
Un camino de suplicio ajeno
había desandado el costal de yerba
hasta las despensas atiborradas del palacio.
¿Qué ocurriría si, como por arte de magia, una casa hablara? ¿Cuántas veces hemos oído: Si estos muros hablaran…? Ojo, que acá las paredes escuchan.
Lo que ocurre, si lo relata la argentina Selva Almada, es que el mundo cobra una dimensión mágica, maravillosa. La historia palpita, se retuerce como rama de espinillo, se esponja como el arroyo cuando llega la creciente, se vuelve intensa y vital como el primer mate o el primer cigarro… El paisaje se puebla de vivos y muertos que conviven en un mismo plano como si el mundo de Rulfo o el de García Márquez abandonaran el trópico rocambolesco y siempre atiborrado de barroquismos y seres sobrenaturales, y se ubicara por un momento en este sur habitado de talas, chañares, blanquillos, ñandubays y virarós. La luz se cuela entre ramas escuetas, retorcidas, duras, llenas de espinas, frutos dulces y momentos tan cotidianos como sorprendentes.
El relato sigue la historia de una casa brotada de la tierra misma, a fuerza de estacas, adobes y una porfía que convierte el refugio nocturno del primer momento en un hogar con dormitorios, estar, cocina y galería donde sentarse a tomar mate tras una jornada entera de trabajar sudando a chorros como un animal.
El mundo es presentado por la voz de la casa. Una voz cargada de poesía. El monte nativo, el espinal, respira al compás de los fuelles de espíritus siempre inquietos, siempre llenos de habladurías, de pullas, de una sexualidad salvaje y brutal que se juega la suerte en una tirada de taba. El arroyo es un animal del que no conviene fiarse, la gallina colorada parece querer entender todo, el tala “vanidoso, pierde el pelo pero no las mañas”. El hambre azota cuerpos flacos, descalzos, semidesnudos, llenos de cicatrices de guerras donde no importa el bando ni la divisa, los pobres de la tierra, siempre pierden.
La casa parlante tiene su propia escala de valores. Desconfía de patrones y policías -esclavos fieles- a las órdenes del estanciero panzón que paga vino barato y carnes que se asan y se comen como el tesoro que son. Sabe que hay dos clases de hombres: los que leen mapas y fraccionan parcelas en los papeles, y los que conocen cada hondonada de un campo siempre ajeno. Ha visto llegar y partir mil desdichados, ha presenciado peleas a punta de facón, sabe del olor a pólvora y del miedo que desata el malón cuando cae sobre el enemigo.
También sabe y es testigo de guerras, barbarie, muertes, desapariciones e impunidad. La muerte de Rosas, la familia de Lucero que se va para jamás volver, retroexcavadoras que pocean parcela tras parcela buscando algo que no sabemos ¿cementerios clandestinos?, acontecimientos que emergen como la gramilla, siempre pegada al piso, siempre presente, siempre extendiendo sus raíces hasta cubrirlo todo.
Ella, que gusta de leer con Levrero, dice que la literatura es imagen y que al menos hasta la mitad de la novela, el texto es alucinógeno. Priman las luces, los brillos, los objetos recortados y resaltados en imágenes de una pregnancia poderosa, atrapante. La escritura de Selva Almada es precisa, bella incluso cuando trata temas durísimos. El tránsito se vuelve puro placer de lectura, donde el ritmo camina sin tropiezos, como en una banda bien afiatada.
La segunda mitad hace sitio a una acción vivbrante, oscura, llena de silencios y supuestos, que como toda la buena literatura agita en el lector fantasmas, ideas y verdades escuchadas a medias en la duermevela cotidiana. La tensión, trabajada a fuego lento, sube hasta lo indecible.
Una casa sola es un libro al que volveré, como se vuelve al río de la infancia, a las eternas conversaciones nocturnas de la adolescencia, o a las caminatas pobladas de palabras con ella. Almada ha construido un mundo que como las llanuras manchegas o los mangales de Macondo, es un universo en el que uno puede habitar, y seguir en pie, “como esas viejas muy viejas: de puro empecinadas nomás”.














































