
“El producto de la soledad de un autodidacta”, esa podría la breve —brevísima— forma de acercarnos al arte de Walixce Jazy, un músico prácticamente desconocido con un especial talento para retratar la compañía y el amor, suponiendo que no son la misma cosa.
En tiempos donde la exposición parece condición de existencia, su música aparece como un gesto rebelde: canciones que no gritan para ser vistas, sino que esperan un oído dispuesto a lo nuevo, a lo no masivo.
Hay algo profundamente humano en ese gesto de hacer canciones sin urgencia, sin estrategia, sin la ansiedad de la validación inmediata. Como si cada tema fuera una conversación íntima que no admite interrupciones, un pequeño refugio construido con acordes, silencios y errores asumidos.
Emiliano Vera, tacuaremboense de 24 años, con varias pieles musicales que ha ido cambiando con el tiempo, sin necesidad de anunciarlo, es el creador detrás del proyecto Walixce Jazy —con el cual se ha presentado en vivo acompañado de Melany Maciel—, donde condensa un recorrido íntimo y esquivo que flirtea entre poética de pétalos mustios y un sonido sincero que no guarda reparos en mostrarse en pleno crecimiento. “Gualiche”, como le dicen sus fieles, es todavía una banda que sólo un puñado de afortunados conoce. Nacido bajo el influjo de la música, genéticamente artista, como entendiendo en el sonido un idioma previo a la palabra, Emiliano ha construido hasta ahora una sólida carrera en la que la autenticidad parece ser el hilo conductor. Es el hermano de Federico, el creador de Incluso si es un susurro soviético, quien además es una de las iluminadas almas detrás del Tacuanoise, el festival de música independiente más importante – como mínimo – del norte del país. Y lo que pudo comenzar como un juego de Hnos hoy tiene a dos de los músicos más talentosos de la escena alternativa uruguaya.
Hay algo de herencia y de desvío en ese cruce fraternal: una misma raíz, dos formas distintas de mirar el mundo. Mientras uno organiza, convoca y expande una comunidad de artistas que se retroalimentan, el otro se repliega, escribe, pule y deja que el tiempo haga un trabajo casi imperceptible en el día a día. No es una oposición sino un complemento natural de una sensibilidad compartida sobre el arte.
De pocas palabras, me contó que “yo no sabía qué tocaba, sabía que tocaba y sonaba bien”, cuando comenzó a experimentar con la música. En esa frase aparece el germen de todo: un gurí de 9 años que allá por 2010 se empecinaba en mantener vivos en sus audífonos a los Beatles, alguien que no tiene problemas en admitir que, emocionalmente, vive en otra época. Con oficio de orfebre, a los 15 años creó la primera de sus decenas de canciones, algunas de las cuales le tomaron unos cinco años de trabajo, como si la paciencia fuera también un estilo musical. Esa pausa se escucha en su música, está en los tiempos que no se apuran, en las melodías que parecen pensar antes de avanzar, en una forma de tocar que no busca el impacto sino la permanencia; es como si cada canción tuviera que ganarse el derecho de existir. Antes, fue voz y guitarra en Demacrados, además participó de otras bandas como Inminente o más recientemente Julia Lunar, donde tocó la batería. Ese recorrido por distintos instrumentos y roles parece haberle enseñado algo esencial: que la música no siempre pide protagonismo, a veces sólo presencia. Parece haber entendido a la perfección cuándo estar al frente y cuándo acompañar, cuándo callar para que otro sonido respire.
De nicho. En el fondo de una biblioteca de estudiosos de la liturgia noventera del rock alternativo, entre lo fi y folk, sobre viejos anaqueles de un sitio web llamado Bandcamp —que ya muchos creen extinto y otros directamente olvidaron…— duerme un manojo de vibrantes canciones, en las que lo artesanal todavía sostiene una comunidad, un sentimiento que nos invita a acercarnos al otro.
Una buena tarde, seguramente de otoño, cayó en ese agujero de conejo musical que es —me paro para escribirlo— John Frusciante —me siento—, y no salió ileso, ya nada fue igual. Walixce Jazy tomó forma con esas hebras de sonido y se sigue desenvolviendo desde ese cuerpo creativo.
Estamos frente a un músico tímido (al fin un artista que no se cree el centro del planeta), que casi no existe en las plataformas musicales, esas en las que todos parecen hacer fila para querer estar. Un tipo sencillo que va por la vida pescando razones para componer y tiene mucha más música grabada que publicada. Hay en ese ocultamiento voluntario de su obra una ética silenciosa: no todo tiene que ser dicho, no todo tiene que ser subido, no todo tiene que ser mostrado. Algunas canciones existen mejor cuando no están obligadas a rendir cuentas.
Le ha hecho varias canciones a sus mascotas, incluso algunas se enredan entre sí. Vive en un estado de inspiración letárgica, como si su parsimonia fuese fundamental para macerar los mejores sabores de su arte. Casi no se lo escucha tocar —incluso dice que le da vergüenza oírse— pero cuando lo hace revitaliza lo sencillo de las cosas que nos conmueven y transforma la velada en un día especial para quienes tienen el privilegio de verlo.
En su Bandcamp están sus EPs, “Hoy me quedo un momento más”, para bailar llorando por lo lindo que es que algo te duela y todavía no estés totalmente anestesiado, o “Mborayhu”, tres himnos de amor, más intimista, poético y experimental que el anterior. También subió su single “Como Quisiera”, que condensa una furia británica inusual en el rock nacional.
Escuchar a Walixce Jazy hace bien, porque es recordar que el arte no debería pervertirse de sus designios, ni apurarse, ni disfrazarse para gustar ni andar exhibiéndose impúdicamente como si todo lo que hace un artista fue la obra de una deidad. Es conocer a un músico que antes que artista eligió ser persona y tener los fantasmas que un humano debe tener, sin resolverlos del todo, sin convertirlos en consigna, sin tirarles una sábana encima para que hagan una mímica. Y en esa elección, acaso sin proponérselo, terminó escribiendo canciones que acompañan mejor que muchas certezas: piezas que no vienen a explicar nada, sino a sentarse al lado, a compartir el silencio, a recordarnos que todavía hay belleza en lo frágil y en lo que no necesita ser nombrado para aún existir.

















































