
Ácido – 7 de febrero de 2026
Tazú bar cultural
Antes de los escenarios, antes de los años acumulados, antes incluso de pensar en despedidas, hubo una radio
En plena dictadura, cuando programar rock en español implicaba pedir permisos y moverse con cautela, Varo tenía su espacio: El Cofre Rock. Desde ahí decidió pasar a Riff. No era solo música. Era identidad. Era postura.
Después de una de esas emisiones, aparecieron unos pibes en la radio. Entre ellos estaba El Perro. La conexión fue inmediata. No hubo formalidades ni cálculo. Hubo afinidad.
Varo los invitó a tocar a la casa de sus abuelos, ese fue su primer encuentro, su primer refugio.
Durante dos horas tocaron todos los temas de Pappo y de Riff. No fue un ensayo más. Fue una declaración el pulso detrás de la historia.
Décadas después, ese mismo Varo decidió dejar los palos.
En la entrevista no habla desde el dramatismo. Habla desde la conciencia. La batería, dice, “pasa por el cuerpo”. Y no es metáfora. Es físico. Son años de espalda, de piernas, de brazos sosteniendo el ritmo mientras adelante la guitarra y la voz arden.
Dejar el instrumento no fue abandonar la banda. Fue entender el ciclo. El traspaso a Pedro Zuco no se siente como reemplazo, sino como continuidad. No hay ruptura. Hay confianza
Arriba del escenario tuvo palabras. Breves. Sinceras. Agradeció el camino recorrido, recordó los comienzos y dejó claro que la banda sigue.
El toque: una banda que respira junta, desde el primer acorde quedó claro que la noche no iba a ser nostálgica. Iba a ser eléctrica.
Abrieron con Metal Rock, directa, sin rodeos. La batería firme, marcando territorio. Las guitarras compactas. El Perro al frente, con esa presencia natural que no necesita exageración para dominar el espacio.
Siguió Yo Me Voy, que empezó a mover definitivamente al público, y Negro Tren, que consolidó el clima pesado y contundente. La energía ya estaba encendida.
Con Chopper el escenario tomó velocidad. En Mamá apareció un matiz más emocional sin perder fuerza. No hubo pausa: hubo tensión sostenida.
Triunfantes sonó como afirmación colectiva.
A Orillas aportó un respiro narrativo antes de que Torturadores volviera a endurecer el ambiente.
La ruta siguió con Ruta 5, y el título no fue casual: fue tránsito puro, riff sostenido, público entregado. Contra la Pared cayó con peso específico. Al Ataque hizo honor a su nombre. Mas allá de los temas, lo que marcó la noche fue la interacción.
Ácido no es una banda que ocupa posiciones rígidas en el escenario. Se buscan. Se tocan. Se ponen espalda con espalda mientras suenan las violas. Hay un diálogo corporal constante. Se acercan a la batería, miradas cómplices, movimientos sincronizados que no se ensayan: se construyen con años.
El Perro, como buen showman, sostiene el frente con carisma y magnetismo. No sobreactúa: conecta. Domina el espacio y al mismo tiempo se funde con sus compañeros. La banda funciona como un organismo.
Aunque no estén todos los integrantes históricos — la ausencia de Daniel Acuña marca una etapa distinta — la cohesión se mantiene. No depende de un nombre aislado. Depende del bloque.
En La Fiesta del Ácido el clima representa: permanencia, identidad, resistencia.
El cierre con Ruedas de Metal dejó olor a asfalto y a historia viva. No fue un final prolijo. Fue un final honesto. De esos que no bajan la intensidad hasta el último golpe.
Setlist:
1. Metal Rock
2. Yo Me Voy
3. Negro Tren
4. Chopper
5. Mamá
6. Triunfantes
7. A Orillas
8. Torturadores
9. Ruta 5
10. Contra la Pared
11. Al Ataque
12. La Fiesta del Ácido
13. Ruedas de Metal Ácido no toca para revivir una época. Toca como si todavía hubiera algo que decir. Y lo dice interactuando, mirándose, sosteniéndose.
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