Este jueves 9 se estrena Letras robadas, título local de Power Ballad, la nueva película de John Carney, y lo primero que tengo que decir es que es una linda película musical. De esas que se miran con gusto, que entretienen, que tienen humor, canciones, personajes queribles y una historia que avanza sin hacerse pesada. Pero también es de esas historias que, por debajo de su tono amable, te dejan pensando en cosas bastante menos livianas. Porque Letras robadas habla de música, sí, pero también habla de creatividad, de autoría, de inspiración, de confianza y de algo que pasa mucho más seguido de lo que nos gustaría admitir: mostrarle algo propio a alguien en un momento de apertura, de entusiasmo o de vulnerabilidad, y que esa otra persona termine apropiándose de tu idea.
La historia sigue a Rick, interpretado por Paul Rudd, un cantante de bodas en decadencia, él no es una estrella, no tiene fama, ni una gran carrera. Canta en bodas, sobrevive como puede y carga con esa frustración de quien sabe que alguna vez quiso más, pero la vida lo fue acomodando en un lugar bastante más mediocre que el soñado. Del otro lado está Danny, interpretado por Nick Jonas, una exestrella de boy band que tuvo éxito, visibilidad y reconocimiento, pero que ahora también necesita volver a ser alguien dentro de la industria. Cuando coinciden en una boda, Rick le muestra una canción a Danny en un momento de confianza. Lo que parecía una conexión genuina entre dos músicos termina convirtiéndose en una traición: Danny la transforma en un éxito y deja a Rick fuera del crédito que merecía.

Y ahí está, para mí, lo más interesante de la película, porque el conflicto no es solo “me robaste mi canción”, es algo un poco más profundo, la pregunta que queda flotando es: ¿dónde está realmente el talento? ¿En quien tuvo la idea? ¿O en quien tiene los medios para transformarla en un éxito?
Rick era un desconocido, un tipo talentoso, pero sin llegada, alguien que podía componer algo valioso, pero que no tenía la plataforma, la imagen ni el lugar necesario para que eso importara. Danny, en cambio, tenía todo lo que Rick no tenía: nombre, contactos, experiencia en la fama, una figura reconocible y una estructura capaz de hacer circular esa canción. Entonces la película toca una fibra bastante incómoda: muchas veces no alcanza con tener talento si no tenés quién te mire, quién te escuche o quién te habilite la entrada.
Esto es algo que va mucho más allá de la música, pasa en el cine, en la escritura, en el periodismo, en el arte, en definitiva en cualquier espacio creativo. Hay personas con ideas buenísimas que quedan dando vueltas en los márgenes, mientras otros, con más contactos o más visibilidad, logran convertir esas mismas ideas en algo exitoso. Letras robadas juega con esa injusticia sin dejar de ser una película entretenida.
También hay algo muy doloroso en el hecho de la confianza rota, porque una cosa es que alguien te robe una idea de manera fría y calculada y otra es que eso pase después de una noche compartida, de una improvisación, de un momento en el que bajaste la guardia y mostraste algo tuyo. La canción no es solamente una canción, es una parte de Rick, es la prueba de que todavía había algo en él que podía funcionar y lo terrible es que eso recién se vuelve exitoso cuando lo canta otro.
Por eso Letras robadas no habla solo de egos heridos, habla de reconocimiento.
Y no es casual que detrás de esta historia esté John Carney, director irlandés que ha construido buena parte de su cine alrededor de la música. En sus películas, la música suele ser una forma de decir lo que los personajes no pueden poner en palabras. Antes de dedicarse al cine, Carney fue bajista fundador de The Frames, una banda irlandesa liderada por Glen Hansard. Tocó y grabó con ellos entre 1990 y 1993, antes de dejar la banda para dedicarse al cine y la televisión.
Que Carney haya estado tan dentro del mundo musical cambia mucho la forma de mirar su filmografía ya que no filma músicos desde afuera, conoce ese mundo, tiene experiencia en lo que es una banda, los ensayos, la inspiración que aparece de golpe, la frustración, el ego, las ganas de ser escuchado y también la diferencia brutal entre tener talento y lograr que ese talento llegue a algún lado.
Su película más conocida es Once, estrenada en 2007, donde dos músicos se encuentran en Dublín y construyen un vínculo a través de las canciones. Además, el protagonista de Once es Glen Hansard, líder de The Frames, la misma banda en la que Carney había tocado. La película ganó el Premio del Público en Sundance y luego tuvo una vida enorme, incluso como musical de Broadway. Después vinieron Begin Again, Sing Street y Flora and Son, todas distintas, pero atravesadas por una misma idea: la música como lugar de encuentro, de escape o de reparación.
En Begin Again, la música se cruza con la industria, la fama y las segundas oportunidades.
En Sing Street, un adolescente arma una banda para escapar de una realidad difícil, pero también para inventarse una identidad. Y ahí la conexión con la vida de Carney es directa: él mismo contó que la historia era bastante autobiográfica, porque también formó una banda escolar y eso le sirvió para enfrentar el bullying, llamar la atención de sus padres y acercarse a la chica que le gustaba.
En Flora and Son, la música vuelve a aparecer como puente, esta vez entre una madre y un hijo que no logran encontrarse de otra manera. Carney contó que la película tenía inspiración personal, vinculada a su relación con su madre y a sus propios años adolescentes.
Letras Robadas vuelve sobre una de las grandes obsesiones de John Carney, sus personajes cantan, componen o tocan no solo porque aman la música, sino porque necesitan encontrar un lugar en el mundo. Esta vez, ese lugar se disputa a través de una canción.