
Montevideo Calling
Nacidos para molestar, de Hugo Gutiérrez
El libro es tan punkie como puede serlo un libro del siglo XXI. Las páginas han sido deliberadamente dejadas a medio corte. La guillotina de la imprenta dejó uno de los bordes sin visitar. Do it yourself. Separé las páginas de mi ejemplar con un Tramontina serrado. Marqué el libro con mi torpeza antes de empezar a leerlo. A punta de cuchillo, el texto se abre paso entre la maraña de recuerdos, fotos, músicas y recitales a los que nunca fui, pero se sienten tan propios como el vino en el cordón de la vereda o el mate de cada mañana.
Un puñado de los nacidos en la década del 70 llevamos en algún oscuro rincón del alma, la marca indeleble del punk inglés y sus derivas —de P.I.L a The Cure, de B.A.D a los Smiths—. Desde el brillo que se extingue en lo que dura un chispazo a los paisajes de agonía que, como una niebla viscosa, amortaja Montevideo. Ese puñado de gente errante, seguramente reconocerá en el libro de Hugo Gutiérrez surcos de cicatrices comunes.
Nacidos para Molestar es un grito montevideano que, como el cierre del Metal Machine Music de Lou Reed, propone una entrada sin salida a la espiral del eterno retorno de una generación que sigue sin poder hacer las paces con un pasado de horror que barremos bajo la alfombra. Ahí están para nuestra vergüenza las derrotas del 89 y el 2009, Verde y Rosado.
Un libro de tapas donde negro, verde y rosa conviven, como en la cubierta del London Calling o la del primer álbum de Elvis, un puñado de observaciones lúcidas, descarnadas y corrosivas sobre el nuevo desorden mundial, presentadas como un conjunto de memorias, confesiones y recuerdos que siempre mienten un poco. Un ejercicio de escritura sobre un mundo tan personal como compartido.
Su escritura es la del testigo y, a veces, protagonista de acontecimientos que jamás entrarán en las historias oficiales. Memorias destinadas al boca a boca de las leyendas urbanas. Quien escribe da un testimonio de la resaca que dejó aquella tormenta demasiado breve, que va desde los primeros ensayos de Los Estómagos, hasta su despedida el 25 de agosto del lejano 1989.
Hugo Gutiérrez dice ser fisioterapista, baterista y compositor de La sangre de Verónika, quintaesencia del under montevideano. Autor y protagonista, no propone un ejercicio de nostalgia bobalicona como la de los 24 de agosto, no elabora una hagiografía de Teflón, Berhau, Otero, o las más conocidas duplas Nattero – Casanova o Parodi – Peluffo. No se solaza en un discurso pedagógico acerca de cómo “todo tiempo pasado fue mejor”, ni se detiene en la apología del No future criollo. Pero es con todo eso que propone un ejercicio de memoria que para ser colectiva, necesita ser dicha en nombre propio.
Recuerdos poblados de documentos, afiches, fanzines, cubiertas de vinilos y cassettes, entrevistas informales, charlas que si no ocurrieron están bien contadas. El desfile es compacto. Enrique Symns, el del “breto y los ojos grises” que nos presentaran los Redondos en el Blues de la artillería, Luca —como un hermano mayor o un primo cómplice— presentando los bordes filosos de la ciudad de la furia a los recién llegados, porque esa es su forma de cuidarlos…, Renzo Teflón, ya cercano a su muerte, revisitando una entrevista de hace treinta años… son algunas de las joyas que engalanan la corona de los reyes sin reino, aquellos que supieron encarnar el desencanto de ser joven en los ochentas, cuando todo era intenso, eterno y fugaz.
Porque, aunque cueste decirlo, de eso se trata este otro libro sobre el rock pos dictadura. Es el testimonio duro, gris, filoso, de uno de los tantos que se animaron a alzar la voz en nombre propio, y sin quererlo se transforman en la voz de una generación sin épica. Nacidos para perder, nietos de inmigrantes, hijos de una dictadura, y sin embargo… con un par de verdades gritadas a los cuatro vientos en una aldea que dice que alguna vez fue ciudad.
La prosa de Gutiérrez es directa, llana, rinde muchísimo —cuando no se detiene en adjetivos— y propone metáforas que pintan un tiempo ya perdido, que no deja de retornar como clave para leer, entender o al menos no resignarse a este presente continuo en el que vivimos desde que nos hemos zambullido en un mundo de celulares, reels y relato único sobre todo lo que vivimos.
Hay una lectura opresiva del mundo, mucho Greil Marcus —Rastros de carmín es una referencia obligada, aunque no se nombre—, mucho Orwell, mucho Reynolds, —cuyas críticas del mundo del pos punk parecen marcar el pulso de los textos en que se realizan jugosas críticas de discos que poca gente escucha, pero dejan marcas—. Hasta aparece algún disco que jamás vio la luz. Más punkie, imposible.
Como en una autobiografía no oficial, llevados por una banda de sonido demoledora, y una estética de ropas negras, pasamos de las memorias de adolescencia a la intimidad de las confesiones más intensas cuanto más nos acercamos al presente. Las últimas páginas se pueblan de las despedidas más definitivas, los abrazos nunca dados, las confesiones jamás hechas. Ya no estamos en San Felipe y Santiago en los ochenta, sino en Londres de 2020, vaciada por el lock-down impuesto en nombre del Covid.
La ciudad de los Clash que pinta Gutiérrez parece haber salido de una distopía en la que la hija de Ian Curtis se sienta a conversar con el protagonista sobre su padre, o Don Letts se toma un café con un desconocido que dice venir de la tierra purpúrea de Hudson.
Nacidos para molestar es, porfiadamente, un viaje musical, cinematográfico, una invitación a hurgar las memorias siempre a punto de perderse de aquel puñado de adolescentes, jóvenes, propios y extraños que crecieron en medio de la barbarie gris de la dictadura, creyeron ver brotar flores en medio del asfalto y más de una vez se apresuraron a cortarlas para llevarlas a sus propias tumbas que intuyeron cercanas, abiertas y esperando.
Ese puñado de gurises que encontraron en dos acordes distorsionados, la fuerza para gritar que la vida puede siempre ser otra cosa. Aunque no haya podido serlo. Así que deje esta reseña, no le busque spoilers y razones, consiga el libro, ingénieselas para abrirlo, y busque. Algo late allí esperando su lectura.
















































