
El sábado 1 de junio 2024 Nico Sorín presentó en la Sala Zitarrosa el espectáculo Piazzolla Octeto Electrónico, espectáculo que emula al homónimo que Astor y su octeto presentaron en el Olympia de París en 1977. Esa formación tenía una energía y un aire de rock que son los ingredientes que sedujeron a Sorín a la hora de armar su versión. En la gacetilla de prensa de este espectáculo Sorín afirma:
La primera vez que escuché el octeto electrónico de Astor me recordó́ al espíritu rockero de bandas como Deep Purple o Pink Floyd. A la hora de reversionar al gran maestro, la palabra que me venía a la mente era ‘irreverencia’. Creo que no hubo artista más irreverente que Piazzolla y, con esa premisa y el respeto que su música merece, me armé de un grupo de siete irreverentes para homenajearlo.
Nacido en la ciudad de Buenos Aires en 1979, egresado del Berklee College of Music de Estados Unidos, Sorín ha dirigido la London Session Orchestra, la Orquesta Sinfónica de México’ y la Henry Mancini Orchestra. Es un apasionado por el cine, ha compuesto bandas sonoras para numerosos filmes argentinos. Ganó el Premio Cóndor y fue nominado en cuatro oportunidades como productor para los Latin Grammy.
También desarrolló su veta roquera con Octafonic, con quienes en 2013 ganó el Premio Gardel a mejor banda de rock y banda revelación.
Este espectáculo se presenta mensualmente en Niceto y ha recorrido países como Chile, Brasil, México y España. Finalmente, el 1 de junio fue el turno de Uruguay.
El show abrió con una secuencia de sonido programada, el primero en ingresar al escenario fue Sorín, a él se fueron sumando, de a uno, el resto de los músicos que bajo el aplauso del público iban sumando su instrumento. La presentación se mantuvo hasta que el bandoneón de Federico Santiesteban inició las inconfundibles notas de «Libertango», esa obra que en televisión se hizo famosa como cortina de Los simuladores.
Desde el comienzo, Nico Sorín demuestra su enérgica y apasionada forma de dirigir a los siete músicos que lo acompañan, tras poco más de siete minutos de música el público está en el bolsillo, el aplauso es fuerte y asoman algunos ¡viva!
El espectáculo tiene un fuerte componente de percusión, de hecho, tres de los siete se desempeñan en este rubro, Marcos Cabezaz en marimba y vibráfono, Santiago Vázquez se mantiene agachado en el piso del escenario haciendo sonar todo lo que puede hacer sonar, ruidos y ruiditos, efectos y estruendos, delicadezas o altas dosis de energía, lo que pida el tema erupciona desde allí. Quizás un capítulo aparte merezca Rodrigo Gómez, el baterista, que parece salido de una de las entregas de Mad Max, por momentos grotesco y por momentos genial desde su imagen a la energía que pone en el escenario, ya sea para tocar o para pedir el aplauso del público. Son la batería de Rodrigo junto al bajo de Franco Fontanarrosa los responsables del comienzo de «Meditango». Sorín dirige a la banda, pero en determinado momento también integra al público. Mientras, desde la percusión nace un acompañamiento de música industrial que se alterna con la voz de la platea que sigue las directivas de Nicolás.
Dos temas, veintidós minutos de música y por primera vez Sorín se dirige al público: Arrancó el stand up, afirma, y se toma el tiempo para agradecer y aclarar, a quien no lo sepa, que este es un show que reinterpreta a modo de homenaje la actuación de Piazzolla en París. El reto, afirma, es modernizar una música que ya era muy moderna en su época y agrega que Astor es uno de los músicos más importantes que ha dado la Argentina y cree que en un par de siglos su música seguirá disponible en las formas de escucha que existan. Que hable ahora no es casualidad, en el concierto del Olympia, fue en ese momento que Astor le habló al público y presentó la banda, por lo que Sorín, como buen hombre de cine, se ciñe al guion.
El siguiente tema es «Zita», su comienzo con los accesorios de Santiago Vázquez parece una performance de los Stomp hasta que se suma la guitarra de Aldana Arguen, pero el tango llega, como no puede ser de otra manera, de la mano del bandoneón. Presenciando el show es imposible dejar de pensar en lo desconcertante y maravilloso que debió haber sido aquel, el de hace casi cincuenta años. Aldana solea, la percusión le otorga un cable a tierra, allí se posa, desde allí despega.
El delicado piano de Andrés Beeuwsaert inicia la apertura del tema tal vez más emblemático de Piazzolla, la introducción se alarga, pero un par de notas lo delatan, esas que son inconfundibles, las de «Adiós Nonino», el tango lamento-homenaje que compusiera Astor tras la muerte de su padre Vicente Piazzolla. El hombre que acompañó a Gardel por las calles de Nueva York y que siempre creyó en el talento de su hijo falleció en 1959, mientras Astor estaba de gira por Centroamérica, exactamente en Puerto Rico. En octubre de ese mismo año, ya en Nueva York, compuso este tango que consideraba el mejor que hizo en su vida. En la interpretación se cuelan unos sonidos, que emulan a cierta música caribeña, en mi cabeza por un instante suena «La Negra Tomasa», la canción cubana que conocí a través de los Caifanes. Conociendo la historia de Adiós Nonino no creo que estos acordes estén por casualidad. La belleza en su modo más triste, la rabia y la desazón suenan así, no hay duda alguna.
Prosiguen con «Violentango», la percusión es frenética, el sonido del bandoneón vuelve a apoderarse de la escena, es el que trae a Astor al escenario. Sorín dirige, dispara sonidos, secuencias desde su teclado, las percusiones dialogan, se complementan, compiten en el que tal vez sea el momento más roquero de la noche. Crece la intensidad y se suman las palmas del público, un instrumento más que Nicolás suma y dirige.
El recital se cierra, Sorín vuelve a presentar a los músicos y aclara que el repertorio de París terminaba con este tema, pero que en Montevideo se pueden sumar algunos más y propone hacer «Michelangelo 70», en versión Batman. El tema que desde su nombre homenajea al club donde Piazzolla se presentaba con su quinteto mantiene la energía y el ritmo acelerado de la versión original, pero algunas sutilezas en el teclado, la ausencia de violines y la preponderancia en algunas partes del vibráfono y de la percusión le dan otra fisonomía.
¿A dónde viaja uno cuando escucha esta música? Sorín tiene la visión de la foto de una revista, un señor de short en las costas de Punta del Este, en la foto se ven otras cosas, el director nos invita a su viaje y a que emprendamos el nuestro.
El recital va llegando al final, estamos en los bises y es el momento operístico de Piazzola, primero suena «Fuga y misterio», compuesta para la operita María de Buenos Aires, de 1968. El final de la canción nos ofrece a Sorín cantando en la Fuga como uno lo haría en la ducha, siguiendo la melodía del bandoneón con su voz, en el cierre le pone voz a otro clásico, esta sí una canción, sin dudas la más conocida de Piazzolla, «Balada para un loco», con letra de Horacio Ferrer, que inmortalizara la voz de Goyeneche o de Amelita Baltar. Al recitado inicial se le suma el teclado y la melancolía del bandoneón, hay un breve ritmo reagge en la guitarra y la percusión, para volver a las delicadas líneas del piano acompañadas de los ruidos y ruiditos de Sebastián y el bandoneón, siempre como la figura que prepondera, nuclea y da sentido a todo lo que pasa en el escenario.
En la platea la mirada es atenta, se clava en los músicos y sus instrumentos, la comunión es total, la hipnosis funciona y es difícil romper el trance, pero se rompe con la última nota y sobreviene un aplauso que invade toda la sala, in crescendo se suman bravos y silbidos de aprobación. Desde el escenario los músicos saludan, la misión está cumplida, el espíritu de Piazzolla ha vuelto a sobrevolar Montevideo.
Ver esta publicación en Instagram











































