
De un meme racista al orden mundial
Cómo una imagen revela la lógica racial capitalista que organiza el presente
Una imagen racista no es un desliz individual, sino la expresión visible de una estructura que organiza quién puede ser deshumanizado, explotado o administrado en el orden mundial contemporáneo.
La imagen que abrió la escena
El 6 de febrero de 2026 circuló una imagen que representaba a Barack y Michelle Obama como monos. Había sido publicada desde la cuenta de un funcionario local estadounidense y, aunque fue eliminada horas después, ya se había difundido ampliamente en X, Instagram y grupos de WhatsApp. La escena desbordó lo digital. Medios nacionales estadounidenses la reportaron como un acto racista. No era la primera vez: meses antes, Donald Trump había compartido imágenes generadas por inteligencia artificial en las que Hakeem Jeffries aparecía con sombrero y bigote, activando estereotipos raciales dirigidos a poblaciones latinas.
Esta vez, Jeffries declaró que la imagen de los Obama era un gesto claramente intencional. Trump respondió que no había visto la publicación completa y que no se disculparía. La discusión pública osciló entre la condena moral y la minimización del gesto. Mientras tanto, activistas afroestadounidenses recordaron que la imagen no era un accidente, sino la actualización de una lógica histórica que animaliza a los cuerpos negros. La imagen borrada terminó funcionando como síntoma: algo más profundo estaba operando.
La pregunta equivocada: la intención
El debate se centró en la intención del autor, pero esa pregunta, como ha mostrado Denise Ferreira da Silva, no permite comprender cómo opera la racialidad. La intención individual desvía la mirada. Lo que importa es la gramática que hace posible que una imagen así circule, produzca sentido y active una historia larga de deshumanización.
El racismo describe actos atribuibles a individuos. La racialidad, en cambio, organiza el mundo. Produce de antemano los cuerpos que pueden ser animalizados, vigilados, explotados o sacrificados. No reacciona a los hechos: los ordena. No describe diferencias: las fabrica. Cuando el debate se queda en la moralidad del gesto, la estructura que lo sostiene queda fuera de cuadro.
Comprender la racialización exige volver a la modernidad como forma de mundo, donde la producción de vidas disponibles antecede y sostiene la creación de valor expropiado.
De los cuerpos a los territorios
La lógica que produce cuerpos disponibles también produce territorios disponibles. La colonialidad no es un residuo del pasado, sino la condición de posibilidad del presente. La misma gramática que permite que un cuerpo negro sea representado como mono permite que un país caribeño sea tratado como espacio administrable, soberanía provisional o territorio cuya autodeterminación puede ser suspendida.
En su versión imperial, el capital necesita esa gramática racial para operar. Requiere cuerpos afectables, territorios accesibles, sujetos deudores y soberanías condicionadas. Leer el episodio de la imagen racista no es un ejercicio de moralidad pública, sino una forma de entender el mundo que hace posible que esa imagen funcione.
La disponibilidad como fundamento del capital
La racialidad no acompaña al capital: lo hace posible. Fue el operador que permitió que la propiedad privada se constituyera como principio universal al producir simultáneamente cuerpos que podían ser propietarios y cuerpos que podían ser propiedad. La figura de la esclavizada o el esclavizado no fue un accidente histórico, sino el fundamento de la modernidad. Su disponibilidad absoluta para el trabajo, la extracción y la violencia hizo posible la libertad del sujeto moderno, su autonomía y su acceso a la propiedad.
Esa lógica persiste. La racialización continúa produciendo cuerpos disponibles para el trabajo precarizado, la vigilancia policial, la deportación y la muerte administrada. Persiste en políticas migratorias que distinguen entre quienes pueden comprar una residencia mediante inversión y quienes son producidos como amenaza o carga; en jerarquías que privilegian a ciertos migrantes blancos del sur global mientras criminalizan a comunidades somalíes en Minneapolis o a poblaciones latinas en todo el país; y en la colonialidad que organiza la relación entre Estados Unidos y territorios caribeños como Venezuela.
Disponibilidad sexual, laboral y territorial
La disponibilidad no es un resto arcaico. Es una tecnología central de la modernidad. La racialidad produce cuerpos afectables cuya integridad puede ser usada como recurso. Esa afectabilidad adopta múltiples formas: violencia física, violencia simbólica, disponibilidad sexual, apropiación del tiempo, captura de la energía, administración de la vida.
El archivo Epstein expone esta arquitectura con brutal claridad. No se trata solo de explotación sexual, sino de un régimen que organiza quién puede ser tocado, usado, circulado o intercambiado, y quién puede ejercer ese acceso sin que su posición social se vea amenazada. La disponibilidad sexual de algunas mujeres y niñas forma parte de la misma lógica que produce la disponibilidad laboral de ciertos migrantes, la disponibilidad policial de ciertos barrios y la disponibilidad geopolítica de ciertos territorios.
La lógica de acumulación necesita abaratar, precarizar o desproteger ciertas vidas para sostener la extracción de valor. La racialidad define qué cuerpos pueden ser usados o expuestos a la violencia sin que ello perturbe el orden.
Venezuela en la arquitectura imperial
La disponibilidad territorial no surge de la crisis contemporánea: es la actualización de una colonialidad persistente que produce al Caribe como región afectable. Venezuela aparece en este orden no como anomalía, sino como territorio históricamente producido como disponible. Su soberanía ha sido tratada como condicional, reversible o administrable. Desde la Guerra Fría hasta hoy, su posición ha oscilado entre recurso energético, amenaza geopolítica y laboratorio de intervención, pero siempre inscrita en una gramática que permite suspender su autodeterminación en nombre de la seguridad, la democracia o el mercado.
Poblaciones desplazables
La producción de Venezuela como territorio disponible tiene un correlato directo en la producción de poblaciones desplazables. La política migratoria estadounidense organiza la movilidad humana según criterios de valor económico, racialización y utilidad para el capital. La diferenciación entre quienes pueden comprar su entrada, quienes son recibidos como deseables y quienes son criminalizados o deportados reproduce la misma lógica que convierte a ciertos territorios en espacios administrables.
La disponibilidad territorial se traduce así en disponibilidad demográfica: cuerpos que pueden ser desplazados, gestionados o instrumentalizados según las necesidades del mercado laboral, la seguridad nacional o la política exterior. La migración venezolana no es externa a esta lógica imperial: es una de sus expresiones más visibles.
Las categorías migratorias como tecnologías raciales
Las categorías migratorias no describen situaciones jurídicas, sino posiciones racializadas dentro de una economía política global. El refugiado, el migrante económico y el inmigrante indocumentado distribuyen valor y vulnerabilidad según una gramática que antecede a los sujetos. El refugiado es víctima rescatable solo cuando su desplazamiento sirve a intereses geopolíticos; el migrante económico es emprendedor solo cuando es blanco o asociado al capital; el indocumentado es criminalizado ontológicamente.
Quién espera, quién corre, quién queda detenido
Estas categorías producen temporalidades diferenciadas. El refugiado vive en urgencia; el migrante económico, en una espera interminable; el indocumentado, en una detención permanente. La política migratoria no solo clasifica: administra el tiempo. Convierte la espera, la suspensión, la urgencia y la detención en tecnologías de gobierno que regulan la movilidad, la esperanza y la supervivencia.
Una arquitectura de la disponibilidad
Al observar conjuntamente la disponibilidad de cuerpos, la disponibilidad de territorios y la producción de temporalidades diferenciales, emerge una arquitectura unificada donde racialidad, capital, migración y colonialidad no son esferas separadas, sino expresiones de un mismo orden. La animalización de los Obama, la explotación sexual revelada por el archivo Epstein, la producción de Venezuela como soberanía parcial y la clasificación
migratoria que distribuye movilidad y detención son momentos distintos de una misma gramática que organiza quién puede ser protegido, explotado o expulsado.
El post racista que representaba a los Obama como monos no es un gesto aislado. Es la actualización de una gramática racial que organiza la distribución de humanidad en la modernidad. Esa gramática se articula con la lógica del capital para producir cuerpos disponibles, territorios administrables y temporalidades diferenciadas que sostienen la acumulación contemporánea. La explotación sexual de mujeres y niñas, la criminalización de comunidades migrantes y la producción de soberanías parciales como la venezolana no son escenas desconectadas, sino expresiones de una misma arquitectura. Hacer visible esa arquitectura es un paso necesario para comprender el mundo que habitamos y las formas de violencia que lo sostienen.











































