imagen - “SOMOS LIBRES”: entrevistamos a MARTIN BUSCAGLIA foto: © Martín Medina Fotografía

“Somos Libres”: Entrevista a Martín Buscaglia

La aversión de Martín Buscaglia por los álbumes en vivo hizo que vetara la edición del audio de su DVD junto a los Bochamakers en 2009. Pero una serie de acontecimientos impensados derivó en la edición de “Somos Libres” este año, un CD en vivo que lo presenta a él con su guitarra en el modo más peripatético de todos, alternando temas propios, covers y textos de su padre.

Como se desprende de la conversación que mantenemos en su casa/estudio, lo que da sostenimiento a “Somos Libres” es el hecho de que no fue concebido como un disco en vivo, sino como un concierto en un formato intimista de guitarra y voz – formato favorecido por Buscaglia en contadas ocasiones. Y el ser grabado sin premeditación también determinó la esencia del disco, presentado hace dos semanas en el Teatro Solís.

Y ahora, llega el turno de exponerlo en un espacio por completo disímil: Periscopio. Martín se muestra particularmente expectante, ya que este concierto (el último del año en Uruguay) se da en un entorno comparable a aquel donde “Somos Libres” fuera consignado a una cinta: el Café Vinilo de Buenos Aires. Este evento motivó la siguiente entrevista, donde Martín también recuerda el vínculo original con la obra de Kiko Veneno, y resume sus planes para 2015.

Tu antipatía por los discos en vivo se hizo pública cuando comenzaste a promocionar “Somos Libres”. ¿A qué extremo llega realmente?

Son muy pocos los discos en vivo que me gustan, los puedo contar. Si me preguntás por discos de estudio, te puedo decir cien o más. Pero discos en vivo, solo puedo pensar en algunos. Me gusta mucho un disco de Sam Cooke, que es un “soulero” de escuela, es como el padre de Otis Redding y todos esos grandes cantantes de soul muy emotivos. Hay una grabación de él en Miami, un lugar que no te imaginás muy sensible ni muy delicado. Y es una grabación en vivo que la escuchás entera, y lo escuchás bailando. No podés escuchar un tema solo. ¡Y te imaginas que esa noche se procrearon muchos niños! [risas]

Y después me acuerdo un disco en vivo que escuché en un avión, y me fascinó mucho. Era un unplugged de MTV de Roberto Carlos, lo descubrí gracias a una radio temática en un vuelo. Elegí música brasilera, y de repente arranca un sonido muy cristalino, muy delicado. Y al ser unplugged faltaba ese sonido más kitsch que asocias con Roberto Carlos, eran guitarras acústicas y su voz, él canta muy divino. Y ese fue un disco que lo recomendé mucho, y lo regalé mucho también.

Pero los discos en vivo no me gustan demasiado. De hecho, yo había grabado un DVD hace un tiempo. Y mucha gente me dijo, “¿no querés sacar el disco?”. Y yo les dije que no, que podrás sonar divino. Pero en un disco falta algo.

Pienso que una imagen que tenés colgada en tu blog resume muy bien ese algo que falta en un disco en vivo… es un cartel que dice “Aquello que nosotros observamos atentamente, nos observa atentamente a nosotros”. Falta ese elemento, falta todo el entorno que matiza y eventualmente completa el evento con su presencia.

Exacto, falta ese elemento fundamental. Y ese elemento fundamental es inasible. No lo podés capturar, es la sumatoria de un montón de cosas. Y ni siquiera tener todas esas cosas controladas te asegura capturar eso. Es una cosa mágica. Por eso, hay discos o conciertos maravillosos en los que no es que todo esté inmaculado, sino que se da otra cosa. Y hay discos inmaculados en los que no se genera esa magia.

En resumen, entonces, lo que uno vive como artista junto al público es lo que convierte a una actuación en vivo en una epifanía.

Sí, cualquier ritual religioso se completa con el que recibe. Y en algunos casos (como ser la música cuando el arte se pone en ese plano) es bien específico. Hay otros que quizá son más íntimos, como el hecho de leer un libro. Ahí sos vos, leyendo del modo que a vos te gusta. Pero en la música hay algo más establecido entre quien lo genera y quien lo recibe. Es una noche, en un lugar, con una iluminación y un ambiente. Y todo eso genera una cosa singular, que en el registro en vivo se pierde.

Esto te genera una contradicción enorme. Estás teniendo que replicar en vivo lo que ya fue un disco en vivo. ¿Cómo lo procesás en tu fuero interior, y ante el público en el escenario?

Primero que nada, este disco no era un disco en vivo. Era un concierto que para mí tenía como novedad tocar solo con la guitarra acústica. Ese era el deseo que me impulsaba, el tocar en ese formato tan primigenio para un compositor. Pero para mí era bastante exótico porque lo había hecho ínfimas veces en mi vida. Siempre desde que empecé tuve esa cosa más instrumentista, de tocar otros instrumentos, de juntarme con otros músicos. Me gusta esa interacción, juntarme con músicos que sepan más que vos, y que toquen cosas que vos no sabés.

Pero en tus discos grabás casi todo vos, ¿no? Como Lenny Kravitz.

En un disco es distinto, está bueno tocar tus cosas. Me gustan esos discos que vos tocás todo. Me encanta como toca la batería Lenny Kravitz. Y mucha gente lo conoce solo por la guitarra. Y Stevie Wonder también me gusta como baterista, de hecho en “Superstition” la batería la toca él.

Pero aquella noche para mí tocar solo era una novedad. Y se grabó casi por casualidad. Mirá, ahora me acuerdo de la época de los walkman, una de las muchas grabaciones que tenía era – y mirá las vueltas de la vida – de un toque de Kiko Veneno. Fue la única vez que Kiko había venido a Latinoamérica, hace como quince años. Ya después cuando vino yo ya canté con él, e hicimos todo eso. Pero aquella vez yo lo fui a ver en Buenos Aires, y con mis amigos grabamos el show con un walkman. Y después lo escuchamos durante mucho tiempo. El sonido era pésimo, se encontraban nuestras propias voces cantando todas las letras al unísono. Pero igual había una magia particular ahí. Y creo que este disco capturó un poco de eso. Yo era reacio a escucharlo, pero me decían “escúchalo que está bueno”. Y yo no quería. Y cuando lo escuché, había una cosa especial.

Lo que creo también es que como fue la primera vez que yo hice esos conciertos, ese disco está grabado de una manera más espontánea. Es como más rupestre, pero eso es lo que uno busca. Ahora es distinto, ya lo hice más veces, lo toqué en el Solís.  Ya tiene un guion, un coloque.

¿Esa es la tensión inherente al “Somos Libres”? El tratar de conjurar lo que se hizo una vez en vivo  en un “nuevo” vivo que nunca es libre de lo anterior… Es como un desprendimiento parcial que apunta a otro todo, ¿no?

Podés verlo de esa forma, podés verlo de un lado y del otro. Como una media que la das vuelta, y la podés seguir usando. Pero acá lo que vale es el intento de querer recorrer los vastos caminos de la música, que son infinitos. Sabés que nunca los vas a abarcar, pero está bueno el querer alejarte de vos, tocando, viajando.  Aprendiendo algo nuevo. Y querés expandirte, como el hombre elástico. Pero nunca dejás de ser vos, para bien y para mal.

Y ahora se plantea una presentación en Periscopio, un espacio netamente más reducido y menos fastuoso que un teatro que (además) tiene la tradición histórica del Solís.

Creo que este es un disco muy interesante de tocar en vivo, porque lo que intento hacer es recrear un poco de ese clima y temperamento de cuando se grabó. No significa ni siquiera tocar esa mismas canciones. Yo podría tocar otras canciones, pero si me coloco de manera similar ya el hecho de que toque solo con la viola implica viajar a ese lugar juntos. Es como decir, “vengan juntos por acá que voy a pilotear este barco a vapor por otro camino”.

Y me gusta esa dicotomía de la que hablás, pasar de tocar en un lugar tan lujoso y solemne como el Solís, a tocar en un bolichito súper-limitado. Pero de ahí salen esta clase de discos, esto tiene un paralelismo con el lugar donde el disco se grabó originalmente: Café Vinilo. Ese Café es un lugar muy calido y pequeño, con un muy buen sonido. Entonces, me gusta generar un contraste que al final es solo aparente. Son dos caras de un mismo óvolo.

¿Qué tan premeditado va a ser el repertorio para este sábado en Periscopio, entonces?

El repertorio va a ser el clima, no el armado de las canciones. Voy a variar bastante el show, voy a cambiar bastante el repertorio de lo que toqué en el Solís.

¿Pensás incluir nuevos covers? ¿Cómo dialogarían con los incluidos en un principio en el disco?

Todo lo que hacés habla de vos. Aquellos covers yo no los elegí para que marquen mis gustos, mi trayectoria y mi pensamiento. Pero lo hacen igual.

Hay un tema de Mateo y de mi viejo que es parte sanguínea de mi historia. También hay un tema de un artista yanqui  desconocido (o bastante desconocido) llamado Jonathan, que tiene una cosa poética con la que comulgo. Hay un tema de Mandrake Wolf, que es un colega con el cual he tocado, y cuando estaba en Argentina me gustaba tocar algo de alguien vivo en Argentina, en actividad. Y que no fuera alguien tan reconocido, porque si tocaba algo de Cabrera o de El Príncipe, ellos en Argentina ya tienen su culto formado, Y dije “no, voy a tocar una canción de otro que considero capo, pero no está tan divulgado acá.” Pero no hubo un plan, el guión fue el sentimiento. Y tené en cuenta que lo que te gusta es lo que mejor te va a salir.

¿Los mojos del libro dirán presente otra vez?

Había pensado que no, había pensado en no leer lo de los mojos, ese pequeño espacio en el concierto que le dedico al libro y a la obra de mi viejo. Pero hablé con Macachín (la persona con la cual lo compilé) y me dijo que la segunda edición se está por agotar. Solo quedan diez libros.  Y lo tomé como una señal, porque es el último concierto de este año. Dije “este disco incluye ese libro y se está agotando, así que lo voy a terminar de agotar”. Entonces, este sábado va a ser la última vez que presente lo de los mojos hasta que se reedite el libro. Es una señal, cierra todo perfecto.

Volviendo a la cuestión de tocar múltiples instrumentos, ¿obedece eso a la creencia de que el pincel del pintor consume sus sueños, y (por ende) habría que tener varios pinceles? ¿Para que siempre haya un sueño vivo, una fuerza allá que nos remita acá?  

Puede ser, pero al mismo tiempo este disco es una prueba de que no necesitás nada más. Es un impulso natural, y es la manera de que todo tenga sentido. Hay artistas que tocan siempre lo mismo, y está buenísimo. Hay cineastas que filman siempre la misma película, y está genial. En estos tiempos de hoy, la búsqueda es siempre un valor. Pero lo que importa es a dónde llegues, y lo que compartas con los otros. Desde chico yo siempre fui así, y tuve esa impronta. Me llamaba la atención lo hecho a esa manera, con muchos instrumentos. Pero al mismo tiempo, todo cabe en una guitarra criolla. Y el próximo disco que haga posiblemente sea con otros colores, y con una paleta más amplia. Pero no porque me sea insuficiente una guitarra con sus seis cuerdas.

Esto lo dirá el tiempo, pero si tenés que aventurar una opinión ahora de cómo se enlaza esto con lo que has hecho antes y con lo que harás después, ¿Qué lectura te animarías a hacer?

Es interesante, y no sé si sea yo quien deba hacerlo. Pero considero que este es un disco de oficio; tiene una cosa espiritual de un tipo tocando solo, pero también la cosa de haber tocado muchísimo, de haber viajado mucho. Y no es una obviedad, hay muchos músicos que no tocan tanto. No tienen ese impulso, no tienen ese público que los lleva a tocar.

Y este disco tiene eso, es un disco que te lleva a tocar. Ayer toqué en el Solís, mañana toco en Periscopio y pasado mañana en Buenos Aires, en un espectáculo de títeres para adultos. Es otro formato, es otra cosa. Y hace poco toqué en Bahía, donde nunca voy. Y pasa eso de que la música es como el Esperanto, es un lenguaje universal.

¿Y cómo te direcciona esto? Hoy en día, ¿qué proyectos son más inmediatos en tu horizonte musical?

Ahora estoy tratando de pasar un enero sin ningún proyecto, pero es imposible. En diciembre toco con Yusa (una multi-instrumentalista cubana), en febrero con Kiko Veneno, en marzo con un grupo brasilero llamado La Orquesta Imposible… y también estoy grabando un disco con Antolín.  Antolín es una figura muy inclasificable (y muy potente) del súper-under uruguayo. Es un performer, un poeta, un loco… un artista.

Y este disco que estoy haciendo con Antolín es muy experimental, aunque no sé si esa es la mejor palabra. Es muy peculiar, muy diferente. Y yo pienso “vengo de hacer el disco con Kiko, que fue una cosa de compartir, de hacer algo a medias con un músico de otro país y de otra generación. Después, este disco que es muy minimalista. Después, este disco con Antolín que excede lo meramente musical. Yo lo grabé a él acapella, sin ninguna armonía ni nada y ahí me puse a componer, imaginando lo que él escuchaba cuando cantó. Y supongo que todo eso marca un camino, cuando yo haga un disco propio (que de hecho estoy trabajándolo). Aprendés de todo, cada cosa que hago es una cuenta más en un collar al que voy a seguir agregándole en el futuro. Como el hecho de tocar en un Solís lleno y después viajar y tocar en un pueblito ante diez personas… eso te hace fuerte también. Siempre es preferible calidad antes que cantidad.

¿Pensás que existen movimientos en el arte? ¿O son formas de “hacer vivir” épocas distintas, arropándolas con una especie de manto que al final del día no tiene consecuencia real?

Sí, hay movimientos… pero son ecos. El arte es como un acantilado, y cada tanto todo vuelve. Te fascinás con algo que ya tiene links con cosas pasadas, es eterno. Te fascinás con el surrealismo, con cosas que hizo Yoko Ono que alguien hace ahora otra vez, pero ya se habían hecho antes. Siempre vuelve. Como los profetas que van apareciendo en cada época, que salen de un mismo magma.

¿Y hay algún movimiento con el que te sientas identificado, o con el que no te disgusta que te identifiquen?

Yo me identifico con una actitud. Después, los elementos no me importan para nada. Quiero decir, me puedo identificar con un músico que puede no usar los mismos elementos que yo. La identificación pasa por la sospecha subjetiva que ve el mundo y se para ante el mundo (y ante lo artístico) de una manera similar a la mía. Que yo sienta que entiendo eso de lo que él está hablando. Y eso lo puede hacer un loco de Paquistán tocando una darbuka, o un músico electrónico de dieciocho años, o un veterano que murió antes de que yo naciera y tocaba folclore, y al escucharlo digo “ah, mirá, veía el mundo como yo”. Lo cual es lo más probable, porque nadie es tan especial ni tan raro.

“Lo que no se parece a nada no existe”, enseñaba Oscar Wilde.

Claro, y por eso tenés gente que comulga con las canciones que hacés, y por eso yo comulgo con las canciones de otros. Es encontrar a esa gente, alguna será amiga tuya, y en otros casos será una conexión o un link con gente que ya está muerta. Y que igual te sigue hablando y emocionando.

¿Cuál es el cometido de la creación artística en la época actual? ¿Debe emocionar o debe perturbar? ¿O ambas cosas?

Una emoción se puede considerar que es un tipo de perturbación. Me parece que van de la mano. La emoción es un estremecimiento.

¿Y a dónde deben remitirse el artista y el público? ¿Qué sentimientos se debería procurar construir?

Bueno, yo creo que el objetivo primero es más egoísta. Creo que lo no-egoísta o altruista viene luego, es darte cuenta si eso que te está pasando a vos y que estás haciendo para vos tiene un valor para ser compartido. Que a veces no lo tiene, y no amerita hacerse en vivo.

Ahora, una cosa que me pasa a menudo es que la gente me habla del componente inspirador tiene lo que hago. Es lo que los dispara a hacer cosas, y no necesariamente música. Es hermoso eso, y a mí también me pasa muchísimo y no solo con músicos. Me pasa con otros artistas, con pintores, escultores, bailarines… y está buenísimo que así sea. Es un placer enorme estar metido en ese engranaje de dar y recibir.

Yo también conozco ese sentimiento. Con el paso del tiempo uno sale menos, pero cada vez que salgo y veo algo hecho con calidad (en el sentido de que está hecho con profundidad, con hondura y con búsqueda) siempre es inspirador. Y digo “qué bueno que vine a ver esto”.

Y te repito que no tiene por qué ser música. La danza contemporánea me gusta mucho, el teatro me gusta mucho…. Cuando vuelvo de ver algo potente, me siento y escribo una canción. Eso es divino, y entiendo perfectamente que eso pueda suceder. Entiendo y agradezco ese sentimiento.

El otro día Diego Drexler me señalaba que “la perfección es enemiga de lo bueno”.

Exactamente, la perfección ofende a los dioses. Y en la música, soy extremadamente consciente de ser un aprendiz. Con un disco o con una canción, me siento satisfecho cuando llegué a un lugar nuevo. Más allá de que un disco quede perfecto o erróneo y que le guste a poca o mucha gente, importa otra cosa: poder decir “ah, mira, nunca había estado acá antes”. Eso es en el fondo lo que uno busca. Y eso se logra estando distraído.  Al final, uno lo que genera es el clima y el lugar propicio para el error. Tenés todo lo que aprendiste y conceptualizaste, y al final lo que hiciste fue armar como una trampa para cazar al error, a la cosa que te atrapa distraído y no te la esperabas.

Ante la duda, todo. Y… ¿ante todo?

[Risas] Hacer. Me parece que hay que hacer. No hay que tener miedo, haciendo se es. Se aprende, y no es un aprendizaje que tenga como objetivo llegar a un lugar para quedarse ahí. “El camino es la recompensa”, esa frase del Maestro es real, y es muy artística. Y tiene mucho que ver con el proceso, y eso es lo que vale. Después, tenés un disco o un concierto. Pero todo son mojones. Lo más importante es todo lo que te hacen recordar esos discos o conciertos que son como fotos recordándote ese verano,  esa cena con tus amigos o con tu novia… Me gusta hacer discos, me gusta tocar en vivo. Pero eso puedo hacerlo por la soledad que conocí, o gracias a la compañía de mi círculo más íntimo de amigos músicos.

La música es una ganzúa que creó el hombre, es lo que lo diferencia del resto de las especies. Es como una ganzúa para entreabrir la puerta a una cosa más amplia y más elevada. La música y el arte te dan eso, y son de las pocas cosas que pueden hacerlo. Y el amor también.

Martín Buscaglia presenta “Somos Libres” en Periscopio.

Sábado 22 de noviembre, 22:00 horas.

Reservas: periscopio.contacto@gmail.com

Imagen portada: “SOMOS LIBRES”: entrevistamos a MARTIN BUSCAGLIA – Noviembre 2014 © Martín Medina Fotografía

 
 

   

 
 

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Emilio Pérez Miguel

Emilio Pérez Miguel

(Montevideo, 2 de diciembre de 1979) Traductor público de idioma inglés, periodista cultural y organizador de eventos a beneficio de hospitales pediátricos en Uruguay y Argentina. Su labor periodística comenzó en junio de 2009 con la fundación de MusicKO, un sitio dedicado a la reseña de artistas emergentes. En la actualidad colabora con diversos portales entre los que se incluye Cooltivarte, al cual se integró a inicios de 2011. Como escritor, publicó dos libros de poesía en 2009 y 2010 (“Once” y “Ten”) y uno en prosa que vio la luz en 2013 (“Ayer La Lluvia”). "Once" y "Ten" fueron libros híbridos, con una propuesta enraizada en igual parte en la música y la poesía. "Ayer La Lluvia" aunó esta pluralidad de formas, y se presentó con los artistas que lo inspiraron en un festival de música y literatura que se extendió durante dos años, al término del cual Pérez Miguel se retiró como escritor. Las experiencias vividas durante ese tiempo fueron entonces sintetizadas en la "Campaña Del Juguete", una gira de conciertos que beneficia al Hospital Pereira Rossell en Uruguay, y al Hospital Garrahan en Argentina. Pérez Miguel fue asimismo el primer escritor uruguayo en subir todos sus libros a Internet, amparándose en el sistema de derechos libres conocido como Creative Commons. Basándose en que "el arte es para compartir y no para competir" y buscando "una democratización real de los bienes culturales", el autor comparte su obra en su propio sitio y en diversas páginas que fomentan la literatura, de manera libre y gratuita.







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