Las redes sociales son un fenómeno global de este siglo. Nacieron con la intención de conectar a la mayor cantidad de personas desde sus ordenadores, aunque lejos de un sentido meramente filantrópico: detrás de toda idea brillante hay un gran negocio.
En la era de lo efímero, las aplicaciones de Facebook (originada en 2004), WhatsApp (creada en 2009) e Instagram (vigente desde 2010), todavía concentran la mayor cantidad de usuarios.
Todas ellas son gobernadas por un mismo accionista, tapa de la última Time: Mark Zuckerberg, el hombre que se reinventó a sí mismo, un adolescente no muy apuesto que quería conquistar chicas para vencer sus pudores. Seguramente, nunca haya imaginado que ese objetivo terminó derivando en uno de mucho mayor alcance, siendo hoy uno de los dueños del mundo.
Desde sus inicios, las redes sociales hegemónicas se enfrentan a encumbrados paradojas. Por un lado acercan, por el otro alejan. Al decir del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, crean la ilusión de libertad mientras los usuarios comparten datos personales voluntariamente, ahorrando el trabajo de las grandes corporaciones, que ya no deben apelar al espionaje para conocer los gustos e intereses de la gente que será manipulada.
Hay una generación contemporánea a estas aplicaciones, de manera que muchas veces, los conflictos surgidos en torno a ellas, presentan vacíos legales.
Aunque haya habido avances en relación a que la gente fallecida disponga de un “derecho al olvido” (o posibilidad de delegar su cuenta a alguien en caso de muerte), desde hace un tiempo, las principales controversias están relacionadas a la falta de privacidad de los datos personales y la manipulación de ellos con fines políticos o económicos. Además, en los últimos días generó alerta la caída de estas redes, dejando incomunicados a sus usuarios durante aproximadamente 7 hs, una falla que con mucho menor efecto se repitió a los pocos días.
Mientras otras empresas están al acecho para cooptar a los cada vez más desencantados usuarios de las redes sociales mencionadas, Zuckerberg resiste con un ojo en las acciones y el otro en un debate emergente: ¿Qué tan seguras y necesarias son las redes sociales?

















































