
En la vida hay momentos privilegiados, así como en el mundo hay gente con privilegios, y músicos a los cuales todos los dioses y hadas del mundo han colmado de dones. Anoche, en la Sociedad Urbana Villa Dolores, vivimos uno de esos raros momentos. Anita Álvarez de Toledo, cantante argentina con una larga carrera que incluye colaboraciones con Gustavo Cerati, Charly García y Fito Páez, subió al escenario acompañada -o acompañando- a un dream team de la música uruguaya. Gustavo Montemurro (teclados), Urbano Moraes (bajo), Martín Ibarburu (batería), Walter Nego Haedo (percusión), Juan Pablo Chapital y Nicolás Ibarburu (guitarras), no necesitan presentación.
Llegamos -porque sin ella la música siempre queda un poco renga- minutos antes de las 20:30 cargando en pantorrillas, hombros y alma el cansancio de una ciudad particularmente hostil, habitada de nieblas, neblinas y un malestar que estalla en las esquinas ocupadas por los sin nada, o en peleas salvajes por un chofer de bondi que se saltea una parada. El frío de fines de otoño tampoco colabora.
El lugar comienza a llenarse de gente que peina canas y comenta la vida en voz baja con un fernet o una cerveza en la mano y jóvenes que discuten las bondades del sonido analógico. Detrás nuestro un muchacho alto despliega un juego de seducción que incluye marcas de audio, y nombres como Al Di Meola o Jaco Pastorius.
El escenario de la Sociedad Urbana, coronado por globos de papel, iluminado con sobriedad, no muestra señales de actividad hasta pasadas las 9. Alguien revisa por última vez focos y monitores de piso, deja botellitas de agua al pie de las jirafas. La música ambiente tiene pinceladas que recuerdan al Pat Metheny de los primeros 80; bajos profundos, guitarras etéreas, percusiones que no llevan el ritmo sino que dan matices, como el golpeteo de las primeras gotas de lluvia sobre un techo de chapa. El humo -en chorros fuertes y breves- envuelve el centro del escenario.
¡Buenas! La voz del Nego abriéndose paso entre el público nos saca del sopor de la espera. Suben todos por la escalera central y se van abriendo en un abanico que va desde las dos guitarras sobre la izquierda, al teclado en la derecha. En el centro, como debe ser, batería y bajo. Vestida de verde, medias con flores, botas de cuero marrón y la melena rubia todavía sin despeinar, sube ella.
Anita Alvarez de Toledo tiene un registro vocal privilegiado -la palabra vuelve en todas sus variantes para describir la fiesta en la que se convirtió la noche del martes- que le permite recorrer un repertorio donde el soul, el funk, el jazz, la balada y el candombe fluyen tan naturalmente como solo lo hacen las cosas que parecen simples. Tiene una forma de frasear donde las inflexiones van desde el agudo limpio y sostenido hasta el grave profundo o ese otro sonido indefinible, lleno de arena, que corta el aire como el machete corta la caña, en golpes cortos, profundos y secos.
Free llena la sala de soul, y los temas que conocemos en la versión de Marisa Monte –Ainda lembro y De noite na cama– permiten el juego de diálogos permanentes entre las dos guitarras en un extremo, y el teclado y la voz sobre el otro. En el centro la percusión acentúa, y colorea el beat siempre steady del otro Ibarburu. El bajo de Urbano despliega esa cualidad tan suya que hace que por momentos pareciera no estar, hasta que uno intenta aislar ese sonido, y se da cuenta de que es imposible, porque es el magma sonoro sobre el que se sostiene el pulso de la música.
La sencillez del espectáculo es mágica. Cualquiera de los músicos presentes cae en esa categoría que reconocemos con palabras como “genio” “mostro” “animal”. “Alienígenas de la música”, dice la cantante cuando se refiere a estos seres con un ángel aparte que cuida de su arte. Las canciones que eligieron parecen brotar de un fogón de amigos, que sin pretensiones ponen lo que saben al servicio de un poco de belleza. Esa que alivia y cura todos los males de los habitantes de la ciudad empeñada en emponzoñarnos la vida.
Se conocen hace más de veinte años -cuenta Anita mientras Martín ajusta el micro del bombo que produce uno de esos acoples que solo un músico percibe-, se respetan y se quieren como solo saben quererse los que comparten un arte. Se reencontraron en la playa este verano y dieron forma al reencuentro de hoy. Cuando nombra a Urbano hace uno de esos gestos que lo dice todo. ¡Qué decir de Urbano! La complicidad hecha de miradas y gestos mínimos es casi un músico más.
Hay momentos –Lovely day, What you won´t do, Tell me something good- en que pareciera que cada músico es el que dirige a los demás, sin embargo, desde el centro del escenario, bromeando sobre el paso del tiempo, y presentando a cada uno, queda claro que esta noche, ella está a cargo de la troupe. Dice, riendo, que extraña el escenario, que no habrá bises, y que éstas dos –Nada más preciado, candombeada, cerrada con un fragmento de No me queda más tiempo de Rada, y I try– serán las últimas.
La guitarra de Ibarburu se suelta en viajes cada vez más hipnóticos, mientras Chapital le dibuja armonías que funcionan como un hilo de Ariadna para que el viajero vuelva. El Nego toca todo lo que haga ruidos y ruiditos, baila, gesticula, mueve las manos, mira al cielo. Ella dice que seguramente esté conjurando espíritus. Martín no pierde jamás la pisada, sostiene, preciso y sin excesos. Urbano no conjura espíritus, es él mismo un habitante de otra dimensión. Montemurro dibuja desde su Körg. Con tintas chinas hace arabescos sobre un fondo de acuarelas cuando del mismo teclado brotan sonidos que recuerdan a los viejos Farfisa de los 70s.
Todo el show combina una intimidad de living con un sonido eléctrico que no aturde. Las pedaleras están allí para dirigir la música por canales siempre vibrando en una energía que envuelve y deja a la gente moviendose lenta, encantada por un mantra poderoso. La voz de Alvarez de Toledo es un instrumento más que, como todos, juega siempre para la canción, y para los privilegiados que la escuchamos.
Cuando a la hora de los bises ya no había repertorio, guitarra y voz tomaron el lugar, para un dúo maravilloso y fresco en Pétalo de sal. La banda volvió, eligió De noite na cama para cerrar, y todo fue una fiesta.
Por un rato, Montevideo fue un lugar más lindo, y la vida se volvió un rincón cálido al que siempre queremos volver. Afuera la niebla y la helada esperan, pero esa es siempre otra historia.
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