
Después de la lluvia siempre sale el sol: Cosquin Rock pintó con música el atardecer de la rambla de Punta Carretas
La lluvia cambió los planes, pero no la historia. El festival se pospuso y, como suele pasar en esas treguas inesperadas, la recompensa llegó después. La tarde del domingo en la rambla de Punta Carretas se abrió con un cielo de tonos pasteles, el sol bajando lento sobre el río, como si estuviera preparando el escenario. Con las primeras luces encendiéndose y la luna asomando sin apuro, miles de voces empezaron a ocupar su lugar: canciones coreadas, cerveza helada entre amigos y una sensación compartida de que la espera había valido la pena.
Hay festivales que nacen para celebrar una tradición. Y hay otros que aparecen para discutirla. El Cosquín Rock pertenece, desde el primer acorde, a esta segunda categoría.
En 2001, mientras el Festival Nacional de Folklore de Cosquín seguía marcando el pulso de una identidad más bien ortodoxa, un productor con oficio de calle, José Palazzo decidió empujar el tablero hacia otro lugar. No hubo manifiesto ni épica prefabricada: hubo intuición. Entender que el rock también necesitaba su propio ritual colectivo, su mística de peregrinación. Así nació un espacio que, con el tiempo, dejó de ser solo un festival para convertirse en una escena en movimiento.
Los primeros años tuvieron algo de ensayo y error. Escenarios que se armaban y desarmaban con lógica casi artesanal, grillas que mezclaban sin pedir permiso y un público que todavía no sabía del todo qué estaba viendo, pero entendía que ahí pasaba algo. No era prolijo, no era cómodo, pero era auténtico. Y eso alcanzaba.
Lo que siguió fue menos una evolución que una mutación constante. El Cosquín Rock creció, sí, pero sobre todo se desordenó a propósito: amplió su paleta, cruzó generaciones, mezcló geografías y terminó por desbordar su propio nombre. Porque si algo define su identidad es esa tensión entre origen y deriva: llevar el peso simbólico de “Cosquín”, un territorio de raíz, folklore, tradición para ponerlo a dialogar con guitarras filosas, beats digitales y nuevas voces que no piden permiso.
Horacio Guaraní alzó la voz contra la electrificación de los escenarios dedicados a Atahualpa Yupanqui, en una escena que remite al momento en que Bob Dylan enchufó su guitarra en el Festival de Folk de Newport. La respuesta llegó desde el propio escenario: Divididos tocó “El arriero” y la discusión, al menos por esa noche, dejó de importar.
Después vinieron los conflictos legales, la salida de Cosquín y la expansión. El nombre ya no pertenecía a un lugar, sino a una idea. Paraguay, Colombia, Perú, España y Uruguay terminaron adoptándolo como si fuera una franquicia emocional más que un festival itinerante.
Hubo ediciones virtuales, sets acústicos como los de Los Auténticos Decadentes o Las Pelotas y una expansión que nunca terminó de cerrarse. Palazzo suele definirse como un bajista de escasísimo talento, pero su verdadero oficio está en otro lado: detectar química donde otros ven nombres, ordenar el caos sin domesticarlo.
Ese desplazamiento encuentra hoy una nueva postal. Lejos del paisaje serrano que lo vio nacer, el festival aterriza en la Rambla de Punta Carretas, casi como una declaración de principios: el rock también puede mirar al río, abrirse al horizonte urbano y redefinir su territorio. No es solo un cambio de locación, sino la confirmación de una idea que el festival viene ensayando desde hace años: la identidad no es un punto fijo, es un movimiento.
Y ahí, en ese cruce, aparece la grilla. Una constelación donde conviven nombres que arrastran historia como Divididos o Ciro y los Persas con una escena que se mueve en otras frecuencias, más híbridas y porosas: Wos, YSY A, Louta. Del lado uruguayo la presencia de La Abuela Coca, Trotsky Vengarán y Julieta Rada así como Mala praxxis, Camila Ferrari y Florencia Núñez sostuvieron el pulso en una mezcla que demuestra la vigencia y larga vida de unos y el auge sostenido de otros. Rueda de candombe, Agarrate Catalina y Manu Martínez, la hija de Ciro destilaron su esencia en la compleja fórmula que se pensó para esta edición 2026
Ese cruce se volvió tangible sobre el escenario: Wos se sumó a La Vela Puerca para darle otra vida a “Zafar”; Julieta Rada atravesó “Carta para no llorar” de El Kuelgue; y El Plan de la Mariposa se fusionó con La Catalina. En esos cruces también se leía el público: la generación que vio “Abarajame” en MTV conviviendo con otra que hoy la redescubre desde playlists digitales.
Armar una cartelera así implica tensiones: pedidos, egos, ausencias que pesan más que algunas presencias. Pero hay una lógica que se sostiene: el Cosquín Rock no busca equilibrio, busca fricción. Y en esa fricción aparece algo más interesante que la simple suma de nombres.
La “aplanadora del rock” volvió a hacer lo suyo. Después de haber encabezado Canelones Suena Bien en 2025, Divididos repitió su ritual: precisión, volumen y una lectura del tiempo que pocas bandas conservan. No tocan para recordar lo que fueron, sino para reescribirlo en vivo. Después de una aplanadora, siempre hay algo que reconstruir. Y ellos parecen disfrutar ese proceso y de haber sido los que dieron nueva vida al concepto Cosquin con una sola canción sacada de las tripas y la herencia. Ciro le dijo adiós a su amigo Dani Buira, baterista de Los Piojos y Dante Spinetta le dedicó un tema a su viejo.
En el fondo, el Cosquín Rock sigue haciendo lo mismo que en 2001, aunque el contexto haya cambiado: reunir tribus que no necesariamente hablan el mismo idioma, pero que entienden —aunque sea por unas horas— que hay algo en la música que todavía funciona como punto de encuentro.
La luna terminó de instalarse sobre Montevideo como un reflector natural. Nadie hablaba de la lluvia del día anterior. Ya no importaba que fuera domingo. Lo que quedaba era esa imagen: el río quieto, el cielo abierto y una multitud deambulando entre escenarios guiados por su pasión por la música
Porque, al final, el Cosquín Rock no se define por su nombre ni por su grilla. Se define por ese instante preciso en el que todo parece alinearse —el clima, la música, la gente— y, durante unas horas, sin demasiado esfuerzo, el mundo encuentra su forma.
Y eso, más que cualquier otra cosa, es lo que hace que siempre valga la pena volver.
Imagino que a muchos les habrá costado más de la cuenta empezar la semana, pero seguro que lo han hecho con una sonrisa en el rostro y una canción que no para de sonar en la cabeza. ¡Hasta el próximo Cosquin!
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