
Fac / Historia oral de un colectivo de artistas visuales
Gabriel Peveroni
Estuario Editora, 2022
Este martes 13 de diciembre 2022 en la Colección Engelman-Ost, tuvo lugar la presentación del libro FAC/HISTORIA ORAL DE UN COLECTIVO DE ARTISTAS VISUALES, en el que Gabriel Peveroni reúne de modo coral las múltiples voces que cuentan esta historia de la Fundación de Arte Contemporáneo y su huella en la escena artística uruguaya.
Se trata de una historia oral, por lo que se apela a una dimensión testimonial, que no se ahorra la memoria subjetiva, afectiva, en juego- como señaló Anaclara Talento en el open mic de la presentación: lo afectivo es política de este colectivo- y la disparidad de miradas en un colectivo de gente que promediando los 90 cuaja como colectiva para hacer otra cosa del arte. Una suerte de genealogía y de arqueología con entradas múltiples y ninguna historia oficial. Claro que es posible localizar algunos puntos de inflexión bordeando orígenes pero ninguno que anule el carácter de agenciamiento colectivo de esta factoría de arte, uno de cuyos signos parece ser la diversidad accionando.
Peveroni confiesa haberse sentido desafiado tanto como escritor como periodista y como espectador en esta composición de fragmentos orales e imágenes, hecha de recuerdos, de experiencias y experimentación, de eventos- algunos ya históricos, como la Semana de la acción de 1999- de lazos y de ideas y de discusión y de afectos puestos a producir pensamiento crítico sobre el presente y sobre el arte mismo.
Más de cien personas componen el índice onomástico, por lo que alcanza para dimensionar el alcance de este emprendimiento. Artistas, curadores, coleccionistas y otrxs agentes del arte y la cultura son afectadxs por el efecto FAC.
Las memorias se derraman en el libro y van armando una constelación en fuga. Hugo Longa aparece como figura ancestral, sin trascendentalismos ni grandilocuencias, más bien como un ancestro del que tomar algunos trazos, algunos sesgos, por otra parte fundamentales, pregnantes:
Margaret Whyte: Un día llegué y el sobrino de Hugo me dijo que él no estaba porque se había sentido mal y había ido al hospital. Hugo había comprado un loro en la feria que largaba un polvillo raro. Y él era asmático. Yo creo que se enfermó de eso. Fui hasta la emergencia, alcancé a verlo ahí y me dijo: «Mañana voy, no te preocupes». Se murió esa misma noche.
Mito Rossi: El periodista Miguel Carbajal le hizo una entrevista a Hugo un poco antes de que falleciera. Sobre el final de esa entrevista, que fue grabada en video, Hugo da vuelta un cartón que tenía un trabajo en borrador de mi hermana y del lado de atrás pintó rápidamente una calavera. Entre las cosas que recuperamos está ese cartón con la calavera. Yo la encuadré y la tengo en mi estudio. En realidad, en mi estudio sólo tengo pinturas de Longa. Las veo todos los días. Es como tener a Hugo siempre presente. Y a sus fantasmas.
Teresa Puppo: Nos pasó lo mismo que años después le pasaría al grupo de gente con el que íbamos al taller de Mario Levrero: eso de seguir viéndonos y reuniéndonos con varios de sus alumnos durante años. Con los del taller Longa nos seguíamos juntando y hablábamos de arte y proyectos en conjunto.
Gabriel Balla: Me acuerdo de unas reuniones que hacíamos en el taller que Maggie tenía en la calle 25 de Mayo. Eso fue poco tiempo después de la muerte de Longa. Participamos en ellas muchos de sus alumnos: por allí andaban Fernando López Lage, Gustavo Tabares, María Clara, Teresa y otros artistas. Al desaparecer nuestro maestro y ese ámbito de formación donde nos reunía a todos, nos preguntábamos cómo podríamos continuar como colectivo y seguir con la práctica del arte. Todavía se sentían las consecuencias del desmantelamiento de la cultura que hizo la dictadura. En ese contexto, los jóvenes artistas estábamos ávidos de espacios de formación y participación que eran difíciles de encontrar tanto en los ámbitos públicos como privados. Esta situación nos obligó a unirnos, auto- gestionarnos, a crear nuestros propios espacios para responder a los procesos artísticos.
Teresa Puppo: Fernando empezó a dar clases en su apartamento de la calle Alzáibar hasta que salió lo de alquilar un lugar entre todos y alquilamos El Pozo Verde, que quedaba en Pablo de María y Bulevar España. Ese fue para mí el primer lugar. Yo estaba trabajando para una exposición en el Cabildo, La mujer del año, con Alfredo Torres haciendo la curaduría, y Fernando estaba con los muñequitos que incluiría en Biblia pauperum. Los dos trabajando con objetos. Y ahí, en El Pozo Verde, empezó a ir muy seguido, entre otra gente, Patricia Bentancur.
Patricia Bentancur: Estaba curando una muestra de Fernando y visité su taller. El lugar era un extraordinario caos, lleno de artistas, algunos que conocía, como Teresa Puppo, Eduardo Cardozo o Margaret Whyte, pero también otros que fui conociendo. El grupo era tan interesante y tan disidente y eran tan diferentes entre ellos, que me pareció un lugar bastante excepcional. Mi lugar en este sistema del arte, antes aún más precario que ahora, incluyó desde siempre el cruce entre la curaduría, la arquitectura y mi práctica artística. Ese cruce de disciplinas también me permitió trabajar en las curadurías desde la potencialidad de sus posibles dis- positivos. Había hecho mi primera curaduría en 1989. Una exposición de Cardozo, Pemper y López Lage. Todos éramos unos niños, como el título del libro de Patti Smith y Robert Mapplethorpe. Después empecé a trabajar en el Instituto de Cooperación Iberoamericana [ICI] organizando el programa de exposiciones. Como no disponíamos de un lugar físico para la instalación de las exposiciones, tuvimos que buscar contrapartes que pudieran apoyarnos con los espacios. Empezamos en la Casa del Vicario, que ocupaba la primera planta de la fabulosa librería Linar- di & Risso, y luego, gracias a Fernando y su vínculo con los coleccionistas Clara Ost y Carlos Engelman, pudimos realizar muestras en las salas de la colección. Este nuevo espacio no fue solamente más idóneo para las propuestas en las que trabajábamos, sino que fue un ámbito y un contexto cómplice y colaborativo. También colaboraron con el ICI instituciones como el Subte y las salas de la Intendencia de la calle Soriano, espacio que en ese momento dirigía Alicia Haber. En paralelo a estas actividades, armé mi taller de artista en El Pozo Verde.
Fernando López Lage: Patricia estaba bajando línea, y captaba inmediatamente las ideas de las obras desde una mirada mucho más internacionalista que nosotros. Ese tipo de intercambio entre artistas nos ayudó siempre. Porque nada nace de la nada; todo está interconectado. Teresa estaba en ese mismo momento con un proyecto de una instalación gigante con cientos de muñecas de plástico, papel picado y fotos de ella «a lo Susana Giménez», en el que aludía a la decadencia del espectáculo de la televisión como lugar donde la mujer es cosificada y expuesta como parte de un sistema berreta (…)
El placer de la lectura aumenta con ella y a medida que vamos asistiendo a una historia que es también historia política, del país y del mundo, desde un costado no hegemónico, desde una práctica que intenta hacer con aquello que otra historia busca desechar como arte inmaduro o políticamente incorrecto o no demasiado uruguayo, es decir antiidenti-tario, a contracorriente de un discurso moderno, de Estado nación, patriarcal y colonial.
Eso no les ahorrará críticas, de derecha e izquierda por igual.
El relato no escamotea las dificultades que hubo que afrontar en la producción de obras y muestras, no solo por carencias de orden económico sino también por ir a contramarcha de una mentalidad instalada de la que hubo que desmarcarse, pero no se regodea en ello como goce sacrificial sino que rescata allí mismo el disfrute y la alegría de estar siendo parte de una movida radical e ineludible.
La inefable y talentosísima Julia Castaño nos regala anécdotas desde su humor inefable:
Julia Castagno: Al mismo tiempo que estábamos exponiendo en Momenta Art, hicimos en Nueva York algunas performances fuera de la galería. Martín me había invitado a hacer el Man Tour, obra en la que yo hacía el personaje de Jacqueline Kennedy. Consistía en una serie de acciones que hicimos en Manhattan, con el personaje en el subte, en diferentes lugares… Me acuerdo de que fuimos a la George Magazine, que es la revista del hijo de Jacqueline Kennedy, y la perfo era entrar… O sea, Martín filmaba y yo iba con una George Magazine en mis manos, entrando en el edificio de la revista mientras preguntaba «Where is my son?». Era un edificio enorme; me acuerdo de las dimensiones, de las paredes, del frío del mármol del pasillo. Iba todo bien, yo entraba vestida igual que Jacqueline el día que falleció Kennedy, llevaba el traje ensangrentado y unos tacos Christian Dior que conseguimos en una tienda de ropa usada en Williamsburg. Nunca me voy a olvidar de la cara de la recepcionista, y sobre todo de las uñas de la recepcio- nista, que era una negra alucinante, imponente, con unas uñas de, no sé, veinte centímetros, y escucho teclear el teléfono, y de repente que ella grita «Security, security, security!». Yo seguía avanzando y el clima se empezó a poner muy tenso, como muy muy muy difícil. En una, nos miramos con Martín y dijimos «ta, hay que irse». Empecé a correr. Y allá agarramos, con los tacos, la cámara, todo, y era Jacqueline Kennedy huyendo, los dos perdidos en Nueva York. Yo creo que si no corríamos habríamos caído presos. Y bueno, algún día nos pondremos de acuerdo con Martín para que ese material salga a la luz, porque nunca se vio. Fue muy fuerte. Hay mucho material ahí. Es como muy muy imponente. Es uno de esos momentos que jamás en mi vida olvidaré.
Sería interminable reseñar la infinitud de sesgos y derivas de este enredo de parentescos otros de seres, ideas, sensibilidades y prácticas llamado FAC, por lo que solo recomendaremos la lectura de este libro antológico. Sea cual sea la opinión que se tenga de este colectivo, no cabe duda que produjo un sismo en la cultura, de cuyos efectos quizás recién nos estemos anoticiando.
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