No existe una obra mayor en la historia de la música popular occidental. Ningún grupo ha podido empardar esta genialidad. La genialidad es producto de una individualidad, es algo hasta privado e intransferible. Aquí estamos hablando de una genialidad en grupo, pues no solo fue la canción máster escrita por John (el puente fue una de Paul, inconclusa, que encajaba perfecto), sino la cabeza arreglística y de productor de McCartney, y la asociación de dos figuras tan importantes como ellos: George Martin y Geoff Emerick.
Estamos hablando de seis cabezas geniales en una, contando a George y Ringo. Es una monstruosidad. No sé nada de sonido pero es evidente que la tecnología de la época -que era de punta- se quedó corta para la tarea. A Paul se le ocurrió meter una orquesta sinfónica en el estudio para hacer un acorde. UN ACORDE. George Martin casi se suicida. Los dueños de EMI, se suicidaron. Cuando Paul le explicó a Martin lo que pretendía, el veterano músico creyó que el joven había enloquecido o que todo era producto de sustancias alucinógenas.
Paul puso coordenadas bien claras: cada músico de la orquesta- sin importar su grupo instrumental- debía tocar un glissando desde la nota más grave a la más aguda, sin ritmo; cada cual de manera aleatoria.
Los propios músicos tardaron en entender lo que se quería, acostumbrados a tener sus partes escritas, pero aquí no había nada. Era una improvisación y debía ser en toma uno, y esa fue la proeza. Paul era asiduo a los conciertos de música contemporánea y de allí sacó la idea que trajo a los Beatles, demostrando su apertura y su inteligencia para hacer congeniar mundos tan opuestos. En el final la orquesta tocó el famoso acorde junto a tres pianos al unísono. Si uno escucha con auriculares se pueden oír pasos. Son los de Ringo yéndose de su lugar en la batería. Quedó así para la posteridad.














































