la recordamos como una historia mas, marcada por la impunidad.
Obviamente, yo no conocí a Walter. Pero sentí muy cercana su historia. En esa etapa, la afinidad nacía de lo simple: los que se vestían como vos, escuchaban las mismas bandas, caminaban parecido. Ahí estaba la pertenencia. Ir a recitales, andar con la mochila todo el día —como si fuera una extensión del cuerpo—, llevar el pelo largo o simplemente tener ganas de escuchar música en vivo. Entendíamos que Walter era uno más de nosotros.
Y aunque todo ocurrió en Argentina, desde este lado del río nunca lo vivimos como algo lejano. Porque en el fondo somos lo mismo: compartimos bandas, costumbres, formas de sentir el rock. Lo que le pasa a un gurí allá, también duele acá. Porque podría haber sido cualquiera de nosotros. La historia de Walter cruzó el río y nos atravesó.
Ese día éramos un muchísimos. Y entre nosotros, un número importante de argentinos. Pero no distinguíamos quién era de dónde. Estábamos todos por lo mismo. Y cuando El Indio lo nombró, el golpe fue parejo. En ese momento, éramos uno solo. Había una hermandad que no necesitaba explicación. El rock —ese rock— unía más que cualquier frontera. Nos hacía sentir parte de algo importante, algo que merecía ser vivido y contado.
Fue una noche que aun recuerdo con claridad. Quizás porque fue la última vez que Los Redondos tocaron en Uruguay. O porque fue de las últimas veces que, desde el rock —ese de los noventa y principios de los 2000—, se dijo algo con firmeza. No con un discurso ni una bajada de línea, sino con una canción, con una frase, con una dedicatoria para un joven y señalando a la impunidad.
Hoy, más de tres décadas después, Walter sigue apareciendo en los murales, en las banderas, en las canciones. Y también en las preguntas que todavía no tienen respuesta. ¿Por qué lo detuvieron? ¿Por qué lo golpearon? ¿Por qué nadie pagó por eso?
La memoria es cosa del presente y el lente que nos permite mirar lo que pasó y entender por qué todavía importa. No solo para quienes fuimos parte de esa época, sino para quienes hoy siguen caminando con una mochila, yendo a los toques, disfrutando de una canción, y en busca de lugares donde sentirse libre.
En este abril de 2025, al rememorar aquel último recital de Los Redondos, el 23 de abril de 2001 en Uruguay, también reivindicamos otro abril: el de 1991, cuando un gurí de 17 años fue detenido antes de poder ver a su banda favorita.
Hoy, treinta y cuatro años después, seguimos nombrándolo. Porque recordar a Walter es cuidar la memoria, los espacios de disfrute, y a aquellos que siguen buscando lo mismo que nosotros buscábamos: disfrutar de la amistad, la música, el arte. Y lo más importante, siempre volver a casa.













































