Desde que se estrenó La hermanastra fea (2025), de la directora noruega Emilie Blichfeldt, muchas reseñas se concentraron en su dimensión de body horror. Y es cierto: la película tiene imágenes muy fuertes. Pestañas cosidas a la piel, una rinoplastía sin anestesia, la decisión extrema de tragar una tenia para poder comer sin engordar. Confieso que en un par de escenas tuve que bajar la vista, sobre todo cuando algo salía de la boca, más por mi propia sensibilidad que porque la película sea imposible de ver. A pesar de lo impactante, no se trata de un film inaccesible ni gratuito en su violencia: todo lo que muestra tiene un sentido narrativo y simbólico.
Lo interesante es que esta historia dialoga directamente con el origen oscuro del cuento de Cenicienta. En las versiones más antiguas —como la de los Hermanos Grimm— las hermanastras se mutilaban los pies para que el zapato les entrara. El desprecio por el cuerpo que nos tocó, la fuerza de voluntad para cambiar lo que es, siempre fue el precio a pagar para ser la elegida. La hermanastra fea recupera esa brutalidad, y la exalta con cirugías sin anestesia, dietas extremas, tratamientos estéticos, control obsesivo del cuerpo.

La película está narrada desde el punto de vista de Elvira, la hermanastra. Ese cambio de foco es clave: por primera vez la protagonista no es Cenicienta, sino quien siempre fue vista como la fea, la descartable. Elvira llega a una nueva casa con su madre, que se ha casado nuevamente, y se encuentra con su nueva hermana —Cenicienta—, que es físicamente más atractiva. Cuando el nuevo esposo muere y descubren que no dejó dinero, el destino económico de la familia queda atado a una sola posibilidad: que alguna de las hijas se case con el príncipe para no caer en la miseria.
La obsesión de Elvira por volverse bella no nace del capricho, sino de la necesidad: ser elegida o desaparecer. Y en ese camino se somete a todo tipo de procedimientos que van destruyendo su cuerpo: se le cae el pelo, vomita, sufre dolores constantes, su salud se deteriora. La película no pierde la estructura básica del cuento de hadas —hay baile, hay príncipe, hay rivalidad—, pero lo envuelve en una estética que mantiene la magia visual: colores suaves, vestuarios delicados, una puesta en escena casi encantada que contrasta con lo espeluznante de lo que ocurre.

Ahí aparece una de las preguntas más potentes del film: ¿cuánto de esto nos resulta hoy realmente extraño?
Dietas milagro, inyecciones para bajar de peso como el Ozempic, cirugías estéticas, botox, depilación, lipo láser, aparatos que prometen juventud eterna y cuerpos perfectos. Todo presentado bajo la idea de “cuidarse”, cuando muchas veces el único objetivo es acercarse a un ideal corporal cada vez más estrecho. Vivimos en una sociedad que por un lado dice “amate como sos” y por otro nos bombardea con productos para cambiar lo que somos.
Días después de ver la película, me encontré con el stand up de Marcello Hernández en Netflix. En su monólogo habla de crecer como niño latino en Estados Unidos, criado por su madre y rodeado de hermanas mujeres. Desde el humor, describe la violencia cotidiana con la que las mujeres tratamos nuestros cuerpos: exfoliaciones sangrientas, depilaciones dolorosas, forcejeos para entrar en ropa ajustada, rituales de belleza que rozan lo absurdo y lo brutal. Lo cuenta de manera graciosa, pero lo que subyace es lo mismo que plantea la película: prácticas que hemos normalizado aunque sean incómodas, dolorosas o incluso dañinas.
En ese cruce entre un cuento de hadas reescrito como horror corporal y un monólogo cómico aparece una verdad inquietante: la violencia sobre el cuerpo femenino no siempre se percibe como violencia. A veces se disfraza de autocuidado, de disciplina, de deseo de encajar.

La hermanastra fea no solo reinterpreta Cenicienta, sino que la convierte en un espejo de nuestra época.
Donde antes había mutilaciones simbólicas, hoy hay agujas, bisturíes, pastillas y promesas de felicidad empaquetadas como consumo. La película deja al espectador con una pregunta incómoda: ¿cuánto de lo que vemos como horror en la pantalla es, en realidad, parte de nuestra vida cotidiana sin que ya nos detengamos a pensarlo?
Disponible actualmente en MUBI, la película se vuelve una experiencia perturbadora pero necesaria: una fábula oscura sobre el precio de ser bella en un mundo que todavía mide el valor de las mujeres por su apariencia.
















































