
¿Por qué leer a David Foster Wallace y “La broma infinita”?
Foster Wallace suele ser uno de esos autores que transitan mundos paralelos de los mundos de los lectores. Tal vez por su imagen de genio incomprendido, tal vez por los juicios estéticos que se construyen alrededor de la totalidad de su obra o tal vez y simplemente por el tipo de lectores que consumen libros en unas cosas más parecidas a franquicias de perfumería que a espacios de encuentro y/o discusión literaria, y que nos empeñamos en seguir llamando librerías. No es que no existan ya las librerías. Las hay, pero son pocas. El género se extingue en su ontogénesis tanto como los propios libreros, sustituidos por vendedores de libros, que no son la misma cosa.
Lo anterior no significa en modo alguno que Foster Wallace sea uno de esos autores que cualquier librero idóneo recomendaría a un lector de playa. Es, por el contrario, una lectura particular y única para cierto tipo de lectores avezados, y cuantos más laberintos tenga el lector en su cabeza, mejor entrará en diálogo con el autor. O tal vez no tanto avezados sino tercos. Hablo de lectores que necesitan que el libro trascienda el mero contar historias y se atreva a desafiarlos. No se trata de un autor de tramas lineales. Tal vez siquiera de tramas, dependiendo de lo que el lector pretende considerar una trama o de lo que espera leer en algo que se define en general y simplemente como novela.
El desafío se incrementa cuando se indaga en Foster Wallace y el lector se encuentra con que su máxima expresión literaria se encuentra representada en La broma infinita. Más aún cuando precisamente dicha novela se describe como una de las obras más importantes del siglo XX, instalando inclusive un neologismo como lo es el de literatura post-posmoderna. Si a lo anterior lo agregamos que la novela cuenta con más de 1200 páginas en letras muy pequeñas y sin contar las cerca de 400 notas al pie agregadas por el propio autor, el desafío se incrementa y la obra podría visualizarse como una tortura.
No podría, aunque quisiera, realizar un análisis literario de La broma infinita. Sobre todo, porque no soy crítico literario. Por lo tanto, oficiaré de comentador y haré lo que pueda. Muchos críticos la ubican dentro de lo que podría llamarse novela ensayística. Me gusta esa idea. Hay fragmentos que, de recortarse, podrían transformarse perfectamente en un ensayo. El momento en el que Avril (Mami) Incandenza explica a su hijo Mario de lo que se trata la depresión y le describe cómo se sienten los suicidas, apelando a la analogía de un incendio en el que el sujeto se encuentra atrapado en un apartamento en llamas y opta por lanzarse de inmediato asumiendo que el dolor de la caída es menor que el dolor de las quemaduras es un ejemplo de lo anterior. Tanto como eso, son las incontables notas al pie cargadas de conceptos filosóficos, antropólogos, sociológicos, químicos, matemáticos, históricos… y demás mundos epistémicos. Otros críticos hablan de la novela simplemente como una distopía, una categoría dentro de la ficción en la cual se describe un futuro incierto y ridículamente alterado al respecto de lo que supondría un referente deontológico.
Al respeto de la trama, está claro, como decíamos, que no se trata de una novela lineal. No describe una serie de sucesos cronológicamente ordenados ni los desarrolla de forma clara y uniforme. No obstante, cada fragmento se ata con otro, tendiendo una red perfecta de conexiones absurdas, pero jamás imposibles. Puedes dudar de los límites de lo real, pero no hay forma de que encuentres, en esas 1200 páginas, cosas imposibles.
La Broma Infinita trata de un futuro en efecto distópico en el cual USA, Canadá y México se han unido, mientras que un grupo de terroristas en silla de ruedas lucha para dividirlos, usando una película que mata por inanición. El entretenimiento es una cinta que tiene tal magnetismo que mantiene a la gente atada a su silla hasta que ingresan a un estado catatónico para, finalmente, morir. El autor de la cinta es James Incandenza, esposo de Avril y papá de Orin, Mario y Hal. Este último es uno de los principales protagonistas de la novela.
Hal es un joven tenista, promesa de la Escuela Enfield, institución fundada por su propio padre. Se enfrenta a la depresión y los ataques de pánico, siendo un tenista talentoso a la vez que un genio intelectual, refugiándose en el consumo abusivo de la marihuana y afectado por la distante relación con su padre suicida y por la obligación de estar siendo quien no quiere ser.
Frente a la escuela, la ENET House, clínica de rehabilitación de adicciones, encierra los opuestos y los iguales de la propia Academia. La clínica es la imagen especular de la academia de tenis. Ambos espacios representan el lugar donde nadie quiere estar, pero donde parece correcto estar, y donde cada acontecimiento supone un nuevo intento por convencer al protagonista que se encuentra haciendo lo adecuado. Los personajes centrales de la ENET House son Don Gately, exadicto y exconvicto que se refugia en la casa para escapar de una condena, y Joelle Van Dyne -Madame Psicosis-, ex novia de Orin Incandenza y actriz principal de la película mortal de James Incandenza, con quien mantenía una extraña relación. Madame Psicosis cubre de forma permanente su cara con un velo, producto de un ataque con ácido en una crisis de celos de su madre.
Es difícil explicar cuál es el tema central de La Broma Infinita. Trata sobre adicciones, depresión, muerte, vida, abusos, violencia, maltrato, abandono, relaciones, enfermedad, marginalidad, arte, ética, estética, éxito, fracaso, incomodidad permanente, consumo, consumo y más consumo hasta los límites del consumo problemático, transgresión, revolución, mercado, drogas, fármacos legales, pudrición, deshechos, deporte, espectáculo, discapacidad y tantas cosas como se les ocurra en la infinidad de texto que el libro contiene. Habla de todo. Con la particularidad de que su fortaleza radica en la construcción de la totalidad. Todo se relaciona con todo y todo convive en dependencia. No hay nudos sueltos y, si en algún momento aparece alguno, seguro cerrará sobre el final que, aunque ilustrativo, no deja de ser ambiguo y profundamente interpelante.
Leer a Foster Wallace y La broma infinita es un desafío para el lector. El texto es denso y se encuentra exageradamente cargado de conceptos. No obstante, todo está allí. No falta nada. Parece que este genio recopiló la totalidad de los problemas de un mundo habitado por sujetos que necesitan de la aprobación permanente de sus pares, cuando aún no existían las redes y los likes. No es de extrañar que su cabeza no haya soportado la comprensión de tanta idiotez, optando por poner fin a su vida, eligiendo el abismo por sobre las llamas, como ya lo venía anunciando Mami Incandenza.
En definitiva, aquel que quiere sentirse interpelado por la obra, debe hacer el intento. Tal vez no sea el libro para acercarse en primera instancia al autor, pero lo cierto es que todos sus textos revisten idéntica complejidad. Foster Wallace fue mucho más filósofo que los que venden hoy filosofía. No creo que haya elaborado propiamente una categoría de pensamiento. Lo que sí está claro, es que desarrolló un dispositivo de lectura del mundo que descubre varios velos, tales como el que cubre la cara de Madame Psicosis durante la totalidad de la novela. La cuestión es si, realmente, estamos preparados para verlo todo.















































