El artista elegido para estar presente en la fiesta de apertura de la final de la Champions League, entre el Borussia Dortmund y Real Madrid fue Lenny Kravitz, quien está lanzando la gira mundial de su último álbum “Blue Electric Light“.
La performance de este artista -que uno no sabe si llamarlo músico o modelo de pasarela- dejó en evidencia algunos temas. Qué sucede si tomo un género y lo pervierto hasta la caricatura? Qué ley me ampara – más que la de una maquinaria publicitaria – para vender una sustancia que no es, una música que suena falsa y que solo apela a la imagen? El play back de Kravitz fue doloroso. La complicación notoria de amplificar un estadio como Wembley está fuera de discusión. No es un ámbito natural para hacer música. Pero si vas a hacer playback, por lo menos que no se note. Todo lo de Kravitz es físico. Vestuario. Peluquería. De música ni un fragmento de sus hermosas dreadlocks de estilista.
El “rock” industrial entonces, toma los movimientos corporales (a estas alturas ridículos), la fachada, lo externo, que debiera ser una expresión fundada en un sentimiento interior. Cuando un cantante excepcional como Robert Plant entregaba su sensualidad en un concierto, estaba acompañando el movimiento de su alma, en un gesto animal que devenía del hecho musical mismo y no a la inversa. En Kravitz la música es un accesorio. Podría sonar cualquier cosa detrás y no importaría. En la materia inerte en la que trabaja nuestro artista, se posiciona buena parte de la Cultura de este siglo. Una impostura que tomamos como valedera. Y pobre del que lo critique; paredón o infierno. Mientras tanto, los Kravitz del mundo siguen de lo más campantes y se enriquecen. Kravitz es un síntoma de cómo la música se dirige hoy: no importa lo que suene mientras se vea lindo.










































