
A los 22 años Chrissie Hynde dejó su Akron natal, y cumplió su sueño de irse a vivir a Inglaterra. Trabajaba en la tienda Sex de Malcolm Mc Laren cuando estalló el punk. Algunas historias insisten en relatar que estuvo muy cerca de ser la cantante de los Clash, o que era muy amiga de Steve Jones de los Sex Pistols.
En 1979 grabaron Stop your sobbing, un cover de los Kinks, y algo de la lírica de los trabajos de la banda inglesa puede escucharse en un montón de temas. Hynde es muy buena haciendo letras, pintando paisajes urbanos, describiendo emociones, sellando de manera contundente y cariñosa despedidas que durante años coreamos sin conocer contextos.
Chrissie es una compositora delicada, algunas de sus canciones tienen un leve aire a las canciones de los Byrds -sin el sonido rickenbacker, pero con una musicalidad que se le acerca-, la polenta de las primeras canciones de Van Morrison -en la época de Them-, y una actitud que no tiene nada que envidiarle a ninguna rebeldía.
Con su eterna telecaster azul, ingresó junto a su banda al Antel Arena, adueñándose de un escenario sobrio, casi de club nocturno, de los que permiten una interacción cara a cara entre músicos y público.
Iniciaron con Hate for sale y Turf accountant, dejando en claro en apenas seis minutos, que tocan con un oficio envidiable, suenan super afiatados y que cada uno conoce lo suyo a la perfección. Y que lo disfrutan como cualquier chico que se cuelga una guitarra eléctrica por primera vez en su vida.
El bajo de Dave Page y la batería (a cargo de Rob Walbourne, para esta gira) son la base sobre la que se edifica -al menos en vivo- la inmensa mayoría de las canciones, que como pequeñas joyas melódicas Hynde no ha dejado de componer desde el lejano big bang del punk, y sus derivas más guitarreras. Tiene un sentido de la melodía que se te queda pegado en la piel, y te acompaña. Eso hace que, en un descuido, un puñado de canciones se transformen en clásicos.
Ella -no la del escenario, sino la mujer que hace la vida conmigo y que tiene toda la actitud del mundo-, insiste en que lo del Antel Arena fue como escuchar música de cámara, pero de una potencia arrolladora. Así de limpias suenan las canciones de los Pretenders. Pura energía, sin perder en el camino ni una gota de delicadeza. Con un sonido que no reniega de los New York Dolls, la melodía llevada por la propia Chrissie a puro acorde, y el virtuosismo arpegiado de James Walbourne producen gemas que atesoraremos para siempre quienes compartimos la noche del 13.
Cuando la guitarra líder encara un solo, lo hace siempre de acuerdo a lo que el tema pide. Puede ser desde un sonido envolvente con toques ambientales del primer gótico, un solo lento, dolido y bluesero o una lluvia de notas aceleradas a puro rocanrol que te atraviesa el cuerpo. Cada músico tiene su lugar, cada nota está colocada allí para decir algo, cada gesto es necesario.
Sin embargo, es un show de una banda que supo ser masiva y radiable, pero no ha perdido el espíritu de garage. Chrissie Hynde tiene sentido del humor: “es un gusto ver tantas caras viejas reunidas” dijo, mirando a las primeras filas, provocando alguna carcajada sonora en las tribunas. El show estuvo marcado por gestos cálidos y honestos. “God, I love karaoke” dijo mientras una muchacha del público caía en la cuenta de que la estaban invitando a cantar I’ll Stand by you a dúo con una de las voces más personales de las últimas cuatro décadas. Se defendió. La reina de la noche le hizo sitio, y aquello fue una gozadera. Porque los grandes siempre saben hacer sitio.
La setlist recorre clásicos de cada álbum. Me encantó ver y escuchar el arreglo de Don´t get me wrong, la voz dolida en My city, o Kid, la belleza del Back on the chain gang con el que despidió a su compañero de ruta muerto de sobredosis allá cuando eran jóvenes y la vida era un camino hamacado como un tren disparado a toda velocidad, la polenta de Middle of the road, o Precious, la voz cristalina con la que arrancó a capella Stop your sobbing.
Si algo queda claro, es que no por estar entrados en años -muchos años-, son un una banda en bajada. The pretenders no vinieron a llevarse su dinero abusando de nuestra uruguayísima nostalgia. Subieron a escena a dejar bien claro que siguen en ruta, que les corre toda la noche y el rock del mundo por las venas, y que están alive and kicking.













































