¡Rompan Todo! La Santa Ola Ya llegó, güey…

Esta Historia del rock en América Latina, se estrenó el 19 de diciembre, y en diez días ha generado un cúmulo de reacciones tan diversas como los artistas, lenguajes y estilos que se presentan cobijados bajo el manto chicloso llamado “Rock”, en el lenguaje de su productor.

Luego de verla, quedan pulsando un par de impresiones, no tanto sobre la “historia” en sí, ni sobre la importancia cultural del rock en los últimos 50 años, sino sobre algunas características de un relato liviano, y más bien descafeinado.

La primera impresión es que ni la edición, ni el libreto logran sostener ninguna de las tres enormes claves con las que se anuncia; lo cual es una pena, porque los detalles técnicos son perfectos, la lista de invitados en calidad de entrevistados y cronistas es extensa y abarca músicos de Argentina, Colombia, Chile, México y Uruguay. Además de algunos españoles y Mr. David Byrne (ex Talking Heads) que funge como “gringo influyente en lo musical e informado en lo cultural que le da cierta seriedad intelectuosa al asunto”.

Los problemas inician desde el subtítulo: “Historia del Rock en América Latina”. En primer lugar, Historia en singular, no deja de ser leído como La historia (¿oficial?) de lo que se relata. No una historia, no una crónica, no una versión, sino la historia.

Los problemas continúan, ya que toda historia exige y toma definiciones, decisiones lingüísticas, culturales y políticas. Cada palabra cerca un fenómeno y establece lo que queda por dentro del mismo, y lo que no logra jamás romper las fronteras de lo ya establecido. Esto nos deja frente al segundo asunto; Rock es en este relato un término paraguas, bajo el que cabe cualquier personaje que se cuelgue una guitarra eléctrica.

Lo único que tienen en común Manal, los Saicos, y Julieta Venegas es que hablan en alguna versión del español (o castellano, como dicen varios) y que en su música puede escucharse la tríada fundamental, guitarra, bajo y batería.

Con esos parámetros, después de ver los seis capítulos a uno le queda la sensación de que en el mundo Santaolalla, Mirtha Legrand con una telecaster colgada de sus hombres, sería rock… Y eso plantea algunas dificultades. De Sui Generis a Los prisioneros, pasando por Aterciopelados, todo es rock, y todo es rock latino.

Tercer problema, lo latinoamericano. O bien Os Mutantes, Paralamas, Titás, Cazuza y Raúl Seixas nunca hicieron rock, o bien no son latinoamericanos. Porque para el relato latinohemipléjico de San Gustavo, Brasil no es Latinoamérica. Así que nada de Mamonas Assasinas o Chico César, ni Cassia Eller, ni Fernanda Abreu, ni Raimundos. Eles simplesmente falan uma outra linguagem. Puta que pariú.

En la superficie del triángulo dado por el uso conjunto de tres nociones cada una de las cuales resulta más complejas que definir una aglomeración para la nueva legislación uruguaya, todo va a depender de la buena voluntad del policía a cargo. Y Santaolalla se comporta como un agente complaciente, sobre todo con su propio relato.

A cuenta de muchas más, algunas observaciones, de un muestrario inabarcable. Pappo fue un fulano que tocaba la guitarra como Hendrix, allá por inicios de los 70s, y nada más. Jamás se dio el gusto de ser invitado por BB King, ni menos aun fundó Riff, porque el metal no es parte del rock latinoamericano, salvo por el hecho de que un joven Juanes, antes de ponerse la camisa negra cantó en Ekhymoxis, una banda de trash de Medellín.

Billy Bond (el mismo al que Charly le dedicara Mr. Jones, cuando la gente de la pesada del rock and roll sostenía que esos flacuchos con un piano y una flautita no hacían rock) dice como al pasar que Santaolalla y León Gieco son algo así como los eslabones perdidos entre el rock y el folk en Argentina, y por allí aparecen pistas.

Veamos solo una, que para muestra basta un botón. Al referirse a la dictadura argentina (cuyo único pecado parece haber sido la locura de Malvinas), León relata cómo en 1978 un coronel lo encierra en su despacho, saca un arma, le apunta y le dice que lo va a matar si vuelve a cantar Solo le pido a Dios.

Cuando Santaolalla habla sobre la misma dictadura hace dos declaraciones. La primera es una mención sobre cómo en 1975, la policía se veía obligada a vallar ambas esquinas en las comisarías para impedir que autos transitaran frente a las puertas, porque a veces, algunos extremistas, disparaban desde sus autos contra los abnegados defensores de la seguridad. La otra, es -por supuesto- que la dictadura era mala “te podían meter preso por usar el pelo largo”. Se ve que fue una dictadura estética.

Cuando se repasa el trabajo de Serú Girán suenan dos temas, el que da nombre a la banda, y Eiti Leda. Ni hablar de temas como Canción de Alicia en el País o Encuentro con el Diablo, la canción que hicieran sobre su almuerzo con Videla. ¿Qué necesidad de mostrar que el rock puede tener un peligroso filo politizado? A propósito, Charly no grabó nada luego de Serú, según esta historia. O sí, claro, grabó Clics Modernos luego de haber escuchado a Los Twist…

Por su parte, Spinetta, el mismísimo flaco Spinetta se retiró de la música luego de Almendra y su muchacha ojos de papel. Jamás estuvo en Pescado Rabioso, ni en Spinetta Jade, o Los socios del desierto. Silencioso el rosarino en esta historieta.

En Uruguay (cuyos números ridículos no pasan de ser una nota al pie en cualquier planilla excel de ventas) Ruben Rada no es más que un testigo de lujo de la carrera de su amigo Fattoruso en Los Shakers.

Nunca estuvo en El Kinto, ni grabó con Opa. No formó parte del Candombe Beat (que tampoco existe para esta historia), no tuvo el éxito tremendo que tuvo en Argentina en los 70s y los 80s.

En cuanto a los Fattoruso, bueno, pues ellos tampoco hicieron Opa, tampoco fueron admirados por gente como Chick Corea, ni produjeron un par de discos de esos que venden poco pero influencian a mucha gente. Es que en una eventual historia del rock anglosajón, con el criterio de Rompan Todo, entraría Abba, pero no habría sitio para la Velvet Underground. Una cuestión de mercados ¿entiendes, carnal?

***

En el final del capítulo 1, San Gustavo da una de esas pistas involuntarias de lectura. Según dice, a mediados de los 60s en argentina, se produjo una primera fractura en el mundo de del rock porteño. De un lado quedaría el rock progresivo, del lado de Los Gatos, Almendra y Manal, y en un lugar cada vez más lejano, un rock o música “comercial”, del lado de La joven guardia. Música comercial o “complaciente” se le llamó, dice Santaolalla.

Y eso es lo que ofrece la serie documental, una versión complaciente y absolutamente descafeinada de una música que parece no tener filos ni riesgos, que nunca se mete en la crítica política o social, que no es la expresión musical de muchas formas de resistencia. De hecho, parece haber sido más dañino Escobar que Videla o Pinochet. El problema más grave del contexto latinoamericano es la corrupción de sus gobernantes. ¿Será que Netflix se ve en USA?

Así, en América Latina no hubo más punk que la canción Represión de Los violadores. Porque a Uruguay el documental no entra más que para entrevistar a Rada sin preguntarle por sus cincuenta años de música, sino para hacerlo recitar listas anodinas de algunas grabaciones mexicanas y argentinas a las que se accedía en los 60s “los teen tops, el club del clan”. Y eso es el Uruguay, además del enano de la Vela, repitiendo que él también pensó que los Shakers eran los Beatles.

De la misma forma en que el capítulo dedicado al Punk en “7 ages of rock” (BBC – VH1, 2007) aborda el movimiento como un diálogo entre la Londres de Sex Pistols y The Clash, y la Nueva York de Patti Smith y los Ramones, toda la serie se vertebra sobre el eje Buenos Aires – Ciudad de México (sobre todo El Tri, Botellita de Jerez, Caifanes, Café Tacuba y Molotov, además de las menciones a Control Machete).

Siguiendo ese eje, los mayores exponentes del rock latinoamericano son Soda Stereo y Maná. De la enorme distancia que existe entre la poética de Cerati y su permanente investigación sonora y la repetición ad nauseam de la misma fórmula por parte de los mexicanos más aburridos del mundo del rock, no se dice nada. Ambos llenan estadios, ambos son igual de grandes.

El omnipresente productor de la serie, se presenta como creador de la New wave en Argentina, o un ser con una oreja especialmente dotada para captar por dónde va lo nuevo. No de casualidad, los últimos cinco minutos se visten de 8M para mostrar todo el potencial que ellas le pueden aportar a un género en hibernación…

Para cerrar con las pálidas, loco, un par de reconocimientos que se imponen más allá de que el problema de Rompan Todo no sea qué ingredientes le meta un productor a un disco de rock, sino cuántas voces deja fuera de la historia. Pocos, y breves, pero Abuelos, Sumo y Redondos tienen sus minutos, lo cual puede llevar a alguna oreja curiosa a investigar en redes y plataformas, así como mis orejas han sido sacudidas por la visita que le estoy haciendo a la Maldita vecindad o a Bomba Estéreo; que nunca es tarde para descubrir nuevos sonidos viejos.

 

 

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Edh Rodríguez

Edh Rodríguez

Edh Rodríguez: Licenciado en educación, docente en formación docente. Publica habitualmente en Viciados de Nulidad la columna Mensajes Encriptados. Ha publicado artículos académicos sobre educación y psicoanálisis. Publicó Relato de un viaje en ómnibus en la obra colectiva Malestares en la ciudad (2016)