
Se enciende la cámara. En la imagen, el político de saco. Una suerte de playmobil de cuello blanco -diría Fromm-, devenido empresario, dispuesto a postular manifiestos morales dirigidos a la “gente de bien”. De fondo, una pared con libros. Llena de libros de lomo grueso. Sobrios. La imagen, leída como totalidad, representa el “deber ser” del político de raza: un señor serio, bien peinado, con prendas de algodón debidamente planchadas, que se dirige al público medio con sonrisas de bondad y discursos amorosos. Un tipo divino, fácil de vender y fácil de comprar.
Su preocupación es la forma en que cierta población marginal, alojada en un refugio, transita de forma libre la zona céntrica de la ciudad. Esto, parecería ser, irrita a esa gente de bien que no tiene por qué toparse con ese espectáculo. Las preocupaciones de la vida diaria parecerían ser suficientes ya. ¿Para qué agregarles la obligación innecesaria de toparse con pobres cada vez que van al centro? Centralmente, el político iluminado plantea tener propuestas para “sacar al refugio del centro”, de forma de mejorar el paisaje citadino. Eso, lo visible.
El político juega con la cámara y cuida dónde acentuar su discurso, atendiendo particularmente aquellos aspectos que despiertan mayor sensibilidad. En el fondo de la escena, del lomo de esos libros jamás leídos, brotan lágrimas de indignación y de impotencia porque ellos, los libros, no tienen vida propia. De tenerla, ya se hubiesen lanzado al cuello de ese muñeco charlatán para advertirle que el texto que ellos guardan, tal vez celosamente, puede contribuir a ampliar su comprensión del mundo. Si hubiesen podido hacerlo, seguro lo habrían callado.
El texto subyacente al discurso del político es la teoría rancia que sostiene el pensamiento (post) neoliberal. La supuesta pereza de espíritu que arrastra como parásitos a aquellos que no hacen nada para salir de pobres. El idealismo en su máxima expresión y la toma de distancia ante aquello que espanta al pobre de derecha. El nosotros y el ellos. Nosotros que lo hacemos bien, no tenemos que cargar con ellos, que lo hacen mal. Un discurso de odio que instala un muro ideológico, reaccionario y conservador, que encubre desprecio por aquello que está tan cerca de lo que pudo ser quien lo dice, que lo aterra. Esto, lo invisible.
A principios de la última década del siglo XX, Frederic Jameson (2018) denunciaba cierto tipo de maniobras de los gobiernos neoliberales, propias de la sociedad posmoderna. Una de ellas refería a los esfuerzos de la arquitectura por esconder la pobreza en los países desarrollados. El autor narraba ciertas maniobras en las cuales un proyecto de construcción sometía sus elementos estéticos a las necesidades que emanaban de lo concreto. Las formas, decía Jameson, debían ocuparse, ante todo, de esconder aquello que se presume que podría dañar la vista de aquellos que toman distancia de clase, tanto como para quienes ofician de turistas. No se trata de eliminar la pobreza, se trata de esconderla. La cuestión es que no se vea. Otro ejemplo de esta situación es la construcción de falsas fachadas de edificios, armazones huecos que de lejos son lo que parecen ser pero que, realmente, no son más que máscaras de paisaje.
Esconder la realidad no es patrimonio de las nuevas generaciones de políticos sin estudio. Es parte de una serie de maniobras prácticas que vienen, desde hace muchos años, potenciando los discursos del desprecio. La pobreza es inevitable, parecería decir esta corriente de moda, pero no hay que castigar al resto de la población por los problemas de los pobres, porque son problemas suyos.
Es imposible realizar un análisis crítico de lo que supone esta realidad a la que nos enfrentamos. Sería insistir sobre lo mismo referir a la falta de preparación de aquellos en los cuales depositamos el poder del pueblo. Porque, como dice Dussel (2017), el poder es del pueblo y se “presta” a instituciones y agentes para que lo gestionen, de forma de que retorne al pueblo.
El problema es que los límites del pensamiento de quienes gestionan les impiden comprender el hecho de que pensar el pueblo es pensarlo para todos, y no priorizar acciones que favorezcan únicamente la masa de clasemedieros votantes, a la vez se relega a los desposeídos de siempre (que me perdone Fanon el plagio). Permítanme militar una vez más la justicia social.
De la mano de esto, podríamos decir otras tantas cosas ya dichas. Que los límites del pensamiento de todos los sujetos, incluidos los que gobiernan, están asociados con su manejo teórico-conceptual y que es imposible esperar acciones coherentes de que quienes juegan a ser políticos, pero no se detienen a estudiar la política. Por otra parte, estos sujetos siquiera son capaces de darse cuenta de los límites que deberían ponerse al jugar con el tipo de juguete que están jugando. Porque hay cosas que se dicen en un asado con amigos, pero que deberían evitar decirse a viva voz. Mucho más cuando te pones el traje de gala, te disfrazas de político y hasta vistes tus paredes con trajes de libros que no lees. Porque en muchos casos, lo que muchos te van a aplaudir con manitos amarillas en redes, y hasta te van a republicar, sonará aberrante para quienes sí tienen los elementos teóricos para analizarlo. Es momento de cortar de una vez por todas con el discurso hueco o tal vez sea mejor, tal como proponen esconder a los pobres, comiencen por esconder sus propias miserias entrecasa, cuando se juntan a tomar whisky y contar cabezas de ganado con sus amigos del partido.















































