Un Polizonte en la ciudad agónica.
Entrevista a Pepi Gonçalves.
Promediando la última mitad de los años 80´, un personaje particular comenzó a recorrer Montevideo. Su figura, con la cabeza embutida dentro de un gorro con forma de hongo invertido, guiñaba un ojo a las generaciones que transitaron su adolescencia bajo la dictadura, y el otro hacia aquellas que comenzaban a vestir la ciudad con nuevos atuendos y expectativas. Lo hizo a partir de sus muros y paredes, delineado con aerosol por su autora, no tardó también en saltar al papel y aparecer en algunas publicaciones de la cultura alternativa de la capital. Como su nombre indica, históricamente un polizonte (devenido del término polizón) era aquel que viajaba clandestinamente en los interiores de una embarcación, o de cualquier otro medio de transporte. Pero también podemos concebirlo como aquel individuo que se inserta de manera clandestina en sitios impensables, escucha y perfecciona una identidad a través de sus reflexiones. Un detective urbano que desde su universo indaga a través de los restos que ciertas evidencias van dejando.
Cerca de ingresar al club de los que rondan los cuarenta, el Polizonte ha vivido en la memoria de muchos, entre otras cosas, porque haciendo honor a su nombre, ha estado comisionado en los viajes creativos de su autora: la dibujante, artista y entre otras cosas, gestora audiovisual Pepi Gonçalves.
Esta es una pequeña celebración al personaje que no dejaba de preguntar y preguntarse. Desde allí nos hacía partícipes de sus inquietudes, a veces absurdas, o con la ironía propia de quién supo vivir en un país fragmentado y hostil, comenzando a despertar de una siniestra siesta, y aún esperanzado con una restitución democrática que nos llegaría imperfecta.
– Cómo nació la idea del personaje, lo pensaste como un dibujo para llevarlo al papel, o desde un comienzo tenías la idea de representarlo sobre muros y paredes.
Formaba parte de un proyecto de historieta junto a otros personajes, la había dibujado en hojas grandes y estaba colgada en mi casa, a la vista. Un amigo que me invitó a grafitear, me sugirió que lo dibujara. Queríamos ser Bleck Le Rat.
– Bleck Le Rat, prácticamente el padre de Banksy, por esos años se había encumbrado también Keith Haring, por citar uno de relevancia internacional, con componentes innovadores en la gráfica, el collage, el estarcido (esténcil) en el primero, la tiza y luego el acrílico y el aerosol en el segundo. Contenidos urbanos, con mensajes políticos dentro de estéticas que iban desde el arte pop, a los montajes dadaístas. Pero el polizón, de hecho, fue un personaje con identidad propia. Tan significativo, como el “bebe luminoso” de Haring, en su representación figurativa, pero que incluía una narrativa. Fue eso lo que te llevó luego a instalarlo en un formato de historieta. ¿Pensabas que el graffiti te comenzaba a resultar limitativo, o se comenzaba por aquel entonces, a “oficializar” cierta banalidad ya en sus contenidos?
Tuve contacto con los muros de Basquiat y con las pintadas de Haring a final de los ochenta. Antes había visto los tags en los trenes de la comunidad latina y afro de Nueva York. También descubrí que un artista que conocía desde mi infancia, amigo de mi familia, había sido grafitero: Tola Invernizzi. Pintaba cruces gigantes con alquitrán. Soy de un tiempo en que lo que se preservaba era el anonimato, era un valor. No se firmaba. Cuando salí en el 1987 a rayar muros el rey del stencil era Alex Vallauri que empezó en San Pablo en 1978. Partícipe en el 89 de un documental que registraba a vándalos del cono sur, él había muerto pero estaba en la película, fue una gran pérdida para el movimiento urbano paulista y mundial. Alex había estado en Nueva York cursando en Pratts y en la Factory con Andy Warhol, Basquiat y Haring en el 82. Este etíope de origen italiano fue el gran conector del mundo plástico con el vandal* en todo el continente. En las ciudades más grandes los conflictos con las autoridades estaban ardiendo. El panorama urbano no era idéntico pero tenía algunos puntos en común, como la represión, el avance del SIDA y una sensación de que nada podría salir bien. Las historietas del Polizonte fueron anteriores al graffiti y también bastante independientes. Es una experiencia muy diferente en el momento de hacerlo. Si bien pueden dialogar esos dos campos gráficos la acción, el hacer es distinto.
– Sobre todo eres conocida por tu inmersión en el mundo del cine y del audiovisual, así como a través de la gestión cultural y docente, es cierto que a fines de los 80 cuando el personaje comenzó a ser visibilizado, se te vínculo a toda la cultura alternativa que emergió tras la dictadura. Eran tiempos donde los muros comenzaban a ser lienzos ya no sólo para eslóganes estrictamente políticos partidarios. El “polizonte” emergió incluso como una expresión divergente ante los nuevos grafitis. Pretendías romper con esa estética que se estaba volviendo reiterativa, tras un periodo de “frases ingeniosas”. Recuerdo la “Brigada Tristán Tzara”, liderada por el poeta Julio Inverso.
Hubo una intención compartida con otros dibujantes de tener una expresión no literaria ni propagandística. En general el adversario era el muro con pegatinas de carácter político. Si bien se generó la idea de que se trataba de una “brigada” (expresión tomada de la militancia política de izquierda en tono burlón por la TT) pinté mayormente sola. Mis intervenciones fueron en el mismo tiempo que las de Inverso y otros pero nunca nos tratamos socialmente. Disfruté mucho las de Carnelli frente a Cinemateca.
– Recuerdo aquella que expresaba: “Manolo: Basta de Wajda, queremos Andy Warhol!”, lo cual era mucho más que un reclamo sólo de índole artístico. Lo era desde el punto de vista generacional y de la necesidad de romper con los dogmatismos que la resistencia política también contenía.
También me gustó mucho la secuela que tuvo la TT con la brigada Jacinta Pichimahuida. Los poetas en la calle siempre tienen algo bueno para hacer.
– Un polizonte es tanto un escapista, como un perseguidor de sueños. Lo pensaste así desde un comienzo, como un avatar de muchos adolescentes y otros no tanto, que aspiraban una sociedad diferente a la que habían vivido y a las que a partir de entonces se les planteaba.
No. En realidad es un signo de aquellos tiempos confusos en los que aparentemente teníamos libertad y democracia pero en realidad estábamos rodeados de policías de uniforme y de los otros, en todas partes. Éramos una generación rigurosamente vigilada, controlada y también reprimida dos por tres con las razzias. Nada parecido a un sueño adolescente, más bien una pesadilla.
– Me decías que llegado un momento, el Polizonte te llego a generar ciertas inquietudes, y temores, explícate un poco más en eso. Te sentías replicada en sus pensamientos, algo que de hecho era natural que así fuera, o lo veías como un medio particular de exorcizar ciertos desafíos o cavilaciones de una generación bajo un contexto represivo particular, justamente luego de haber recuperado lo que para mí continuó siendo una “democracia tutelada”.
En realidad es un chiste. Una forma de jugar para no tomar mis actos de vandalismo con solemnidad. Lo mío no fue un acto de patriotismo, fue una búsqueda pública de algo que nos estuvieron negando. Pasé los diez años siguientes de pintar en la calle recibiendo a estudiantes de todo tipo que analizaron lo que hice. Algunos incluso grabaron sin avisarme, me trataron como un bicho raro y me tuvieron muy poco respeto. Con algunas excepciones que me alcanzaron el texto que escribieron, me dejaron una pésima imagen de la academia, los estudiantes universitarios y sus docentes. Hoy eso está un poco mejor. Miro las ciudades tapadas de tags y pienso en la pastilla que nos vendieron, que terminó en la impunidad por los crímenes cometidos en la dictadura. Las nuevas generaciones están cuestionando lo mismo: la máquina del poder.
– En la recopilación hecha por Eduardo Roland en su libro de 1989 “Contra cualquier Muro”, casi todas, sin descartar algunas expresamente partidistas, estaban motivadas por las nuevas tribus urbanas emergentes. Tu personaje irrumpía de manera diferencial, primero por ser figurativo, segundo porque su mensaje apuntaba hacia otras posibilidades de búsquedas. Esto lo hablé muchas veces con Amir (Hamed) y con Eduardo (Darnauchans). Eduardo era particularmente un “fan” de Polizonte. De hecho fue él quién me hizo conocerlo.
Cuando llegamos a Montevideo con mi hermana llevábamos muchos años de fans de Eduardo. En mi casa en Maldonado había un reproductor de cassettes que mi padre había bautizado como el “Pasa Darnauchands”. En el 84 lo empezamos a tratar en la redacción de Jaque, éramos vecinos y venía a cenar lentejas que yo cocinaba los martes. Amir Hamed fue otro imprescindible. Conversar con ellos era un placer aunque nos condujera hasta algún punto sin retorno. Todavía me encuentro con fans del Polizonte, Garo (Arakelian) me mandó una foto de él posando con una camiseta que le pintó su hermana con el personaje.
– Cómo comienza tu experiencia dentro del campo del audiovisual. Cuando comenzaste con las viñetas del Polizonte, en esa consecución de desarrollar una narrativa cuadro a cuadro, te motivó a dejar de dibujar de manera sistemática y emprender esos nuevos lenguajes, contar historias no ya desde imágenes fijas.
Mi experiencia tuvo que ver con un consumo cultural del cine desde la niñez, del día en que mi padre pensó que nos podía gustar ver Solaris de Tarkovsky en el Cine Club, yo tenía diez años. Hice películas de papel toda mi adolescencia, las regalaba a mis amigas en sus cumpleaños. El cine y el dibujo estuvieron desde la infancia. Alentados por mis padres y disfrutados por ellos, así como otras expresiones de la cultura. Había libros teóricos sobre cine y la construcción del lenguaje, libros sobre formas de la arquitectura a lo largo del tiempo, en ese marco comienza todo. El consumo de historietas también fue intenso en los setentas. Hubo mucho papel para conectar con el celuloide.
– De los muros a la publicidad, gestora de producciones audiovisuales y una de las promotoras del desarrollo de los videojuegos y la animación. Un paso sustancial entre unas actividades y otras. Durante unos años estuviste estrechamente vinculada a la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños en Cuba, siempre apoyando nuevos proyectos. Que dejaron esos años, ahora en retrospectiva y con la realidad acuciante de un territorio que también he conocido.
Cuando empecé a grafitear ya había formado parte de la primera generación de la Escuela Internacional de Cine y Tv de San Antonio de los Baños que crearon Gabriel García Márquez y Fernando Birri, entre otros. Ahí conocí a César Charlone que había hecho el documental “Cuando yo crezca” sobre la desaparición de niños en Uruguay. Lo habíamos visto con mis compañeros de estudios en 1983 en Florianópolis. Fue algo muy doloroso y revelador. Si bien dibujé toda la vida, estuve en equipos de rodaje mucho antes de salir a pintar los muros de la ciudad. Inclusive aproveché que iba a Buenos Aires a filmar una película para grafitear. Aprendí también con mis padres el disfrute de apoyar a otras personas a hacer lo que sueñan. Apenas tuve algo para compartir empecé a hacerlo, acompañar procesos creativos de alguien que se está lanzando a hacer algo. En la EICTV tuve la oportunidad de armar un espacio, una plataforma para que los estudiantes y emergentes probaran sus primeros proyectos de largometraje. Eso ha crecido mucho y hoy es una hermosa realidad que lideran ex alumnas y ha permitido concretar ideas nuevas con festivales y fondos de gran prestigio. Hace unos años armé un dispositivo en Arrayanes que asiste a estudiantes o exalumnos recientes a postular a fondos, concursos, becas, con esa misma intención. Todas las cosas suceden a la vez de alguna manera, no son compartimentos estancos de mi vida. Puedo estar haciendo una cosa y otra a la vez. Tengo mi producción y a su vez apoyo la de otras personas.
-Cómo ves la producción audiovisual uruguaya. Esa contradicción que desde el exterior es muy fácil por razones de costes, venir a filmar a nuestro país, pero donde sin embargo no hay una legislación que termine por auspiciar, alentar y contribuir a la producción de trabajos nacionales.
La creación de la Agencia del cine y el audiovisual a través de la ley de presupuesto eliminó la Ley de Cine y no fue un gesto inocente. Tenemos bastante legislación sobre el tema, quizás no sea muy buena pero existe. Desde los instrumentos de tipo fiscal hasta los derechos de autor, es una gama bastante amplia de marco regulatorio. Inclusive hay legislación en algunos departamentos, como en Maldonado donde las locaciones son pagantes. En la actualidad desde la ACAU se administran 15.000.000 de dólares de los cuales 4.000.000 se destinan a la producción nacional y el resto van a proyectos internacionales que pueden ser coproducidos por empresas locales. No necesariamente son proyectos de corte autoral o artístico, inclusive pueden ser publicitarios. Lo que facilita venir a filmar acá, que es un país bastante caro, es la explotación laboral de los técnicos, debido a la jornada de 12 horas de rodaje que se pagan como un día de trabajo. También las facilidades de Montevideo para filmar con su Oficina de Locaciones Montevideanas que es muy eficiente. Uruguay en el contexto de Latinoamérica es un lugar tranquilo, amigable y con rica comida. Creo que esos son los principales argumentos vinculados con los servicios.
En el plano de la producción nacional hay un montón de trabajo por hacer, especialmente mirar a todo el país y descentralizar las políticas de fomento. La producción en el interior existe desde Young a Castillos, desde Atlántida a Rivera pero es muy marginal en el reconocimiento. No deberíamos darnos el lujo de ignorar esa producción no solo por el esfuerzo sino por lo que dice, lo que propone y lo que busca. Seguimos circulando por todo el país muestras con cine nacional realizado en Montevideo, es bastante ofensivo. El día del cine uruguayo no es algo real, es una celebración capitalina aunque tenga múltiples sedes. Pero quienes lo organizan no se lo cuestionan ni un minuto.
Hay un empuje muy importante del documental y ese campo creativo nos deja un montón de riqueza como país, historias vinculadas al paisaje, su gente, los dolores y alegrías del pueblo. Estas películas se hacen “a huevo” más por la necesidad de decir algo que por los fondos para la producción. Creo que cuando se vea este primer cuarto de siglo en perspectiva habrá mucho para rescatar y valorar. Hemos visto películas realmente muy buenas, como “Bosco” que además han sido un éxito rotundo de público. Creo que fui a verla en sala cinco veces y siempre me sorprendió. La instalación de las mujeres en los roles de dirección también es un asunto que rescato porque sus historias tienen otra búsqueda y una crítica que no siempre es tan sutil.
– Nunca pensaste en generar una animación donde el Polizonte fuera el protagonista, por ejemplo, preocupado como tú en la conservación del medio ambiente. Has ocupado cargos en el gobierno de Maldonado y te has preocupado por el cuidado de los entornos y la biodiversidad en diversas áreas, por ejemplo en la Laguna del Sauce, que me puedes decir sobre esto y de este país que desde administraciones anteriores hemos asumido malamente el eslogan de “país natural”, cuando vemos que no sólo las fuentes fluviales, sino también los montes criollos se ven siempre amenazados.
No pensé en animarlo, pero quizás festeje sus 40 años en 2027 con una serie para nostálgicos. Un Polizonte atravesando la crisis de la mediana edad.
Llegué al tema del agua militando por el feminismo, la paridad en la política y la eliminación de la violencia. Encontré compañeros de ruta que estaban en esa batalla para preservar la Laguna del Sauce que alimenta a Maldonado y es de calidad A. Ser concejala de Maldonado me permitió durante diez años estar en la Comisión de Cuenca de Laguna del Sauce y conocer de adentro los procesos institucionales, sociales y políticos que atraviesan la gestión de este recurso natural.
Vivo en un territorio arrasado por la presión del capital y la corrupción. Con el paso del tiempo, se fueron incrementando las luchas por los recursos, especialmente la defensa de la franja costera y los humedales, pero también de paisajes emblemáticos como Punta Ballena, que tienen en la especulación inmobiliaria a su gran adversario. Ahora se suma este disparate de prospectar hidrocarburos en el mar territorial, acá enfrente. Al igual que la lucha para eliminar la violencia contra las mujeres, son procesos que no tienen fecha de finalización. Siempre estás aguantando los embates y recibiendo malas noticias. Regresar a vivir en Maldonado implicó recuperar una conciencia sobre el ambiente y encontrar aliados en mi familia preocupados por el asunto.
– Me citaste a “Bosco” (documental de Alicia Cano Menoni estrenado en 2022, que llevo más de una década de realización, sobre el pequeño pueblo italiano donde nació uno de sus abuelos, como un trabajo que te gustó mucho. Desde principios del siglo pasado, encontramos trabajos filmados desde diferentes perspectivas y temáticas. Algunas nos muestran que hubo una producción más organizada, respecto a fragmentos de tiempos determinados. Tomas domésticas, familiares o urbanas consideradas más que nada por su peso documental. Próximos a un pasado relativamente reciente, muchos citan la obra “Pepita la Pistolera” (1993) de Beatriz Flores Silva como el comienzo del cine “profesional” si bien ya existían las obras “militantes” de Mario Handler, o de contenido histórico como las de Juan Carlos Rodríguez Castro, o las de Ferruccio Musitelli mucho más documentalistas, con su recordado cortometraje de 1961, “La Ciudad en la playa”. Sin entrar en debate, si hubo un antes y un después, al menos en la incitación a despertar y generar un público específico, que punto de inflexión suponen las obras de Stoll y Rebella. Hay un quiebre significativo, en cuanto a la consolidación de un público que encuentra en ellos una identificación generacional. Sucedió con “25 Wats” y luego “Whisky” elevo el talante al desnudar una idiosincrasia y una atmósfera emocional, que resultó definitoria para develar el sarcasmo, y no sólo ahora de una generación determinada. La película enseña una serie de comportamientos que nos remiten a eso tan confuso como difuso, que día a día nos identifica como nación. El marco psicológico de una idiosincrasia para algunos luminosa, para otros perturbadora y nada halagüeña. ¿Ves esto así?
Me voy del ejemplo que das del cine para decirte que estoy en sintonía contigo sobre esa visión poco optimista y a veces “perturbadora” de ese nosotros, de esa identidad colectiva. Estaba hace cuarenta años (por algo ambos formamos parte de una sección de la cultura que se tituló como la “generación ausente y solitaria”) y no se me fue a lo largo del tiempo. Ahora que estoy muy cerca de mi madre otra vez, por sus cuidados, creo que ella tiene algo que ver con esa mirada muy crítica.
Una puede disfrutar de la siesta o de un durazno, pero sabe profundamente que está todo bastante mal. Cuando éramos adolescentes con mi hermana y decíamos que nos habían criado como niñas de los cuarenta, estaba soterrado bajo ese análisis el asunto de la guerra. Porque ese dolor era parte de la biografía reciente de nuestros parientes italianos. Ese dolor lo pude encontrar en muchas personas que conocí a lo largo del tiempo por el gigantesco trauma que implicó la guerra. Pero también otros eventos anteriores de gran violencia en Europa cómo la Revolución Rusa, la Primera Guerra, el Genocidio Armenio. Y a nivel local el sufrimiento que generó la Guerra de la Triple Alianza y las guerras civiles hasta 1904. Atravesamos la tercera dictadura del siglo 20, es decir no teníamos mucho para ser optimistas. El cine, la música, la literatura están impregnadas de todo eso en el Uruguay.
– Me has dicho que tal vez pueda resurgir de alguna manera el “Polizón”, para la conmemoración de sus 40 años desde una perspectiva de la “mediana edad”. Supongo un Polizonte que desde su crecimiento, pueda aportar una visión distinta, porque el país y él mundo no es el mismo. Me voy al extremo con “Mafalda”, la inextinguible creación de Quino. Su vigencia radica en que sus preocupaciones son universales, porque los problemas del mundo lo son. Habría que ver qué pensaría sobre las nuevas tecnologías y plataformas, refrendaría al imaginario infantil dentro de ese nuevo contexto. Desde esa “mediana edad” que “Polizonte” podríamos esperar, uno más crítico, irónico, esperanzado, compasivo. Siempre lo asocié a un personaje subliminal, un “espíritu burlón” (remitiéndonos a acechanzas mateísticas), un ente situado entre el comic realista e inmerso en el submundo surreal. Hay un imaginario propio del “Mago de Hoz” o de “Alicia en el país de las maravillas”. Es una veta que lo hizo singular y único en lo que llamamos el Street art. Son prácticamente nulos los grafitis que aparecieran, por ejemplo con sus consabidos “globitos de texto”, o que incluyeran frases desde una perspectiva a veces no del todo tan elocuente, sino más bien inducida hacia la búsqueda de contenidos…
Siempre conté con la ventaja de hacer un personaje a la medida del consumidor. Cada persona construyó su propia versión, le dio sentido e identidad. Inclusive, los que hicieron copias con spray o con tiza en la puerta de una escuela. Nunca me lo imaginé único, más bien rodeado. Al principio lo pintaba donde alguien previamente había puesto Las Tumbas o Post Coito asociando estas frases a una intención poética. Pero no, eran unas bandas punks de aquellos días. La vida en la ciudad es un enorme malentendido. En una entrevista la periodista cometió un error y confundió el año en el que llegué a Montevideo, 1983 con el año en que empecé a grafitear, 1987. Eso llevó a que algunas amables personas cayeran en innumerables confusiones, hasta el punto que creyeron que mi personaje había hackeado simbólicamente a la dictadura. Más de una vez alguien me discutió este punto, como si no se tratara de mi vida. A mí me gusta la línea más pulida a la que llegué con el dibujo, la que se logra dibujando todo de un solo trazo. Hice una versión erótica del personaje cuando teníamos planes con Sarandí Cabrera de editar una serie de postales con su editorial (Vintén). Aunque gráficamente pienso que no evolucioné demasiado, el Polizonte como dibujo, tiene una serie de posibilidades que aún me gusta continuar explorando.
*vandal: Así se denomina a la corriente del arte callejero que no pide permiso para pintar.
Irene “Pepi” Gonçalves además de ser reconocida como artista visual y dibujante, es docente en diversas carreras de formación audiovisual y consultora de diferentes proyectos culturales. Ha sido miembro fundadora de Mujeres Audiovisuales del Uruguay (MAU). Desde 2011 colabora con la Comisión de Género del FA en la ciudad de Maldonado. Formo parte de la primera generación docente de la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños (Cuba), en la que creo una plataforma especialmente destinada a impulsar trabajos de realizadores emergentes.





















































