Busto de Rulfo en el Parque Juan Rulfo en Ciudad de México - Carlos Perez Chavez

Rulfo, Pedro Páramo y la crítica literaria

Hay autores que tal como Virgilio hace con Dante, llevan de la mano al lector por los recovecos de la historia que cuentan; pero hay otros que de repente sueltan al lector y lo abandonan a su suerte, para rescatarlo en seguida y protegerlo de los demonios que pueda haber en algún rincón de su historia. Por último, hay autores inclementes con el lector. Son los antípodas de Virgilio, pues lo abandonan en el laberinto narrativo de su historia y lo obligan a salir de su tranquila y conveniente postura de lector pasivo, ingenuo, entregado al placentero acto de leer. Son autores que simplemente desafían al lector a seguirlo, a navegar por los crispados mares de su universo narrativo en los que suelen perderse el tiempo y el espacio, sensibles, que todos vivimos y experimentamos. Juan Rulfo es uno de estos autores impiedosos con el lector. El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955), textos transgresores de la narrativa latinoamericana, ariscos como los propios relatos que describen, reeducaron la manera de leer del lector latinoamericano. En un artículo publicado el 11 de septiembre de 2016 en el sitio INFOBAE, ¿Por qué seguimos leyendo a Rulfo?, el periodista Patricio Zunini Hinde Pomeraniec entrevista a varios escritores sobre la obra de Rulfo. El escritor argentino Mempo Giardinelli ganador del Premio Rómulo Gallegos, entre otros premios, dijo: “[…].Todo eso se evidencia en su obra, que es original pero sobre todo exigente y por eso demanda lectores avezados y agudos: leer a Rulfo exige competencia lectora […].

Pero Pedro Páramo confundió incluso a aquellos lectores avezados y agudos en la lectura crítica: “[…] Se advierte entonces una desordenada composición que no ayuda a hacer de la novela la unidad que, ante tantos ejemplos que la novelística moderna nos proporciona, se ha de exigir de una obra de esta naturaleza. Sin núcleo, sin un pasaje central en que concurran los demás, su lectura nos deja a la postre una serie de escenas iladas solamente por el valor aislado de cada una”. El comentario es de Alí Chumacero, poeta y ensayista que trabajó muchos años para el Fondo de Cultura Económica y en la propia revisión y edición de la clásica novela (El Pedro Páramo de Juan Rulfo, México, Universidad de México, 1955). Treinta años después Juan Rulfo recuerda este episodio en una entrevista al diario El Excélsior de México del 16 de marzo de 1985: “En la Revista de la Universidad el propio Alí Chumacero comentó que a Pedro Páramo le faltaba un núcleo al que concurrieran todas las escenas. Pensé que era algo injusto, pues lo primero que trabajé fue la estructura, y le dije a mi querido amigo Alí: ‘Eres el jefe de producción del Fondo y escribes que el libro no es bueno”. Alí me contestó: ‘No te preocupes, de todos modos no se venderá’. Y así fue: unos mil ejemplares tardaron en venderse cuatro años. El resto se agotó regalándolos a quienes me los pedían” (Cito por el artículo de Kathya Millares y Ana Sofía Rodríguez Everaert “Pedro Páramo: elogios y diatribas”, NEXOS, cultura y vida cotidiana, 22 de marzo de 2015).

Se trate o no de un lector avezado y agudo, lo cierto es que Pedro Páramo es una novela cuya coherencia narrativa debe ser encontrada por el lector. Pero no es tarea fácil atar los hilos que unen los mundos de Juan Preciado y de su padre Pedro Páramo, en un escenario fantasmagórico de muertos que dialogan. Tal vez se deba a este hecho, a la participación de nosotros como lectores-investigadores en busca de la unidad coherente de la trama narrativa, porque la propia la novela así lo exige, el que la obra de Rulfo no haya sido comprendida cuando apareció en 1953, y continúe setenta años después siendo un desafío para cualquier lector. Como dijo Mario Benedetti en Marcha, 4 de noviembre de 1955, “el lector debe arreglarse como pueda, y por cierto que puede arreglarse bien, ya que Pedro Páramo no es una novela de lectura llana, pero tampoco un inasible caos” (en el citado texto Pedro Páramo: elogios y diatribas). Sin duda el lector de Pedro Páramo tiene que ser su propio Virgilio, y comprender que los muertos no viven en el tiempo que nosotros vivimos ni comparten el mismo espacio. La comprensión de esta realidad de la novela es fundamental para asumir su estructura hecha de relatos que son puros murmullos (de hecho, en una primera versión la novela se llamaría Los murmullos) y recuerdos de los distintos narradores, cuyas narraciones a veces se entrecruzan como las de Juan Preciado con las del narrador básico. Rulfo, a diferencia de Virgilio, no lleva al lector de la mano por este mundo de muertos en el que cada uno tiene su parte de la historia que contar para que nosotros, lectores, armemos el rompecabezas que es la vida del cacique de Comala.

El tiempo de la novela es un tiempo mítico, alejado para siempre del fluir temporal que nosotros, los hombres de este mundo de ayeres y mañanas, clasificamos en categorías temporales para poder vivir en él. Es un tiempo que siempre ES, donde el ayer y el mañana se confunden con el hoy y no sabemos más cuál es uno y cuál es otro. ¿Podemos imaginarnos desplazamientos temporales en un tiempo así entendido, y que los acontecimientos se organicen como se organizan en nuestra realidad espacio-temporal? Las palabras del propio autor nos pueden responder: «Es un pueblo muerto donde no viven más que ánimas, donde todos los personajes están muertos, y aun quien narra está muerto. Entonces no hay un límite entre el espacio y el tiempo. Los muertos no tienen tiempo ni espacio. No se mueven en el tiempo ni en el espacio. Entonces así como aparecen, se desvanecen. Y dentro de este confuso mundo, se supone que los únicos que regresan a la tierra (es una creencia muy popular) son las ánimas, las ánimas de aquellos muertos que murieron en pecado. Y como era un pueblo en que casi todos morían en pecado, pues regresaban en su mayor parte. Habitaban nuevamente el pueblo, pero eran ánimas, no eran seres vivos” (Entrevista de Juan Rulfo a Joseph Sommers, publicada en Siempre! La cultura en México, núm. 1,051 el 15 de agosto de 1973).

Juan Rulfo recuerda en la citada entrevista al Excélsior de México, los comentarios sobre su novela vividos en su propio círculo literario: “Eliminé toda divagación y borré completamente las intromisiones del autor. Arnaldo Orfila me urgía a entregarle el libro. Yo estaba confuso e indeciso. En las sesiones del Centro [Mexicano de Escritores], Arreola, Chumacero, la señora Shedd y Xirau me decían: ‘Vas muy bien’. Miguel Guardia encontraba en el manuscrito sólo un montón de escenas deshilvanadas. Ricardo Garibay, siempre vehemente, golpeaba la mesa para insistir en que mi libro era una porquería”. Pedro Páramo remeció el círculo literario del autor, y hasta jóvenes escritores invitados a estas sesiones opinaron sobre él y la novela: “Coincidieron con él algunos jóvenes escritores invitados a nuestras sesiones. Por ejemplo, el poeta guatemalteco Otto Raúl González me aconsejó leer novelas antes de sentarme a escribir una. Leer novelas es lo que había hecho toda mi vida. Otros encontraban mis páginas “muy faulkerianas”, pero en aquel entonces yo aún no leía a Faulkner”.

Haya o no haya Juan Rulfo leído a Faulkner antes de la escritura de Pedro Páramo no tiene, a mi juicio, ninguna relevancia. Después de todo, como dijo Jorge Luis Borges hace décadas, “toda aventura individual enriquece el orden de todos y el tiempo legaliza innovaciones y les otorga virtud justificativa” (El tamaño de mi esperanza, 1926). Qué importancia puede tener entonces que la novela sea “muy faulkeriana”, si el mérito de una obra no se mide por la semejanza que pueda tener con otra en su estilo o en su temática. La crítica fue implacable con Rulfo, pero Emerson en sus Ensayos escritos en 1844, ya nos habla de que la similitud habida entre las obras literarias obedecía a una especie de espíritu superior: “Diríase que una sola persona ha redactado cuantos libros hay en el mundo; tal unidad central hay en ellos que es innegable que son obras de un solo caballero omnisciente” (cito por el ensayo de Borges La flor de Coleridge en Otras Inquisiciones, 1952). Lo relevante de la obra de Rulfo es que abre el camino al nacimiento de un nuevo tipo de lector en América Latina, no solo desde la estructura de la novela, sino desde el propio tratamiento de la novela mexicana como acontecimiento histórico. Así lo señala Carlos Fuentes en su libro La nueva novela hispanoamericana, México, 1969: «Había que esperar a que, en 1947, Agustín Yáñez escribiese la primera visión moderna del pasado inmediato de México en Al fino del agua y a que en 1953, al fin, Juan Rulfo procediese, en Pedro Páramo, a la mitificación de las situaciones, los tipos y el lenguaje del campo mexicano, cerrando para siempre –y con llave de oro- la temática documental de la revolución”.

Y se seguirá escribiendo sobre Pedro Páramo. Porque los libros clásicos no terminan nunca de contarnos todos sus misterios. Por eso son clásicos. Entonces, como ayer, Rulfo seguirá defendiendo la estructura de su novela: “Sí hay estructura en Pedro Páramo, pero es una estructura hecha de silencios, de hilos sueltos, de escenas cortadas, en la que todo ocurre en un tiempo simultáneo que es un no tiempo” (citado por Susan Sontag, Pedro Páramo, en Cuestión de Énfasis, México, 2007). Y las ánimas de Juan Preciado, Susana San Juan y Dorotea seguirán dialogando en sus tumbas contiguas, contándonos sus historias soñadas o no, y sus culpas, apareciendo y desapareciendo como los muertos de la Divina Comedia que acompañan a Dante, guiado por Virgilio, por cada uno de los círculos de su sufrido peregrinar por este mundo de muertos. Y alguien citará nuevamente a Jorge Luis Borges para reafirmar la grandeza de la novela: “La historia, la geografía, la política, la técnica de Faulkner y de ciertos escritores rusos y escandinavos, la sociología y el simbolismo, han sido interrogados con afán, pero nadie ha logrado, hasta ahora, destejer el arco iris, para usar la extraña metáfora de John Keats.

Pedro Páramo es una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aun de la literatura” (Prólogos, 1988 en Obras Completas IV, 2000).

Pedro Páramo, como todos los clásicos, se encuentra en un tiempo y espacio sin fronteras, y permanecerá en ellos para que las futuras generaciones continúen indagando en los espíritus que lo pueblan, armando el rompecabezas de su estructura narrativa que tanto confundió a los críticos literarios, lectores avezados y agudos, y también a los otros, a aquellos que como náufragos a la deriva, entraron a sus lacónicas y poéticas aguas y no pudieron salir más de ellas.

Como yo.

 

 

Imagen portada: Busto de Rulfo en el Parque Juan Rulfo en Ciudad de México – Carlos Perez Chavez – wikipedia.org

 

 

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Alejandro Carreño T.

Profesor de Castellano, Magíster en Comunicación y Semiótica y Doctor en Comunicación. Académico en Brasil y en su Chile natal. Columnista y ensayista. Lleva adelante en Youtube su canal “De Carreño a los libros”, donde aborda temas de Literatura, Educación y Cultura.