6SEIS: Todos somos culpables Foto Alejandro Persichetti

6seis: todos somos culpables

El bostezo de la crítica

No me gustó 6seis… porque no tenía que gustarme. El gusto es el lugar donde toda expresión artística fracasa; el gusto es un estante donde colocar las cosas para que se tranquilicen, en definitiva, es una estrategia de cooptación.

6seis renueva el vínculo con ese otro sujeto, el público, fundamental, para que la comunicación teatral se produzca y exista la obra.

Además de que esta cumple con las debidas características del fenómeno “teatro”, despliega en escena una especie de ensayo representado, al estilo de una investigación y es donde la representación, además de ser un espectáculo, trepa a la categoría de intervención cultural.

Existe una clara intención por parte del autor, de su director y a partir del compromiso actoral, por influir sobre el mapa simbólico de la cultura e intentar hacer modificaciones. Y es aquí donde la crítica entra en el sopor y se limita a mirar hacia otro lado. No todos, es cierto, han habido ejemplos rotundos como el del periodista, escritor y actor teatral argentino, Enrique Symns.

La intervención cultural implica tratar de mejorar algo que está funcionando mal. Implica el compromiso con una lectura de la sociedad y un accionar allí donde la escritura simbólica está construyéndose de manera autista. La crítica no puede estar exenta de este compromiso.

La crítica es una mediación, como tantas otras, como la del curador, el marchante, el museo, el gestor; por lo tanto tiene una enorme responsabilidad, más allá de la necesidad de llenar algunas columnas de un periódico.

En realidad, la principal tarea del crítico debería ser la de ausentarse, la de no molestar, como dice Francisco Umbral, la de no proyectar sombra sobre la página. A quién le importa, realmente, aquello que al crítico le gusta o deja de gustar, para eso ahora existe Facebook. Lo que requerimos de la crítica es una función pedagógica, una intermediación informada y, precisamente, crítica. Es una función delicadísima que no puede estar sujeta al malhumor del personaje de turno.

6seis es una obra política. La mejor intervención cultural y artística es política. 6seis trata el tema del contrato social, el que suscribimos todos para construir este gran conglomerado que llamamos sociedad.

6seis se ocupa de lo que pocos se ocupan, de colocar luz sobre aquellos socios minoritarios, los que detentan escasas «acciones» de esta empresa.

6seis se ocupa de un tema por demás actual y por demás moderno o posmoderno, el tema que ha mantenido ocupada a Spivak por más de una década: el sujeto subalterno.

Existen muchas clases de subalternidades. Algunas son de características tan flagrantes que forman parte del imaginario colectivo. Otras, en cambio, se viven al interior de los hogares, de los colegios, al interior de las organizaciones.

Esta obra debería contar con BIA como su principal sponsor. Hace mucho tiempo que no nos reflejábamos en un espejo de tales proporciones. Las risas incómodas en la sala atestiguaban una liberación motivada por la falta de identificación. A partir de la incomodidad se construye la crisis, elemento fundante del aprendizaje.

Toda sociedad construye zonas de exclusión: cárceles, manicomios, clínicas psiquiátricas. También elige a sus monstruos, los necesita.

La monstruosidad se origina en la diferencia. Un monstruo es aquello que no puede ser. Y de inmediato deseamos saber cuál es el orden que silencia o rechaza.

…Primero: la espectacularidad, derivada del hecho de que el monstruo se muestra, más allá de una norma (<<monstrum>>). Segundo: <<la misteriosidad>> causada por el hecho de que su existencia nos lleva a pensar en una admonición oculta de la naturaleza, que deberíamos adivinar (<<Monitum>>). Todos los grandes prototipos de monstruo…Son al mismo tiempo maravillas y principios enigmáticos. Calabrese, 1987.

La monstruosidad también nos construye desde un supuesto virtuosismo de tabloide. Nos separa pero no nos aleja, por aquello de la necesidad y la política.

Existen políticas para abordar la monstruosidad, para hacerla meramente tolerable. El monstruo es necesario. Nos recuerda que existe un lugar al cual descender. Un círculo inferior donde habita el temor. El asco. También el placer. Y, por supuesto, la lubricidad. El exotismo del monstruo nos impele al placer como el que produce el azote o la humillación.

Como señala Foucault en «Vigilar y Castigar» la noción de monstruo es […] esencialmente una noción jurídica –jurídica en el sentido amplio del término, claro está, porque lo que define al monstruo es el hecho de que, en su existencia misma y su forma, no sólo es violación de las leyes de la sociedad, sino también de las leyes de la naturaleza- […] el monstruo aparece en este espacio como un fenómeno a la vez extremo y extremadamente raro. Es el límite, el punto de derrumbe de la ley y, al mismo tiempo, la excepción que sólo se encuentra, precisamente, en casos extremos.

Digamos que el monstruo es lo que combina lo imposible y lo prohibido. (Foucault, 2012)

El monstruo es de vital importancia para todos nosotros. Ese ser fantástico que por alguna razón nos causa espanto, nos recuerda que existe algo así como «un orden regular de la naturaleza». También nos provee de la excusa para los mayores crímenes.

El monstruo es una bolsa y todos tenemos algo para colocar en ella. El monstruo es una luz en verde para cruzar. Él, dice: «Dame lo que te sobra».

Deberíamos asumir que él existe para nuestra expiación. Para nuestro alimento. Un fruto del jardín para enjuagarnos el tracto digestivo o para llenarnos la boca.

En 6seis lo monstruoso está trabajado desde el lugar de una relación especular. Es el orden regular y jurídico de la sociedad el que se vuelve monstruoso. El asesinato de seis mujeres trans y su carácter de víctimas sacrificiales nos convierte en verdugos morales. Mujeres trans mutiladas, quemadas, muertas por disparos en la nuca, ejecutadas. Víctimas inocentes. A los uruguayos parecería que nos gusta tener nuestro propio holocausto1.

Aquí la crítica ya se encuentra desarmada. Uno duda acerca de si sabe pero no quiere, lo cual en todo caso es, también, una estrategia de intervención. O si por el contrario sencillamente no sabe.

A un ensayo se lo estudia, se lo lee, se lo cuestiona. Se lo desarma. Lo queer, lo subalterno, la sexualidad, la libertad, el ser nacional, la noción de sujeto, la de poder, la construcción de identidad, la muerte en efigie por interposición de la víctima, son algunos de los temas de los cuales debió ocuparse la crítica.

Solo el teatro puede exhibir estos conflictos de manera tan intensa. A los que estábamos presenciando la obra empezó a quedarnos en claro que las elecciones sexuales del otro, sus elecciones de identidad, refieren antes que nada a nosotros mismos. El otro que no desea ser como yo, que no puede o que simplemente no quiere, representa cierta traición al grupo mayoritario, en este caso hegemónico.

Nada complica más las cosas que el sexo, cuando no es el de la mayoría. La construcción de una normativa binaria exhibe, cada vez más, sus límites, su precariedad, estalla en pedazos.

El sexo puede ser una flor o un monstruo. Generalmente elegimos alimentar al monstruo.

El sujeto subalterno es aquel que no tiene voz o que no dispone de escenarios para que esa voz prospere, o en el peor de los casos, no sabe siquiera qué tiene permitido hablar.

El sujeto sin voz halla su representación en una mediación que le permite «decir» aquellas cosas que la naturaleza del vínculo habilita y para el cual ha sido educado.

El guion de la obra va sembrando las pistas para que se forme la idea de que el homosexual, « el puto», «la tortillera», las y los trans género son, antes que nada, sujetos custodiados por la omnipresencia de aquellas máquinas de Guerra encargadas de dicha custodia: la educación, la medicina y la policía.

En suma, aquellas instituciones a las cuales delegamos, como cuerpo social, el ejercicio de la violencia legal.

6seis no refiere a las mujeres trans asesinadas. Se ocupa de ellas, la reivindica, pero en realidad, refiere a nosotros. Ellas ya han ganado la partida.

Se han quedado con la última palabra, esa es la condición fundante de los muertos. Los muertos como la lluvia siempre tienen la razón.

Nosotros somos los responsables de este sacrificio. El Estado somos nosotros.

El Estado lo hacen las personas. Personas temerosas harán un Estado temeroso.

Himmler, al fundar la Oficina Central del Reich para Combatir la homosexualidad y el Aborto, decía: “[…] la destrucción del Estado empieza cuando interviene un principio erótico […] y afirmaba que […] la homosexualidad hace frustrar cualquier rendimiento […] destruye al Estado en sus fundamentos”

«El otro distinto» es tal en la medida en que no reconozco su status o le asigno diferencias constitutivas insalvables. Puedo preguntarme si tiene un alma igual que la mía, en el caso de que creyésemos en ella. Puedo pensar que su corazón tiene un cielo de otro planeta, con tormentas mitrales y desgajes sanguinolentos, con vientos que desbaratan el sueño en un soplo atolondrado y aórtico.

Sí, existen múltiples estrategias para hacer del «otro distinto» una zona de depositación. Obviando, dramáticamente, la circunstancia de que el otro soy yo mismo «representado».


1 Quiero aclarar para algún lector desprevenido que esta palabra refiere al sacrificio de inocentes y que no interviene en su formulación una noción numérica.

Imagen portada: 6SEIS: Todos somos culpables Foto Alejandro Persichetti

Información de la obra: www.teatro.alianza.edu.uy

 
 

   

 
 

(Visited 70 times, 19 visits today)



Javier Etchemendi

Javier Etchemendi

(Montevideo, 1968) Poeta, escritor, corrector. Técnico en Gestión Cultural, CLAEH. Socio Director de la Productora en Gestión Cultural “Que parezca un accidente”. Productor del Café Literario del Auditorio del Sodre Dra. Adela Reta. Presidente de la Asociación de amigos del MUMI (Museo de la Migraciones)

<





Recomendaciones destacadas