
Un montón de desmayos, linternas y brazos en alto: las más de seis horas de música de Airbag en Uruguay.
El frío fin de semana recibió una inyección de adrenalina que por unas horas lo transformó en un verano noventero. Afuera del Antel Arena, el aire vibraba con la expectativa de cientos de jóvenes que llegaban temprano, abrigados pero con el corazón en llamas, envueltos en merchandising, selfies y promesas de una noche inolvidable junto a sus ídolos: Airbag.
Una fanática me cuenta – entre la vergüenza y la euforia – que en una de las visitas anteriores de la banda se plantó frente al hotel donde se hospedaban para esperarlos. No todo salió como esperaba: los nervios la traicionaron, y en un ataque de emoción terminó chocando contra la furgoneta del grupo. El accidente provocó un retraso en la banda… y un gélido gesto de desaprobación de parte de sus ídolos. “Todavía me duele más eso que el arreglo del auto”, confiesa.
Airbag – la banda formada por los hermanos Sardelli: Gastón (bajo), Patricio (voz principal y guitarra) y Guido (quien arrancó en la batería y luego se sumó como guitarrista y vocalista)— suma hoy a su formación a Sebastián Rosascio en batería y José Luis Berrone en teclados. Pero además de músicos, los Sardelli son performers natos: saben cómo domar un escenario, cómo mirar al público a los ojos y hacerlo sentir parte de algo más grande.
Y lo hicieron. Reventaron el Antel Arena en dos noches seguidas para presentar su último disco, El club de la pelea. Porque si algo tienen claro, es que no se le dice que no a una multitud hambrienta de rock.
Su historia comenzó oficialmente en 1999, pero ya venían girando desde mediados de los noventa bajo el nombre Los Nietos de Chuck, en honor al viejo Chuck Berry. Versionaban a Creedence, y más de una vez se los vio replicando la pose y el sonido de Guns N’ Roses. Como muchas bandas de rock argentino, empezaron ensayando en un galpón del conurbano bonaerense, en Don Torcuato. De ahí al mundo.
Antes de que ellos salten a escena, Dinamita, los teloneros, se despiden con una versión de Heroes de David Bowie acompañada de un violín soberbio. Es una interpretación hermosa, de esas que te limpian el paladar para el plato fuerte.
Y cuando Airbag sale a tocar, el tiempo se vuelve elástico. Más de tres horas de show, entre clásicos propios, covers y homenajes inesperados. Desde Creedence hasta Gardel, pasando por Chuck Berry, todo se amalgama con hits como Nunca lo olvides, Vivamos el momento y Por mil noches, coreados por una audiencia completamente entregada.
Pero no todo es hard rock. En su ADN hay baladas, pop, power ballads. Temas como Culpables o Pensamientos muestran otra faceta de la banda: más introspectiva, más compositiva, más ambiciosa.
Entre canción y canción, los gritos del público no cesan. Hay desmayos. Lágrimas. Abrazos. Gracias a la producción minuciosa de Piano Piano, cada emergencia fue atendida al instante: un equipo médico, agua que circula entre los cuerpos agotados y la emoción que nunca decae.
El punto máximo llega con Colombiana y una versión de A Don José que desata una ola de emoción nacional que la banda acompaña con un guiño a la hermandad que nos une.
Cuando suenan los últimos acordes de Solo aquí, el viaje llega a su fin. Se apagan las luces, pero el fuego sigue. Airbag se despide de Uruguay dejando atrás un reguero de fans hipnotizados por su mezcla explosiva de rock, baladas y actitud rioplatense. Y con la promesa latente de que van a volver. Porque noches como esta no se olvidan. Y ellos lo saben.















































