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Algunas bandas que forman parte de una escena, mientras que otras, con el tiempo, terminan acopladas a una época. Y después están las que parecen haber transitado por un lugar que todavía hoy nadie volvió a ocupar, Sórdromo es de esas.
No se parecían a nada. En un rock uruguayo que tuvo – tiene – nombres enormes, Sórdromo fue siempre una anomalía difícil de acomodar en una etiqueta; demasiado rockera para ser pop, demasiado melódica para responder al molde más clásico del rock, demasiado experimentales para convertirse simplemente en “una banda más” de aquella explosión de rock uruguayo de fines de los 90 y principios de los 2000. La prensa de entonces llegó a definirlos justamente como una banda “insular” dentro del panorama uruguayo, y quizá ahí esté una de las claves de por qué hoy resulta tan difícil encontrar algo que se le parezca.
El hueco en la felicidad. Rodrigo Gómez, su líder, tenía una manera muy particular de escribir. No necesitaba grandes proclamas para decir cosas enormes. Muchas veces le alcanzaba una imagen, una contradicción, una frase que parecía sencilla y que, cuando uno volvía sobre ella, empezaba a abrir agujeros. Un buen ejemplo de esto es “Nanana”, una canción que, escuchada superficialmente, podría engañar. Porque ese tarareo tiene algo casi infantil, aparentemente liviano, pero por debajo se mueve una oscuridad tremenda en la que impresiona la profundidad lírica. En ella se hace un intenso cuestionamiento sobre la ética en la música, sobre la felicidad prefabricada y esa obligación de reír aunque no haya nada que celebrar. El “hueco” aparece como ese proceso depresivo que se instala justamente donde debería estar la felicidad pero, enseguida, desembocar en la imagen brutal de alguien mordiéndose la lengua al hablar: la palabra obturada, la dureza de tener algo adentro y no poder sacarlo.
Todo lo oímos ahí es de las cosas que los Sórdromo hacía extraordinariamente: convertir la contradicción en canción. Porque mientras todo esto ocurre, alguien ríe sin saber por qué. Y las vidas sin ironía, sin sorpresa, esas vidas en las que “palabras pobres se hacen ley”, encuentran una felicidad de plástico. Una música de mierda, superflua, vacía, prefabricada. Pero música al fin. Música que canta Nanana. Era común que los estribillos dejen de ser un simple recurso musical para terminar mutando casi en una acusación. No hay nada para decir, entonces se canta. No hay pensamiento, entonces se repite. La música convertida en producto, en gesto vacío, en una felicidad obligatoria. Casi como en un reflejo poético parecía que Sórdromo percibía el camino que tomaba la música de masas en épocas en las que lo masivo todavía no alcanzaba los niveles de corrosión cultural actuales. Y es que, el Bicho Bicho de Los Fatales parece la 5ta en si bemol mayor de Mozart de la música de masas actual.
Una de las cuestiones más interesantes de Nanana es que toma piel en nosotros para sembrarnos una pregunta ¿No es sentirte bien lo que buscas en cada despertar?
Nunca terminé de decidir si Rodrigo está haciendo una cruda sentencia o si se está preguntando, retóricamente, qué carajos buscamos cuando abrimos los ojos cada mañana, poco importa.
Asomate y gritá si te hace falta. La historia de Rodrigo Gómez puede aparecer en su poesía y nos permite entender que ciertas palabras, en determinadas voces, pesan distinto.
Rodrigo nació en cautiverio, su propia historia comienza con su madre detenida cuando estaba embarazada de él, durante nuestra última dictadura. Él mismo ha contado que ambos fueron sometidos a torturas durante el embarazo y que permaneció preso durante sus primeros años de vida; para posteriormente vivir años de exilio. Por eso resulta imposible escuchar hablar de libertad sin que se ponga la piel de gallina No porque haya que convertir cada canción en una autobiografía. sino porque algunas palabras guardan memorias. Y quizás por eso Sórdromo nunca necesitó hacer canciones solemnes para hablar de cosas profundas. La profundidad estaba ahí, debajo de la melodía, de la guitarra, de ese rock potente y melódico que la prensa de la época ya identificaba como uno de sus rasgos distintivos.
Sórdromo pasó por el rock uruguayo con una intensidad enorme. Desde Supermarket, aquel EP de 1998 que los posicionó rápidamente en una escena que estaba explotando, hasta Aquí… ahora…, Salvando la distancia y Los amigos invisibles, fueron construyendo una identidad que nunca terminó de parecerse a ninguna otra. Salvando la distancia, además, alcanzó disco de oro y los llevó a una gira enorme por el interior del país.
Porque a veces la memoria musical tiene la mala costumbre de convertir a las bandas que desaparecieron en una nota al pie, cosa que Sórdromo no merece. Fueron parte importante de aquel momento extraordinario del rock uruguayo, sí. Tocaron en los grandes escenarios de la época, compartieron cartel con buena parte de las bandas que terminarían definiendo aquella generación y recorrieron el país hasta el cansancio.
Y algo más importante, dejaron canciones que todavía incomodan, que aún obligan a volver sobre una frase, hacen preguntas sobre el tipo que la escribió, mantienen vigente la poética.
Sórdromo se separó en 2007, después de diez años de existencia. Rodrigo Gómez explicó entonces que sentía que la banda había cumplido un ciclo. Quizás por eso hoy se la extraña tanto, no hubo reemplazo.
No apareció otra banda que ocupara exactamente ese lugar entre la melancolía y la potencia, entre la canción pop y el rock, entre la belleza y el desencanto.
No hay otra Sórdromo. Y probablemente nunca la haya, porque las bandas verdaderamente únicas no dejan un género vacío cuando se van, sino un lugar que queda ahí, esperando, como esa libertad de la canción, cayéndose de boca al andar.