Cuando yo era niño mi casa era nueva. Toda ella. Luego de mucho ahorrar mi padre compró el terreno y fue construida desde los cimientos. Mi madre eligió el diseño de su cocina a partir de una foto que vio en la revista “Para Ti”, los azulejos negros del baño eran una novedad para la época y así con el resto. Fue la primera casa que tuvieron. Antes, como joven matrimonio que eran, vivían casi de prestado. Mi viejo tenía dos trabajos; uno en el juzgado de la ciudad y el otro recorriendo el este vendiendo levaduras y otros productos de Fleischmann en su auto.
Mi madre, además de ocuparse de la casa, trabajaba como costurera. Pero el esfuerzo valió la pena. Sus amigas le decían que tenía una cocina de revista. Los vecinos bautizaron a nuestra casa “la bonita”, como si sus casas no lo fueran a su modo.
Allí despertó mi conciencia. Supe que para un lado quedaba la plaza principal de Treinta y Tres y para el otro lado el cuartel. De allí todos los sábados salía la banda militar y en su desfile pasaban frente a mi casa. Al frente iba el director, todo uniformado él, sacudiendo durante todo el recorrido un largo bastón metálico envuelto en hilos colores. Lo tiraba al aire y cuando lo recogía lo giraba y con un movimiento brusco y ensayado se daba un puntazo en el pecho. A continuación retomaba esa rutina marcada por el ritmo decidido de los metales y los redoblantes detrás de él. El desfile terminaba en la 19 de abril, la plaza.
La tropa subía por la escalinata al monumento de mármol rosado en cuyo interior estaban los restos de Juan Rosas, uno de los 33 orientales, y ofrecían un recital de temas populares adaptados a la sensibilidad popular media de un pueblo que transitaba la mitad de los años 60.
Los niños nos amontonábamos sobre el borde de la vereda a verlos pasar. Sin abandonar jamás la vereda amarilla y limpia ni pisar el río prohibido del asfalto, de donde jamás volvía ningún niño, según los adultos. Estirábamos los cuellos para no perdernos cada detalle de esa ropa extraña y colorida y, sobre todo, para poder contar después si justo ese día el bastón metálico se le iba de las manos y caía. Nunca pasó.
Me entusiasmaban las espinas de sol brotando desde la sección de metales. Aunque todavía no sabía sus nombres, apreciaba la trompeta con su voz urgente, el trombón que sonaba como un tío borracho y sobre todo, la tuba, ese elefante dorado que cuando el hombre apoyaba su boca y soplaba en vaya a saber qué parte de su cuerpo parecía que nos levantaba del suelo con el sonido.
El río gris de la calle se ubicaba al sur de mi casa y era la compañía perfecta del lado norte, el fondo de casa, un jardín tapado por un espinoso piso de portland, interrumpido a intervalos regulares por canteros de rosas, campanillas, hortensias, claveles, bocas de sapo, plantas de maíz, de tomate, limoneros, pitangueros, una higuera y una gata esquiva bautizada Floribella por mi madre. Una barcina gris que se pasaba el día oculta en su jungla particular. Se la podía ubicar por las pirámides gemelas de sus orejas, apareciendo y desapareciendo desde distintos canteros sin que en ningún momento se la viera pisar el portland, como si hubiera encontrado pasadizos secretos que conectaban una pieza de tierra con otra.
La mitad del fondo lo cubría una parra, cuya cepa descansaba sobre armazón de hierro y columnas de portland, las mismas que usé una tarde –mis padres habían salido-, para romperme un diente cuando até una piola entre dos de ellas e intenté saltarla. Sin éxito.
Adentro la casa era fresca en verano y helada en invierno pues no tenía madera por ningún lado. Los pisos embaldosados abundaban en texturas, las paredes estaban pintadas con colores vivos, impolutos, pero si no fuera por la estufa a leña recubierta con piedra laja de la cocina los inviernos hubieran sido una experiencia penosa.
Había un gran garaje, lo suficientemente ancho y ordenado para que el auto con forma de cascarudo gigante que usaba entonces mi padre para hacer sus corretajes, y nuestros paseos, entrara sin rayarse.
De una de sus paredes colgaba una bolsa de tela azul, una que para mi mirada de niño era grande como la almohada de un gigante. Mis padres nunca me decían qué había dentro. Cambiaban de tema con sospechosa habilidad o se enojaban si se repetía la pregunta.
Una tarde, cerca de las Navidades tuvo que haber sido pues recuerdo el calor, mis padres se fueron. Seguro que a comprar los regalos. Mi hermana mayor todavía estaba con nosotros y, por suerte para mí, a ella siempre le había parecido injusto ese silencio alrededor de la bolsa.
Quizás tuve suerte cuando le pedí ver el interior de la bolsa y ella accedió a bajarla. Quizás fue el efecto secundario del amor que me tenía mi hermana, el cual le impedía sacudirme para que la dejara seguir estudiando.
La bolsa estaba repleta de juguetes. Completos, sanos, nuevos. Autos, muñequitos, ladrillitos de plástico.
Coloqué los autos a escala (autos pichones, replicando cada detalle de sus hermanos mayores; coches rojos de bomberos, patrulleros de lata, camiones conducidos por figuras pintadas en las falsas ventanas, ambulancias tan pequeñas que solo podrían trasladar insectos), en filas perfectas, guiadas por las líneas de las baldosas oscuras del garaje, ante un atento público de soldaditos y animales.
Treinta y Tres es una ciudad pequeña. Como tal, no se necesita ir muy lejos para completar las compras de Nochebuena. Mis padres volvieron demasiado pronto.
Cuando mi madre vio los juguetes en el piso hizo dos cosas: me llevó de una oreja en penitencia al cuarto y luego se encerró en su cuarto, mientras mi padre levantaba los juguetes en el suelo y devolvía la bolsa a su lugar.
Luego entró al dormitorio donde estaba su mujer y cerró la puerta detrás.
Mi madre era muy pasional, mi padre era muy razonable.
Mi padre me advertía de los peligros del mundo pues él los había sufrido mucho; mi madre me contaba la fábula de la competencia entre el viento y el sol para desvestir al paisano que cruzaba el campo arriba de su caballo. Ganaba el sol, que con su calor obligaba al hombre a deshacerse del poncho, para frustración del viento, que cuanto más soplaba más hacía para que el hombre se aferrara a su poncho. En la vida, concluía mi madre, más se obtiene de buenos modos que por la fuerza.
Pero allí estaba yo, con la oreja ardiendo por la acción de los dedos maternos y por las palabras que se escapaban desde el dormitorio cerrado. Mi padre intentaba convencer a mi madre de algo y ella le decía que no podía ser.
Al principio. Después se fue calmando y, como solía pasar, los dos llegaron al mismo punto.
El resto de la conversación la imaginé muchos años después, cuando mi padre ya había muerto y mi madre decía cosas que había llevado mucho tiempo enterradas dentro suyo.
Mi primer hijo nació muerto, me dijo. Le habíamos preparado todo: la ropita, la camita con barrotes para que no se cayera.
Los juguetes. Muchos juguetes pues mi tía-madrina tenía un bazar y se entusiasmó colaborando con la causa. Juguetes que no habían sido tocados jamás por niño alguno, hasta que a mí se me ocurrió pedirle a mi hermana la bolsa.
El día siguiente al incidente mi padre comenzó uno de los rituales anticipatorios de los regalos: desempolvó el gigantesco árbol de Navidad que rozaba el techo del garaje y dispuso varias cajas alrededor de las ramas de falsa pinocha, reclutándome como su ayudante.
Yo quitaba el papel de diario alrededor de las bolas y espinas de vidrio torneado y las transportaba como podía entre mis pequeñas manos hasta las suyas, que desde la mitad de la escalera las ubicaba de forma más o menos simétrica en el árbol.
Luego de la nieve sintética y las guardas con brillantina la ceremonia terminaba siempre con el puntero, la estrella de Belén. Ocupaba toda una caja ella sola, con su brillo de lágrima congelada.
La pasé con el cuidado digno de un experto en explosivos hasta donde estaba mi padre que, atento a cualquier percance, para entonces había dejado la escalera. Luego, volvió a subir y entonces colocó la estrella en la punta. Luego bajó, enchufó las luces y volvió a las alturas desde donde me pidió que encendiera la estrella. A pesar de que afuera el sol picaba con fuerza, aquello emitía una luz brillante. Tal parecía que nos estuviera dando algún mensaje, como que siempre íbamos a estar todos juntos o algo así.
Cuando pasó la Navidad y llegó el verano la bolsa desapareció. Nunca más la volví a ver y no volví a preguntar por ella.
Esto pasó cuando yo era niño, y existía más de un universo.

















































