
En el fútbol uruguayo hemos aprendido a llamar picardía a la trampa y carácter a la prepotencia. El cambio de nombre no es inocente: convierte una conducta discutible en una virtud y vuelve sospechoso cualquier gesto que se aparte de ella. Bajo el amparo de la tradición, ciertas formas de jugar y de mirar el juego han terminado por naturalizar una consigna tan pobre como eficaz: si sirve para ganar, se justifica. El problema no es solamente deportivo. Es la educación moral que esa consigna produce.
La lección circula por las canchas, las tribunas y las conversaciones de todos los días. Cuando los adultos celebramos la simulación, la provocación o la falta desleal como muestras de inteligencia, enseñamos que el mérito consiste en sacar ventaja, aunque para hacerlo haya que renunciar al respeto. Después repetimos que el deporte transmite valores, como si los valores vinieran incorporados a la pelota. El deporte educa, sí; la pregunta incómoda es en qué educa y qué conductas estamos premiando.
Los años de Tabárez permitieron imaginar otra relación con el fútbol. No porque el maestro hubiera inventado la convivencia ni porque su selección estuviera libre de contradicciones, sino porque hizo del proyecto colectivo algo más que una fórmula para las conferencias de prensa. Su conducción puso en primer plano una idea que debería ser elemental: la manera de organizar un grupo también organiza sus criterios de respeto, responsabilidad y pertenencia. La práctica educa más que el discurso. Un límite sostenido vale más que cien declaraciones sobre los valores.
Por eso me interesa defender aquella experiencia sin convertirla en una estampita. No desaparecieron por decreto la viveza criolla ni los excesos que arrastra nuestra tradición futbolística. Lo que se volvió posible fue discutir su condición de destino inevitable. La entrega, la disciplina y la solidaridad podían ocupar el lugar que tantas veces reservamos al golpe intimidatorio y a la ventaja miserable. Representar a un país no exigía creer que todo estaba permitido en su nombre; exigía asumir una responsabilidad ante quienes se reconocían en ese equipo.
Conviene distinguir esa pertenencia del chauvinismo. Una cosa es reconocerse en una camiseta; otra, usarla como permiso para suspender el juicio. Cuando el orgullo necesita rebajar al rival o presentar cada partido como una guerra, deja de fortalecer una comunidad y empieza a empobrecerla. La retórica del triunfo a cualquier precio tiene esa comodidad: mientras la pelota entra, nadie pregunta por los medios. El espectáculo ofrece entonces una coartada perfecta para no pensar.
Quienes vivimos aquellos años recordamos hasta qué punto la selección podía interrumpir la rutina del país. Incluso quienes cuestionamos el negocio del fútbol profesional nos dejamos arrastrar por el grito de gol. Esa adhesión no vuelve ilegítima la crítica; vuelve más necesaria la vigilancia sobre nuestras propias contradicciones. Podemos emocionarnos con un equipo sin absolverlo de todo, y celebrar una victoria sin atribuirle una superioridad moral. La identificación pierde su mejor sentido cuando exige obediencia.
El cuarto puesto en el Mundial de 2010 y la Copa América de 2011 dieron resultados concretos a aquel proceso. El título mundial sub-20 de 2023 pertenece, en cambio, a una etapa posterior: recordarlo no autoriza a borrar las diferencias entre ciclos ni a adjudicar todas las conquistas a una sola figura. Lo defendible es otra cosa: un proyecto colectivo no se mide únicamente por la copa que levanta, sino también por las condiciones que construye para competir y por la relación que establece entre el talento individual y la responsabilidad compartida.
Se repite que aquella generación daba para más y que Tabárez fue el límite de sus posibilidades. Yo no comparto esa certeza retrospectiva. El talento, por extraordinario que sea, no trae consigo la capacidad de convivir ni garantiza un equipo: necesita una organización que lo sostenga. Tampoco la promesa de una renovación táctica, asociada después al nombre de Bielsa, debería eximirnos de esta pregunta. Los nombres propios no sustituyen un proyecto. Comprar espejitos de grandeza resulta mucho más fácil que sostener las condiciones humanas del trabajo colectivo. La humildad no es resignación: es reconocer que ninguna idea de juego permite prescindir de quienes deben llevarla a la práctica.
Durante los años buenos, algunos llegamos a creer que el cambio se extendería por sí solo al resto del fútbol uruguayo. Hasta el premio al fair play obtenido en la Copa América de 2011 parecía confirmar esa esperanza. Pero una distinción no certifica una transformación definitiva, y los hábitos de un equipo no se derraman automáticamente sobre clubes, formativas y tribunas. Ahí estuvo nuestra ingenuidad: confundir una experiencia sostenida con una conquista irreversible. Lo que se aprende necesita instituciones que lo cuiden; de lo contrario, la vieja costumbre vuelve a ocupar su lugar.
La lectura de Bourdieu permite introducir una incomodidad adicional: el ideal del fair play no nació fuera de la historia ni de las jerarquías sociales. Su análisis del deporte moderno lo vincula con la formación de las élites y con la capacidad de mantener cierta distancia respecto de la competencia. No se trata, por tanto, de venerar sin más la tradición educativa asociada a Thomas Arnold. Se trata de discutir qué hacemos hoy con esa herencia y de rescatar una exigencia que no debería ser privilegio de nadie: competir sin perder de vista que el juego no agota el valor de las personas.
En ese sentido, el fair play es más que obedecer el reglamento. Las reglas establecen obligaciones; la responsabilidad ante el otro exige también juicio. No toda jugada necesita interrumpirse ni corresponde suponer que cualquier futbolista caído está gravemente lesionado. Pero entre reconocer esas dificultades y ridiculizar a quien decide facilitar la asistencia hay un abismo. Quien opta por cuidar al adversario no deja necesariamente de competir: establece un límite a lo que está dispuesto a hacer por una ventaja. El rival es condición del juego, no un estorbo cuya vulnerabilidad debamos explotar.
El episodio de Jaime, durante el empate entre Peñarol y Juventud de Las Piedras del 23 de octubre, volvió concreta esa discusión. Con un adversario tendido en el césped y el árbitro permitiendo la continuidad, el juvenil envió la pelota afuera para facilitar su atención. Hubo silbidos desde una parte de la tribuna y reproches de algunos compañeros; después, las imágenes de la transmisión mostraron su llanto. No hace falta inventar intenciones ni juzgar la totalidad de una carrera para advertir el problema: un gesto de consideración se convirtió en motivo de reprobación pública.
Se puede discutir la decisión futbolística. Lo que no debería pasar por normal es que el afán de ganar vuelva censurable la consideración por el adversario. Si enseñamos que detenerse a cuidar al otro equivale a traicionar al equipo, la palabra «valores» queda reducida a propaganda. La exigencia competitiva merece una discusión seria; la humillación no es un argumento. Y una cultura que necesita confundir ambas cosas revela la fragilidad de sus propias convicciones.
Aquella escena no demuestra que nada haya cambiado ni autoriza a condenar a todo el fútbol uruguayo. Sí alcanza para desmontar la ilusión de que los cambios se sostienen solos. El respeto necesita respaldo precisamente cuando tiene un costo: cuando interrumpe un ataque, cuando irrita a la tribuna, cuando obliga a elegir entre la conveniencia inmediata y un criterio que decimos defender. Aplaudir el fair play en una ceremonia es fácil. La prueba empieza cuando la pelota queda del lado de nuestros intereses.
Por eso mantengo la provocación: hoy, con Jaime y diez más. No como propuesta literal de borrar un plantel, sino como declaración del fútbol que vale la pena construir. Uno en el que la entrega no necesite crueldad y el deseo de ganar no vuelva vergonzoso el cuidado del otro. Las lágrimas del juvenil deberían incomodarnos menos que la naturalidad con que un gesto de respeto pudo ser tratado como una falta. Si esa es nuestra idea de la viveza, la miseria no está en tirar la pelota afuera. Está en haber olvidado para qué la pusimos en juego.
